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Max García: el homicidio complaciente

Max García: el homicidio complaciente

Max García | Cortesía

Por MIGUEL ÁNGEL CAMPOS

La desaparición de Max García en 1958, a los 44 años, probablemente determinó el rumbo del movimiento obrero venezolano en la era de la democracia, y marcó un estilo venal que dominó hasta la desaparición institucional de los sindicatos después de 1998.  La muerte de este hombre es hasta hoy uno de los casos más ruidosos y peor ventilados de la crónica policial de Venezuela. Inicialmente, considerada suicidio, la duda salta entre los observadores laterales y miembros de su entorno: los de poca ascendencia y casi sin ningún poder.

La memoria de este suceso persistió en Maracaibo durante los primeros años y luego se desvanece, mucho antes de desaparecer testigos y actores, la tesis del suicidio se impuso en las diligencias públicas y en la conseja. El 1 de diciembre, hacia las 6 de la mañana, y tras haber estado todo el día anterior en las actividades de cierre  de campaña del candidato Wolfang Larrazábal, ocurre un accidente en la avenida Delicias con la calle 88: Max regresaba del Hotel del Lago con su esposa Rita, a donde habían ido a celebrar junto con el candidato presidencial y Gabriel Bracho Montiel (para Larrazábal un punto de honor parece haber sido garantizar el envío de ayuda militar al ejército de Castro, y fue entusiasta impulsor de la campaña “Un bolívar para a Sierra Maestra” que abrazó todo el país). La camioneta que conduce se estrella contra un objeto fijo y se vuelca, su esposa queda inconsciente, al creerla muerta, Max se dispara en la sien con su revólver calibre 38.  Esta es la versión pública de los hechos y que termina convirtiéndose en acuerdo. La prensa la hizo suya, la adoptó sin la menor malicia, sin la más mínima indagación, sin localizar fuentes, sin constatar referencias, difundió e impuso la comprensión del suceso como una simple —aunque atroz— fatalidad. No hay una sola fotografía del lugar de los hechos, ni testimonio de los socorristas, o entrevista con los médicos que reciben el cadáver en el Hospital Central, la única imagen conocida es esa de Max tirado en una camilla y alguien en la cabecera con los brazos extendidos, clamante, aparecida en el Diario de Occidente.

En los días siguientes el duelo parroquial y el pésame de la dirigencia nacional de los partidos políticos parecen ser la verdadera lápida en torno al consenso del suicidio, y no sólo por las evidencias palmarias, plagadas de lugares comunes, sino por la red de intereses que se coaligaron para ocultar un homicidio. Nunca antes la noticia de un suicidio traída por los mismos asesinos fue acogida con menos preámbulos.  Pero el relato de los hechos que la prensa difundió parece todo un guion: al momento del accidente va pasando por el lugar una persona conocida y se llevan a Rita al puesto de Socorro del Hospital Central. En el camino Max entra en crisis, toma el revólver y se dispara, la esposa despierta de su letargo y al darse cuenta que Max está muerto arrebata el arma e intenta hacer lo mismo. El chofer la desarma y evita un segundo suicidio.  Parece una parodia de Romeo y Julieta, pero ni el mismo Florencio Sánchez hubiera dispuesto un desarrollo tan truculento. Ambos serían, pues, unos padres irresponsables en grado supremo. Rita, la suicida frustrada, se ocupará de esos siete hijos y los conducirá por el rumbo entrevisto de educación y desarrollo ciudadano. Todos llegaron a ser profesionales formados en la academia universitaria, dejo aquí sus nombres como homenaje a esa mujer. Manuel, Igor, Haydée, Thania, Rafael, Nelly, Iván. Entre ellos hay médicos, economistas, ingenieros. El profesor Enrique Romero, crítico de arte y fundador del Museo Municipal de Artes Gráficas, conoció a Rita Pacheco y recuerda su dominio del idioma ruso.

Los antecedentes de su vida de dirigente obrero y sindical muestran un conjunto de elecciones en las que Max trazó el rumbo de su visión de la lucha social y, sin duda, de una moral. El origen del Partido Comunista venezolano tiene un alto estandarte en la lucha del movimiento sindical petrolero, este sector del proletariado es por definición una aristocracia obrera. La huelga de 1936-37 es la obra de una élite de armadores nutridos de ideas no tanto reivindicacionistas como clasistas, es la primera oleada de dirigentes que todavía no son sindicalistas y que no llegarán a serlo, no son jefes iletrados salidos de la desbandada del gamonalismo, nada tienen que ver con la herencia de los caudillos.  Formados en la dinámica abierta y más civil de la actividad urbana petrolera, su concepto del poder ha roto con las figuraciones del compadrazgo y la domesticidad pueblerina. Oxigenados por su vinculación con el internacionalismo obrero, se saben parte de un orden más amplio y alimentado por ideas propias de la revolución social y ya no de la toma del poder.

Esto lo sabía muy bien Míster N. O. Watson, Gerente General de la Shell en Venezuela, personaje clave de la acción de las compañías petroleras en los momentos inmediatamente posteriores a la muerte de Gómez. Desde Las Laras, en la actual avenida 5 de Julio, más que búnker o cuartel general, ciudadela, este hombre (hijo de padre tejano y madre mexicana, la “O” es el Ortiz materno) ha desplegado una labor de interpretación y análisis del rumbo político de la gestión petrolera venezolana con miras a formarse un panorama de lo que podría ocurrir tras el fin del gomecismo. Para mediados de 1936 tiene caracterizado el movimiento obrero y en una eficaz labor de inteligencia ha identificado al grupo élite que prepara la huelga, y estos son nada menos que toda una frontera en una crónica yendo del enaltecimiento a la ignominia: Valmore Rodríguez, Isidro Vallés, Felipe Hernández, Olga Luzardo, María Teresa Contreras, y agrega a uno entre las sombras, Rodolfo Quintero). Watson insiste en que no son agitadores sino ideólogos, no es oído y se le tacha de alarmista (en los días de la paz nombres como Galué Navea, Delpino, José Vargas, Yancen, signarán un tiempo innombrable)

El desenlace de aquella huelga, entregada por la URSS como una expiación, significó el desencanto rotundo —y  el rompimiento definitivo con el PCV— de Valmore Rodríguez, al perder su carácter insurreccional, impuso al movimiento un destino reivindicacionista y burocrático prescrito desde Moscú. El equivalente de aquellos nombres del frente de guerra ya había nacido para la vida intelectual, Carlos Irazábal, Salvador de la Plaza, Miguel Acosta Saignes, y afirmarían una tradición anti pragmática de esa primera fase de la gestión de los comunistas en Venezuela.  Esta etapa y estos actores representan el pasado espiritual de Max García (de hecho aquella huelga es el escenario de su primera aparición pública).  Su sensibilidad e intuición de las formas  de convivencia lo llevan a retener aquel origen y se propone mantener unas maneras que deben ser armónicas con sus ideales: se educa en la mínima escolaridad, pero se forma en la medida cabal del hombre que se hace a sí mismo. Toma distancia y adquiere sentido de la justa responsabilidad de la representación, aprende idiomas en sus viajes de internacionalista: México, Chile, la URSS, en ésta última reside durante año y medio. Conoce y trata a figuras que han hecho el prestigio del arte y la gestión obrera en el mundo, Neruda, Diego Rivera, Lombardo Toledano.

Max García y otras dos personas no identificadas | Cortesía

Para 1958 ya el sindicalismo petrolero venezolano ha renunciado a su ideario de 1936, ahora son parte del statuo quo, pues devinieron instituciones de los partidos en el poder, el igualitarismo social se ha abierto paso como ortodoxia del cambio y el bienestar, el capital extranjero ya no es fuente de conflictos sino de codicia y el Estado es el botín de los demagogos. Los obreros entregan su sede de La Ciega para que se instale la reabierta Universidad del Zulia, y parece un acto engendrado por aquel otro, cuando en todo el país cientos de familias acogieron a los niños de los comprometidos con la huelga. Pero el gesto de 1946 se troca en mueca cuando la dirigencia de 1965 se encapricha con el lugar donde funciona el Instituto de Ciencias Naturales (1944), aquella joya de un civilizador llamado Agustín Pérez Piñango, lo hacen desalojar (las colecciones se dispersaron y desaparecieron) para construir el edificio de Fetrazulia.  Salido de entre obreros changadores y caleteros, Max García intentó ser su conciencia despejada, se levanta de entre la muchedumbre dolida y se propone redimirla. Para salvar su clase debe romper con ella, extinguir fatalismos y resentimientos, deshacerse de los gestos ostentosos, se autoeduca y descifra otros idiomas y aunque se anuda mal la corbata, sus ideas han anclado en la novedad de la lucha social ajena al inmediatismo, pero quizás en rumbo de colisión con las avideces dominantes. Era un estorbo tanto para la dirigencia media del Partido Comunista como para el gobierno socialdemócrata que se instalaba en el poder, aquellos lo asesinan en un rapto criminal, éstos ocultan o subestiman el crimen desde el Estado de Derecho. Los argumentos silogísticos son más concluyentes que los forenses, pues aquellos son un discurso autárquico, su consecuencia va más allá del espacio y el tiempo, éstos sólo son el rastro de los hechos, del incidente, pueden ser modificados y alterados, forjados y hasta borrados, unos preexisten a la experiencia, los otros se disuelven en la memoria.

Probaré con argumentos silogísticos que Max García fue asesinado. 1.  La  devoción por su familia era un signo distintivo de ese hombre, protector, amoroso,  su esposa el otro manto en el amparo de sus hijos, pues bien, este solo afecto conyugal  fueron las razones esgrimidas para sustentar la tesis del suicidio. Pero cómo alguien de semejante sentido de amparo por su familia, al creer que la madre de esos hijos ha muerto se suicidaría dejándolos en completa orfandad. Su desempeño público muestra a un hombre emocionalmente solvente. Tres de los amados hijos, siete en total, no estaban en Venezuela para ese momentos, se encontraban estudiando en la URSS; los únicos que estarían dispuestos a dejarlos doblemente huérfanos y en un mundo extraño eran los propios asesinos, en ningún caso aquel señalado padre. Eran razones no para querer morir sino para vivir larga y saludablemente, interpretarlas de otra manera sólo sería posible desde el lugar común de una telenovela. 2. Este supuesto suicida era en ese momento el Secretario General de un Partido prestigioso y en franca promoción, en los próximos años este hombre hubiera sido una figura de referencia nacional. 3. Seis días después, en las elecciones del 7 de diciembre, es electo diputado por el estado Zulia, en su primera salida a la palestra nacional ya llega como cadáver.  El escaño lo estrena el segundo suplente, Joaquín Araujo Ortega,  irónicamente otro personaje incómodo para el poder institucional, en los primeros años del Partido Comunista se inscribió tres veces y renunció por desacuerdo con la disciplina estalinista, siempre lo volvían a llamar y adecuaban las condiciones, pero era un disidente compulsivo.

Los móviles del asesinato son banales: envidia, odios personales concitados por la diferencia y la distinción; la sensación de los arribistas y taciturnos de que el otro se supera y saca la mejor parte de la “empresita” (pues sólo eso debía ser para ellos, los asesinos, el PCV). Todo desde un fondo de resentimiento, imposibilidad de emparejar con la grandeza por parte de los conformistas, más llenos de apetitos que de deseos, cuya alma acecha y se lamenta, incapaz de emocionarse con lo trascendente. Las razones  del encubrimiento y sustentación de la tesis del suicidio son políticas y generacionales, podrían calificar para una mini conspiración de Estado. Tenemos así dos traiciones anidadas en el Partido Comunista,  la primera en 1936, cuando se cambia la morocota por el menudo (nunca antes fue tan espléndido el sentido de esta frase inmortalizada por Gallegos), aquí se sirve como trofeo la esperanza de un oscuro país, del cual Stalin pregunta dónde queda en la reunión del Politburó cuando se desautoriza la huelga. La segunda, en 1958, cuando los resentidos del igualitarismo ejercitan su desquite, ahora se sirve la cabeza de un hombre noble; allá la cúpula de una nomenclatura, acá un grupo de facinerosos, escoria de una pobrecía que traspasó los límites del lumpem, incapaces de tolerar las buenas maneras y el mérito de los más aptos.

Ahora quiero presentar un testigo de última hora, en 2012 apareció un libro de memorias, recuerdos, añoranzas. Es el testimonio del abogado Jesús Santiago Rodríguez García (1929), alias “El Manao”, profesor universitario jubilado y sobrino de Max García. Se trata de una exposición oral, tomada y transcrita por el licenciado Iván Salazar Zaid, antiguo miembro de Serbiluz, organismo documental de la Universidad del Zulia, y en la actualidad Miembro de la Academia de Historia del estado Zulia. En la página 151, y hasta la 164, hay un apartado titulado “Vida y muerte de Max García Salazar (Momolo)”.  Al cabo de 54 años este testimonio se propuso contar la otra versión, y sin duda la verdadera, de la muerte de Max García. Que el cadáver haya sido velado en la casa de este sobrino, de donde el cortejo fúnebre marchó hasta el cementerio Corazón de Jesús, que una especie de capilla o glorieta de esta casa, situada al frente del CC Villa Inés, todavía esté en pie (2020), que poco después el sobrino haya tenido una revelación visual en Margarita, en la antigua casa de la familia de Max y en su chinchorro, pues solo hace que a los silogismos se unan, como en un coro, las pruebas de una secreta constancia.

He aquí la terrible historia. Max es sometido por tres hombres y muerto de un tiro en la sien, el crimen lo ejecutan en una casa aledaña al mercado de Santa Rosalía. El flux de gabardina color beige, prestado al tío por el sobrino y que el propio Max elige del escaparate, tiene estampado en la solapa la huella de un zapato, a éste que lo pisa lo oyen decir: “Déjenmelo, para joderlo yo”. Luego, el asesino tiene una voz. “Hubo unos testigos presenciales que desde las cercas de sus casas pudieron percibir lo que ocurría, ellos nos informaron de lo que sabían a través de anónimos, pero nunca quisieron dar la cara, y mucho menos declarar en el tribunal”, aquí tenemos la fuente primaria de “El Manao”. Y recuerda que la prensa se hizo eco de los informantes iniciales, y a ellos siempre acudió durante los siguientes días. Insiste en que sí hubo un accidente, pero de menores consecuencias, y  este es el único hecho real en un suceso donde lo forjado, todo el resto, se amparaba en aquel punto de partida. No hay más detalles en la crónica sobre el día aciago, aunque el autor dice que la “historia es mucho más larga, digna de ser contada en un libro, que algún día escribiré”.  Jesús Santiago Rodríguez murió poco después y este libro se quedó sin tiempo. Permítaseme una especulación: los asesinos lo siguen desde el Hotel del Lago, debía obrar a su favor la noche de festejo y bebida, son las seis de la mañana, ansioso por llegar a su casa, el chofer cede a las horas sin sueño, el accidente ocurre a tres cuadras de allí, los asesinos tienen servida la ocasión en bandeja de plata, se lo llevan y lo matan. Posiblemente el accidente también pudo ser resultado de una maniobra al verse acosado, pues tal vez el plan era dispararle desde el otro vehículo. La ciudad ya sabía estos estilos: el asesinato de Agustín Baralt, un furibundo anticomunista y tenido por nazi, ocurre en pleno tráfico vehicular en los días de la guerra.

Una herida en el brazo de la esposa, curada ese mismo días por los médicos, es resultado de un machetazo. Chantajeada mediante el terror directo, el tajo quizás iba a su cabeza. Ante la amenaza de sus hijos, puestos como prenda, la viuda opta por el silencio.  Pocos  años después la viuda dirige una carta pública al Partido Comunista, aparecida en el diario Panorama, el eco no solo resultaba ya lejano sino sin espectadores.  El sobrino y otro hermano de Max logran mantener abierta la causa durante tres años, contra lo establecido por la ley, que eran tres meses. Cuando se logra la exhumación del cadáver, con el alegato de comprobar que no se le había hecho autopsia, encuentran que el cráneo es casi un polvillo de huesos —“los malvados habían llegado con mucha anterioridad y le trituraron el cráneo para que no se supiera nada”.  Demás está decir que por ningún lado se habla de la prueba de impregnación de pólvora.

En una confesión cuyo alcance pudiera estar atenuado por la larga distancia y el olvido de la infamia, el autor sugiere que alguien de la familia podría haber estado involucrado, tal vez de manera indirecta o por omisión. De acuerdo a esa confesión, el suceso “produjo una serie de inconvenientes y desconfianza de un grupo en relación a otro grupo familiar, que pensaban que siendo comunistas por qué los compañeros de partido de Max no defendieron su memoria, y se hicieron eco de la tesis del suicidio que arrojaba sombras sobre su personalidad”.

Pienso que no podía haber nadie más cercano a las actividades de Max que su propio hermano, Pantaleón, y a la vez nadie más lejano, era su hermano menor, pero quizás lo único que los acercaba era la militancia en el mismo partido. En un apurado libro de recuerdos escrito en 1980 (La historia de mi vida (síntesis biográfica de un líder obrero), Pantaleón García solo dedica dos de las 148 páginas al suceso de la muerte de su hermano, y, por supuesto, avala el suicidio. La dedicatoria reza así: “a mi madre, mujer, hijos, nietos, bisnietos, amigos”, y uno siente el duro rumor de la ausencia de otro nombre. Sobre el día del mitin, anterior al crimen, dice: “Nos separamos cuando él se fue junto con el Contraalmirante Larrazábal, el camarada Gabriel Bracho y otros para el Hotel del Lago, donde iban a comer, yo me fui para mi casa”. Parece haber en ese “yo me fui para mi casa” toda una queja, amarga, soterrada.  Diría que hay algo más en esas páginas del septuagenario. Pantaleón García, a quien conocí un años antes de su muerte, sobre los noventa años, parecía un hombre agobiado no solo por los años. Cuando le informan del accidente de Max, Pantaleón acude al Hospital Central y dice ver a su hermano “tendido en una camilla, bañado en sangre, y con una perforación en el lado derecho de la cara”, y continúa, “Pregunté: ¿quién lo mató?, creyendo que alguien lo había hecho…”. Tras un especie de amago de seguir el relato, se detiene y dice: “No puedo ni quiero seguir narrando este suceso, y todavía la sangre se me revuelve con sólo pensarlo”. La sangre nos hierve en las venas cuando nos abruma el recuerdo de la injusticia o la infamia, la rabia nos congestiona; el de la fatalidad nos acongoja y entristece.

Junto con mi agradecimiento para el economista Carlos Barboza, quien me suministró los recortes de periódico que intentan fijar unas imágenes extintas, quiero transcribir en esta coda la cabal caracterización del singular comunista que hace “El Manao”, el hombre que él trató de cerca y del que deja en su libro variadas anécdotas que lo retratan pleno de generosidad, piadoso y solidario. “Pero él era un comunista muy diferente a los demás, esto no lo digo porque sea parte de mi familia, sino porque lo conocí muy bien, por lo cual puedo afirmar que tenía muy desarrollado el concepto de lo es la familia y la amistad, y una serie de valores que no concordaban con la actuación de muchos comunistas que entienden la lucha de clases como un odio acendrado en contra de las personas con más recursos económicos, como si todos aquellos que tienen fortuna la han hecho en la explotación del hombre por el hombre…”.


Fuentes:

Pantaleón García. La historia de mi vida. Maracaibo (síntesis biográfica de un líder obrero). Imprenta Internacional, 2001. 147 págs.

Domingo Alberto Rangel. ¡Qué molleja de huelga!.  Maracaibo, Universidad del Zulia, Colección Textos Universitarios, 2007. 134 págs.

Jesús Santiago Rodríguez (testimonio tomado por Iván Salazar Zaid). Yo también viví para contarla. Maracaibo, Imprenta Internacional, 2012. 237 págs.  

Periódicos: Panorama, Diario de Occidente, La Esfera, ediciones del 2 de diciembre de 1958.

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Fuente de TenemosNoticias.com: www.elnacional.com

Publicado el: 2020-11-22 02:30:43
En la sección: EL NACIONAL

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