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Bienvenidos al museo, tunantes

Bienvenidos al museo, tunantes

Comienzo con una anécdota personal fechada en 2009: me he hecho amiga de una islandesa que habla español y se me ha ocurrido que quizás le divierta, a ella y a una chica americana que anda por ahí, ver la imitación que Joaquín Reyes hace de su compatriota Björk en La hora chanante. El vídeo dura tres minutos, pero a los veinte segundos ya me doy cuenta de lo fallido de mi buena intención. Reyes dice: “Bioorrrr”, con un deje de Chiquito de la Calzada que las chicas extranjeras ni por asomo captan, y pronuncia a su manera el largo apellido de la cantante: “Gud-mos-don-tir”, “Gus-tin-mon-dir”. Me viene a la cabeza el sketch en que Martes y Trece imitaba a una María José Cantudo que luchaba en vano por decir correctamente “metamorfosis”. Continúa el humorista insertando su terminología particular (“estoy medio merilota”; “en esa película yo hacía de cegarruta”) y, para entonces, la estadounidense ya se ha ido, aburrida e incómoda por no entender nada. A mí me invade una oleada de vergüenza, tanto al reconocer lo mucho que gozo de un humor que encuentro fuertemente identitario como al comprobar lo ininteligible que les resulta a ellas. Lo que sentí en aquel momento tenía que ver con una de las características esenciales del humor: su fuerte víncu­lo con las comunidades construidas socialmente, tanto territoriales como generacionales. Esos minutos de parodia contenían un curso acelerado de residencia en este país y de pertenencia a una generación.

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Fuente de TenemosNoticias.com: elpais.com / Mercedes Cebrián

Publicado el: 2020-01-24 19:51:58
En la sección: Portada de Cultura | EL PAÍS

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