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El bosque y la palabra | Babelia

El bosque y la palabra | Babelia

Marta López Vilar (Madrid, 1978) forma parte de la leva de poetas cuya obra ha aparecido bien cumplido el siglo XXI, ya superados gran parte de los debates que cruzaron las sucesivas oleadas de poesía joven a finales del XX. Su último libro, El Gran Bosque, es un texto de madurez, una solvente y muy singular carga de poesía meditativa y depurada. En él asoma, de un lado, una exterioridad que descubrimos a través de nombres propios que nos hablan de una ciudad, Budapest, que inspira el libro y en la que la autora vivió durante un tiempo, y, de otro, una vida interior hecha de estados de ánimo y de conciencia.

El Gran Bosque es la depuración lírica de ese tiempo irrepetible. Tiene López Vilar la capacidad de equilibrar en sus poemas, todos en prosa, la mayoría breves o muy breves, pero sin desdeñar la cercanía de lo narrativo y detallista en los más extensos (Epílogo y decir la nieve), una apuesta metafísica, de indagación en la palabra (“ahí nacen jardines precipitados hacia el lenguaje”), de búsqueda incluso, con el reflejo o escorzo de espacios reconocibles, de zonas de la realidad que nos son familiares y, por ello (la calle Simonffy, la plaza de los dulces navideños, la Panadería, la casa vivida, el tren, un tranvía roto…), parte de la experiencia.

Podríamos hablar a este respecto de una poesía del conocimiento con bordes figurativos. Iluminaciones de un mundo interior complejo, asediado por las emociones, con acercamientos a lo cotidiano. Lo hizo en el libro En las aguas de octubre (2016), con el mundo clásico y el viaje como telón de fondo, y lo hace en este volumen compacto y unitario, caleidoscopio de una sentimentalidad que se funde con lo que fue/es la vida en un mundo acotado y provisional, al que el sujeto poético llegó un día para vivirlo, pero en el que no se cumple ese deseo sino de modo fugaz e incompleto cuando a él se regresa (“Volver a construir el tranvía, la Sinagoga, el Bosque de los pájaros. Y descansar”). Es el lugar del tiempo, la urbe que quedará en la memoria, es el lenguaje que la construye y, a la vez, se construye a sí mismo hasta el límite de lo inexpresable: “Así es la escritura del invierno, impronunciable. Después, solo marcharse”.

Fuente de TenemosNoticias.com: elpais.com / Manuel Rico

Publicado el: 2020-02-14 19:05:14
En la sección: Portada de Cultura | EL PAÍS

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