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Else Lasker-Schüler, del clamor al bisbiseo | Babelia

Else Lasker-Schüler, del clamor al bisbiseo | Babelia

Bisnieta de un rabino, hija de una familia acomodada y culta, se casó a los 25 años con el doctor Lasker: su papel de buena burguesa y esposa de médico duró cinco años. En 1899, ya instalada en Berlín (había nacido en Wuppertal, en la actual Renania del Norte-Westfalia), abandonó a su marido y se entregó de lleno a la bohemia. Durante las dos primeras décadas del siglo XX, Else Lasker-Schüler fue una figura central de la vida artística berlinesa, con sede en el Café des Westens, en la Kurfürstendamm, y órgano oficioso en la revista Der Sturm, dirigida por el segundo marido de la poeta, Georg Lewin (a quien ella renombró Herwarth Walden, en homenaje a Thoreau).

Alfred Döblin y Oskar Kokoschka formaban parte de ese círculo, que hoy conocemos como expresionismo y que fue el primer puente entre simbolismo y vanguardia. O, para decirlo en términos de Lasker-Schüler, la primera Estigia que, una vez cruzada, no tenía vuelta atrás. Ella fue pionera en ese movimiento: en la búsqueda de una dicción más vivaz, capaz de abarcar los registros que van del clamor al bisbiseo. Y en la interrelación profunda entre poesía y artes visuales, que en París se iba a explorar 10 o 15 años más tarde de este primer libro suyo, que ahora se publica en castellano.

Se vestía con largas túnicas, multitud de collares y pulseras; en una de sus fotos más conocidas se la ve tocando la flauta y ataviada al estilo oriental: Príncipe Tino de Bagdad fue uno de los pseudónimos que usó. Otro fue Jussuf de Tebas; en sus poemas los nombres bíblicos se mezclan con la mitología griega y sajona. En 1937, los nazis la despojaron de la nacionalidad alemana, después de quemar sus libros. Lasker-Schüler vivía en Zúrich desde 1933; tras varias idas y vueltas, se instaló en Jerusalén, donde murió en 1945. Además de poeta y dramaturga, dejó una obra gráfica que solo en los años recientes ha sido objeto de varias exposiciones y catálogos.

Desde sus primeras publicaciones fue reconocida como la poeta más importante de la lengua alemana: así lo juzgó Gottfried Benn, que fue su discípulo y amante. Después renegó de ella por condescendencia con los nazis y finalmente, en 1952, la enalteció: “Sus temas eran quizás judíos; su fantasía, oriental; pero su lengua era el alemán, un alemán exuberante, fastuoso, tierno; un lenguaje moderno y dulce, brotado en cada giro desde su núcleo creador. Siempre ella misma, enemiga de lo satisfecho…”. Karl Krauss la admiró siempre: la primera vez que la publicó en Die Fackel la presentó como “la más poderosa personalidad lírica de la moderna Alemania.” Con Georg Trakl se dedicaron poemas mutuamente, y él la consideró como la voz más afín a la suya propia. Kaf­ka, en cambio, detestó su “ostentación verbal”. Friedrich Dürrenmatt la definió como la “salvadora de la lengua alemana en tiempos bárbaros” y la comparó con Rilke. “Pero ella es de naturaleza volcánica, con picos más elevados y abismos más abruptos”, sentenció.

Estigia fue su primer libro, publicado en 1901: es el río que divide el reino de los vivos y los muertos. Como señala Cecilia Dreymüller en el prefacio de esta edición bilingüe, ese título señala su voluntad de estar ya, desde el principio, en otra parte, al otro lado. En esa ribera no están solo los que ya se han ido, como su adorada madre, a quien dedica una página muy bella (“Sobre el techo la mano de las nubes, / La húmeda y errabunda mano de las sombras, / Busca a mi madre”). Está, sobre todo, el reino de la pasión, del arte sin academias, del erotismo sin represión.

Como los colores estridentes de los cuadros de Franz Marc o de Georg Grosz, sus grandes amigos y colaboradores, o de Ernst Ludwig Kirchner, sus poemas arden en cuanto se abre el libro: “Desde mis insomnes ojos flamea / Una chillona luz inquieta”; “Mi gozo gime como el clamor de un mártir / Y se desata y se libra de sus ataduras”; “Mi risa se soltó de mí, / Mi risa con ojos de niña, / Mi joven, saltarina risa… / Mi loca, temeraria risa de primavera / Sueña con la muerte”. “Mis brazos lo rodearon como llamas / … Y todos los soles cantaban cánticos de fuego”. “Mi deseo burbujea en la añoranza de mi sangre / Como vino silvestre ardiendo en hojas de fuego”, y eso dentro de “¡Un canto caliente de amor de los mundos!”. Blut (sangre) es una de las palabras más frecuentes. La serie de aliteraciones que forma con blüht (florecer) y blau (azul) atravesará su poesía hasta el blaues Klavier de su último libro: Mi piano azul.

En castellano circuló sobre todo ese libro, Mi piano azul y otros poemas, traducido por Sonia Almau (Igitur), que incluía una breve antología del resto de su obra. Podría haberse pensado, a priori, en la pertinencia de una nueva antología, más amplia. Pero después de leer Estigia es difícil negar el acierto en la decisión de publicar este libro completo: los “62 soldados líricos” que lo componen, como los definió su autora, además de formar un batallón nada casual, cantan y braman en castellano con una fuerza reciente, como si la traducción renovara la novedad que supusieron en su primera formación. Aunque parezca una paradoja, esa frescura se debe a la minuciosa labor de Carlos D. Capella, que dedicó años a traducir este libro y a pulir sus matices. Lasker-Schüler es una precursora que vuelve y que sigue exigiendo que le prestemos ojos y oídos bien abiertos.



Estigia

Else Lasker-Schüler

Edición bilingüe

Traducción de Carlos D. Capella

Prólogo de Cecilia Dreymüller

Tres Molins, 2020. 163 páginas. 17 euros

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Fuente de TenemosNoticias.com: elpais.com / Edgardo Dobry

Publicado el: 2020-09-18 18:36:57
En la sección: Portada de Cultura | EL PAÍS

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