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La figura del padre en tiempos del #MeToo | Babelia

La figura del padre en tiempos del #MeToo | Babelia

Durante los espantosos y agotadores meses en que los medios de comunicación informaron a diario sobre los repetidos abusos de Harvey Weinstein hacia las mujeres, me percaté de que yo misma, como tantas otras, me hacía preguntas y hablaba sobre los hombres de mi vida: exnovios, exacosadores, exabusadores, extocones. Mis amigas y yo echábamos la vista atrás de forma intermitente, alteradas, hacia todo lo que habíamos soportado, todo lo que habíamos callado, y observábamos a nuestro alrededor las cosas que ahora nos molestaban. A lo largo de ese otoño y ese invierno, contamos y recontamos nuestras historias, las reconsideramos desde una nueva perspectiva y mencionamos con cautela detalles que conocíamos de la vida de otras personas, recuerdos turbios, hechos que no habíamos comentado en años. Hablábamos con una rabia y una franqueza renovadas, con una renovada sensación de estar autorizadas a hacerlo… y quizá también con una renovada sensación de naturalidad. Cuestionábamos a todos los hombres que habían pasado por nuestras vidas, todas las formas de poder patriarcal, pero raras veces hablábamos de nuestros padres.

Poco después de que se hicieran públicas las acusaciones contra Weinstein, su esposa, Georgina Chapman, anunció que se divorciaba de él. Y a mí me dio por pensar: ¿Y qué pasa con las hijas? Una puede, al menos en teoría, divorciarse de un marido, pero no es posible divorciarse de un padre.

En su poema Noche de domingo, Sharon Olds cuenta cómo su padre, cuando comían en familia en un restaurante, llevaba

«su mano a la falda de la camarera

a la menor ocasión: mano, muñeca,

antebrazo».

Olds señala que nunca previno a las jóvenes.

«¡Ups!, decía él, como si todos

lo pasáramos

en grande».

Ella fantasea con clavar un tenedor en el brazo del padre, con escuchar «el chillido del músculo», con sentir «el resbalón sobre el hueso.

«A veces

imagino que me cuelo bajo las faldas

de las mujeres que mi padre ofendió, aquellas

campanas de

misterio, aquellos sagrados bosques techados.

Quiero barrer, asear, ordenar…

hacer algo, limpiar esa cuadra

que es la mente de mi padre».

La intención de Sharon Olds es de desagravio: quiere curar las heridas infligidas por su padre; quiere utilizar el lenguaje para restablecer la dignidad y la belleza. ¿Pueden las palabras hacer que el tiempo retroceda, deshacer el daño? Desearíamos que pudieran, pero ¿quiénes somos cuando lo intentamos? ¿En la piel de quién escribimos?

***

En su libro autobiográfico Apegos feroces, Vivian Gornick cuenta horrorizada que se siente consumida por su madre. Evoca las íntimas relaciones familiares como una contaminación, una infección:

«Me ponía la piel de gallina. […] Su influjo se asía como una membrana a mis fosas nasales, a mis párpados y a mi boca abierta. La introducía en mí cada vez que inhalaba aire. Me adormecía dentro de su atmósfera anestesiante».

En este caso, la intimidad es un tipo peligroso de interpenetración; la intimidad es narcótica, una amenaza para la consciencia, la vigilia, el estado de alerta. Las barreras se rompen, o jamás llegan a establecerse, y se produce una fusión. Habitamos, nos transformamos y remedamos a nuestros progenitores. Los llevamos dentro; estamos hechos de ellos, para bien y para mal.

Sharon Olds, como Gornick, ha escrito largo y tendido sobre su propia vida —sobre sus padres, su marido, sus hijos, su divorcio— y ha tenido que lidiar durante años con las acaloradas reacciones a estos textos. Todo el mundo presupone e insiste en que escribir desde la propia experiencia es sinónimo de desnudez y vulnerabilidad. Y en cierto sentido es así, en gran medida porque las convenciones del lenguaje y la sexualidad que se aplican a las mujeres las hacen vulnerables al dictamen, al escarnio y a la violencia. Pero la insistencia en la vulnerabilidad que comporta la escritura en primera persona insinúa algo más: es una elección literaria que no solo desnuda, sino que también protege. Escribir es un ensalmo, conjura una nueva persona y erige un muro protector. Es capaz de generar una distinción clara y feroz entre el yo y los demás. Posibilita el descubrimiento de un modo de «existir como uno mismo, y de relacionarse con los objetos como uno mismo, y de tener una persona dentro de la cual poder retirarse para el relajamiento».

Así es como el psicoanalista Donald Winnicott describió la experiencia de «sentirse real», una experiencia que depende de una educación temprana positiva, de unos cuidados maternos «suficientemente buenos». (Su retórica refleja que, históricamente, han sido las mujeres quienes han cargado con el peso de la educación temprana, aunque subrayó que el rol de la madre suficientemente buena puede ser desempeñado por otros.) Para Winnicott, esta experiencia suficientemente buena implicaba que la madre se entregase en cuerpo y alma al bebé, que gestionase con flexibilidad la frustración y decepción de este y que fuera capaz de tolerar y superar sus agresiones. La madre debe ser capaz tanto de reflejar al niño como de resistir sus impulsos destructivos; debe ser capaz de permitirle establecer con ella una «relación cruel», un «abuso benigno».

Para los padres, el gran reto de la educación es alimentar un entorno que sea, como describió Adam Phillips en su libro sobre Winnicott, «lo bastante elástico y receptivo para soportar el enorme impacto del impulso del amor primitivo»… y el enorme impacto de la agresión. «¿Para que un niño crezca de tal modo que pueda descubrir la parte más profunda de su naturaleza —escribió Winnicott— es necesario que alguien sea desafiado, e incluso odiado por momentos […] sin que exista el peligro de una ruptura definitiva en la relación?».

***

Con frecuencia, la crítica de la familia patriarcal ha provenido de las feministas blancas de clase media

Existe una larga relación, a menudo antagónica, entre el feminismo y el padre. Con frecuencia, la crítica de la familia patriarcal ha provenido de las feministas blancas de clase media, en particular, mujeres históricamente atrapadas en el hogar burgués, deseosas de emanciparse de la familia y entrar en el mercado laboral. En 1938, Virginia Woolf utilizó de forma contundente la figura del padre contrapuesta a la figura del trabajo en su libro Tres guineas. Su largo ensayo versa sobre el acceso al mundo profesional de las «hijas de hombres instruidos», y reflexiona en torno a las repercusiones de la ley de 1919 que se lo permitió: «Las puertas de las casas privadas se abrieron».

La propia Woolf no era ajena al concepto del padre tirano y posesivo; su padre, Leslie Stephen, fue el modelo en que se inspiró para describir a los padres victorianos en sus obras de ficción: en Los años, en Noche y día, en Al faro. Leslie Stephen ejercía un control asfixiante sobre sus hijas, especialmente sobre su hijastra Stella Duckworth, control que se redobló tras la muerte de la madre, Julia Stephen.

Hermione Lee cuenta que, tras la prematura muerte de Julia, Leslie Stephen «se adueñó completamente de Stella como sustituta, y ella se lo permitió». En Recuerdos, texto escrito entre 1907 y 1908, la propia Woolf lo describía de este modo:

«Creo que Stella ni siquiera por un momento perdió la serenidad durante aquellos meses en que tu abuelo más agobiado estuvo. […] A veces, por la noche, Stella pasaba largo rato a solas con él, en su estudio, escuchando una y otra vez la amarga historia de su soledad, su amor y sus remordimientos».

Stella era el público sobre el cual Leslie Stephen descargaba su aflicción, a pesar de la aflicción que ella misma padecía y de que, de forma implícita, recaía sobre ella el cuidado de sus hermanastras Virginia y Vanessa. Para colmo, Leslie castigó a Stella por intentar abandonar el hogar familiar para casarse: su matrimonio se pospuso varios meses a causa de la angustia paterna. En un texto de 1939 titulado Memoir, Woolf volvía a recordar aquella época, como hacía cada cierto tiempo, con estas palabras:

«Cuánto tortura y exacerba la estructura familiar […] Creo que de haber logrado que padre dijese ‘tengo celos’ en lugar de ‘eres egoísta’, la atmósfera familiar se habría tornado más límpida y luminosa».

No es de extrañar que Woolf depositase sus esperanzas en el mundo laboral como antídoto contra el padre opresivo. Esa era, en parte, la tesis de Una habitación propia: son el dinero y la independencia de la familia los que permiten escribir a una mujer. Y también es la tesis de Tres guineas, donde postula que si las mujeres han de ejercer cierta influencia, una influencia distinta de la influencia vulnerable y dependiente que ejercen dentro de la familia patriarcal, esta residirá en la capacidad de sostener entre sus manos «una nueva arma, nuestra única arma, el arma de la opinión independiente basada en los ingresos independientes».

Sin embargo, esta jerarquía de lo público sobre lo privado —de las libertades que ofrece la vida profesional sobre las restricciones familiares— se entrelaza con los privilegios sociales. Como escribió bell hooks en 1984, «muchas mujeres negras decían: ‘queremos tener más tiempo libre para pasarlo con la familia, queremos abandonar el mundo del trabajo alienante». Y los puestos de trabajo a los que siempre han estado relegadas las mujeres menos privilegiadas quizá no conciten una promesa de libertad tan seductora.

En todo caso, Woolf no se hace ilusiones sobre ninguno de los dos mundos. Opina que las hijas de hombres instruidos están «entre la espada y la pared. A nuestra espalda se extiende el sistema patriarcal; la casa privada, con su inanidad, […] su servilismo». Y más adelante, ilusionada y decepcionada al mismo tiempo, sostiene que «frente a nosotras se extiende el mundo público, el sistema profesional, con su obsesión por la posesión, su recelo, su combatividad, su codicia»…, términos aplicables, todos ellos, a Leslie Stephen. Para las mujeres, tanto lo público como lo privado está corrupto.

Tres guineas describe la oposición de los hombres a las incursiones femeninas en la vida pública. Cuando escribió este ensayo, Woolf rumiaba, con su habitual mezcla de curiosidad y ambivalencia al evaluar la obra de otros escritores, las ideas de Freud que a la sazón ganaban predicamento en Inglaterra. Describe a los padres como «agrupados en sociedades, en profesiones», y reacios a permitir que sus hijas trabajen. «Parece que la sociedad era un padre —escribió— y un padre afecto a la fijación infantil, también».

El trabajo, sin embargo, no ha sido el ansiado refugio que se esperaba. En Revolutionary Parenting, bell hooks escribe: «Las mujeres que lucharon por la liberación y deseaban entrar en el mundo laboral no lo veían como un mundo alienante. Ahora sí lo ven así». En los últimos años se ha intensificado el escrutinio público del acoso sexual en el ámbito laboral, y con razón, aunque este se ha centrado principalmente en la industria cinematográfica y la musical, en la clase política y en los medios de comunicación… En las profesiones de Woolf. ¿Puede entenderse esta renovada mirada escrutadora, entre otras cosas, como un relato del desencanto de la clase media blanca hacia la promesa de emancipación que ofrecía el trabajo?

***

El patriarcado —entendido como el gobierno de los hombres en general, no tan solo el de los padres— fue en tiempos un asunto esencial en el discurso feminista, su piedra angular, incluso

El patriarcado —entendido como el gobierno de los hombres en general, no tan solo el de los padres— fue en tiempos un asunto esencial en el discurso feminista, su piedra angular, incluso. Como concepto organizativo, sin embargo, sufrió cierto desprestigio debido al universalismo utópico que caracterizó en gran medida su formulación: al diagnosticarlo como un problema simple, parecía requerir una solución simple. Del mismo modo que fue puesto en entredicho el término «mujer» —en particular por las feministas de color, que señalaron su habitual equiparación con «mujer blanca de clase media»—, también el resto de monolitos del feminismo —como el patriarcado— fueron desmoronándose pro-gresivamente.

El posfeminismo socavó aún más la ubicuidad del patriarcado como concepto. En los años noventa —década del girl power y del hincapié en que la libertad económica y social de las mujeres dependía de que desistiesen de criticar las relaciones de género—, las menciones al patriarcado —y al feminismo— sonaban rancias, anticuadas, y evocaban todos los ancestrales estereotipos asociados con el feminismo: amargura, asexualidad, irritabilidad.

En todo caso, el feminismo contemporáneo ha vuelto a embarcarse en la reflexión sobre los grandes conceptos —capitalismo, trabajo, cuidados—, y la noción del patriarcado está resurgiendo. Ha estado muy presente en las pancartas de las manifestaciones tras la toma de posesión de Donald Trump y tiene una amplia difusión a través de productos tan instagrameables como camisetas, tazas y bolsas de tela. Está en boca de expertos, comentaristas y políticos. Vuelve a ser un tema de actualidad.

Pero, a pesar de todo lo que se habla sobre el patriarcado, ¿se ha olvidado el feminismo del padre? Los padres, y por extensión la familia heterosexual, siguen siendo intocables. La incansable ñoñería publicitaria, sea de detergentes o de hipotecas, a menudo nos muestra cómo los miembros de una familia —infantilizados, caricaturescos— adoptan embobados los preceptivos hitos familiares: matrimonio, afectuosa exasperación hacia los niños sucios, coche familiar, firma en la línea de puntos. Y el culto a la familia ha trascendido el ámbito heterosexual, en buena parte porque a muchos les ha sido cruelmente vedado el derecho a formar la suya. La lucha por la igualdad matrimonial y los derechos de crianza igualitarios —la lucha por la igualdad de los ciudadanos— ha sido, y sigue siendo, necesaria y apremiante. Aun así, tal y como afirma Garth Greenwell, esa lucha comporta un riesgo: el riesgo de que el estilo de vida queer tenga que ser traducido a valores comprensibles y sancionados por «quienes odian lo queer«.

Es más, la batalla por la igualdad es totalmente compatible con la ausencia de un ideario político en torno a la familia; al fin y al cabo, en el Reino Unido fue David Cameron quien impulsó el matrimonio igualitario. De hecho, el Partido Conservador lleva mucho tiempo permitiéndose cierto pinkwashing —una cordialidad impostada hacia sistemas familiares distintos del heterosexual— para enfatizar su liberalismo político, al tiempo que desarrolla políticas punitivas utilizando la «austeridad» como excusa. Los recortes en las ayudas familiares al desempleo han dejado a muchas mujeres atrapadas en matrimonios abusivos; la «tasa dormitorio» se ha cebado especialmente con los individuos más débiles, como los discapacitados; y el límite de dos hijos para obtener desgravaciones, acompañado de la cruel «cláusula de violación» que exige la denuncia de violencia para acceder a exenciones fiscales, demuestran cuán a menudo la veneración hacia la familia va de la mano de una ignorancia garrafal sobre la vulnerabilidad de los individuos dentro de la propia familia. En 2018, el ministro conservador James Brokenshire negó que las políticas de austeridad hubieran contribuido al alarmante aumento en el número de personas sin techo desde 2010, atribuyéndolo (entre otras causas) a «los jóvenes que, debido a sus prácticas sexuales, son expulsados del hogar familiar». Un estratégico ataque homófobo para justificar las brutales políticas sociales de un partido que a lo largo de toda su historia ha demostrado su fanática hostilidad hacia los derechos LGBT.

Una madre «activa» es una madre —valga la tautología—, mientras que un padre «activo» es un santo

Hoy día, los papás sentimentales gozan de un gran caché cultural. Los nuevos padres, tan sensibles, proclaman su feminismo en cuanto cogen por primera vez en brazos a su hija recién nacida. De la noche a la mañana, se transforman en heroicos defensores de los derechos de la mujer…, aunque dicha defensa se confunde con la defensa de la pureza de sus hijas; tiene que ver, en otras palabras, con la identificación de una masculinidad predadora que el padre reconoce pero de la que ahora reniega; ahora que ama a una criatura que sabe vulnerable a la violencia del alma oscura de la masculinidad, es capaz de percibirla. Y la adulación que recibe un padre cuando participa en la tediosa e interminable tarea de la crianza —cuando «ayuda» con los niños, o «se queda a cuidarlos»— evidencia hasta qué punto las labores y los cuidados parentales más cotidianos dotan al padre de un halo de santidad, mientras que pasan desapercibidos, porque se dan por hechos, cuando los realiza una madre. Una madre «activa» es una madre —valga la tautología—, mientras que un padre «activo» es un santo. Cómo nos gusta un papi bueno.

Traducción de Alberto Gª Marcos.

Fuente de TenemosNoticias.com: elpais.com / Katherine Angel

Publicado el: 2020-07-12 18:33:25
En la sección: Portada de Cultura | EL PAÍS

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