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Una charnega en la corte del ‘tres per cent’ | Babelia

Una charnega en la corte del ‘tres per cent’ | Babelia

El lugar de Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) en las letras españolas es bien insólito: ajusta una tradición narrativa anglosajona, de la que es un discípulo brillante, a una realidad a veces refractaria a esos modelos. Por ello, Torné depura el apego fáctico con un estilo elevado y un ánimo satírico. Hay algo liberador en el despegue de la farsa, tanto en tramas con anclaje histórico (en su novela Hilos de sangre) como en el asedio a la compleja medianía de un personaje (Divorcio en el aire). En Torné, gran estilo y humor universalizan también las tensiones de clase y una obsesión, recurrente en sus libros, por la “intrascendencia social”.

No obstante, en El corazón de la fiesta cualquier parecido con la actualidad periodística es evidente. La familia de Pere Masclans, “El Rey de Cataluña”, “el nostre heroi” del nacionalismo catalán, gobierna el país desde los últimos 40 años. Su mujer, fuerte, seca y reaccionaria es el eje de un clan que completan unos hijos fin de raza: el Taradet, la Paradeta y Yúnior, el conseguidor de la familia. Puntualmente llevan su dinero a Andorra. Su partido se financia con el tres per cent de las adjudicaciones públicas. Se menciona la boda de una hija en el Palau de la Música. Etcétera.

En el hogar de los Masclans se cuela por la puerta de atrás (la puerta es el Bastardo, hijo ilegítimo de Masclans y blanqueador del dinero familiar) la heroína arribista de la novela, Violeta Mancebo, una charnega con atributos un tanto tópicos: “Le ardía la mirada, tenía descaro y le gustaba vivir, era casi violento cómo le gustaba”. Y aunque El corazón de la fiesta quiere ser una ambiciosa sátira del catalanismo (de “aquel pestazo indisociable d’un temps, d’un país, que eran mi tiempo y mi país”), la novela se decanta por el aprendizaje de Violeta, sus experiencias formativas, más patéticas que humorísticas: la muerte de su madre, su lugar excéntrico en su familia y su barrio. Pero Torné no es un autor realista. Requiere la invención de un narrador excéntrico que le permita un juego de perspectivas y el despliegue de su generosidad estilística. Encuentra dos: los vecinos de Violeta, una pareja en crisis de escritores vocacionales, bufones que filtran con sus ocurrencias digresivas y un humor elitista la vida de Violeta en el mundo de los Masclans.

Torné se siente a gusto con dos voces locuaces y levemente idiotas, en la estirpe de Bellow o Nabokov. Ahora bien, si en sus maestros un narrador presuntuoso oculta un gran desamparo, El corazón de la fiesta carece de esta ironía estructural. Uno termina sin saber qué hacen ahí dos diosecillos sin implicación en la trama, incluso qué función cumple su forzada caracterización, que acarrea las más graves incongruencias de la trama. Por ejemplo: ¿Es creíble que la narradora haya heredado un pisazo en el Eixample y que sus dos hermanos sean tan honestos que rechacen la herencia? ¿Una vecina a la que acabamos de conocer es capaz de una confesión tan torrencial y estilizada? ¿Son relevantes estos detalles y situaciones? Verdaderamente, los dos narradores ejecutan una mascarada ingeniosa desde la misma perspectiva. Son una sola voz, hasta el punto de que repiten, en dos momentos de la novela, una descripción burlesca de Barcelona exactamente con los mismos términos y metáforas, sin que uno comprenda la pertinencia del guiño estructural.

Las leyes de la verosimilitud importan menos a Torné que la creación de un estilo brillante y poético. No obstante, la proliferación de chistes secundarios y salidas de tono interrumpen el cauce principal de la novela, la crónica de un desclasamiento frustrado, y despistan de la envidiable modulación del flujo narrativo, su libertad de fondo, cuando Torné prescinde de la pirotecnia.

Fuente de TenemosNoticias.com: elpais.com / Carlos Pardo

Publicado el: 2020-02-14 19:05:14
En la sección: Portada de Cultura | EL PAÍS

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