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La batalla del Ebro, los 115 días más crueles de la Guerra Civil

La batalla del Ebro, los 115 días más crueles de la Guerra Civil

En la primavera de 1938, la guerra iba mal para la República. Había quedado partida en dos (Cataluña por una parte y, por otra, la zona centro que abarcaba el Levante y llegaba hasta Madrid y Extremadura) al alcanzar las fuerzas de Franco el Mediterráneo, y cada vez sufría más la falta de hombres y material. La población civil también estaba desmoralizada por el desabastecimiento y los bombardeos sobre retaguardia. 

Políticamente, la situación no era mejor. Muchos republicanos, viendo segura la derrota, abogaban por pactar la paz con Franco, mientras que el jefe del Gobierno, Juan Negrín, apoyado sólo por su facción dentro del PSOE y por los comunistas, seguía empeñado en resistir. Sabía que era imposible una paz con Franco que fuese indulgente con los vencidos y además, creyendo en el inminente estallido de la guerra en Europa ante el expansionismo de Hitler, quería ganar tiempo para enlazar la guerra de España con la europea. En ese caso, creía, los aliados apoyarían con sus ejércitos la causa republicana en contra del fascismo. Además, era urgente actuar; Franco estaba a punto de lanzarse sobre Valencia y había que aliviar la presión sobre sus defensas

Una columna de soldados republicanos carga con armas y pertrechos en el frente de Aragón, cerca de Fraga. Foto: Robert Capa / Magnum Photos / Contacto.

Todo este conjunto de razones llevó a Negrín a ordenar al general Vicente Rojo el desencadenamiento de una ofensiva, preparada por el militar en junio. El Ejército Popular debía atacar y cruzar el Ebro por sorpresa –el río actuaba como línea divisoria de ambos ejércitos–, ocupar Gandesa y, en una segunda fase, avanzar para cortar las comunicaciones entre Zaragoza y Castellón y, si fuese posible, volver a enlazar Cataluña con la zona centro.

Los preparativos del paso del Ebro

Franco tenía pocas fuerzas en la ribera derecha del Ebro, al estar centrado en sus planes sobre Valencia. Eran tres divisiones bajo el mando del general Juan Yagüe: unos 35.000 hombres que cubrían un frente de más de cien kilómetros, y de desigual calidad. Rojo iba a disponer, en cambio, de hombres fogueados que, aunque derrotados en anteriores batallas, eran veteranos de la batalla de Teruel y mantenían su combatividad. Su punta de lanza eran unos 70.000 hombres bajo el mando de tres oficiales de milicias comunistas formados en el legendario V Regimiento: Manuel Tagüeña, Enrique Líster y Juan Modesto, quien ostentaba la jefatura suprema. Dirigían nueve divisiones integradas en tres cuerpos de ejército, y en ellas figuraban aún varios miles de brigadistas internacionales. Como reserva quedaban tres divisiones más, compuestas por soldados de recluta y menor combatividad. En total eran unos 100.000 hombres que contaban con unas 300 piezas de artillería y 160 tanques.

En los días previos la actividad fue febril, debiéndose llevar en secreto cientos de barcas y preparar decenas de pasarelas y puentes que permitiesen el cruce del río; una empresa harto difícil, pues muchos soldados no sabían nadar. A las 0:15 horas del 25 de julio, una noche sin luna, comenzó la operación. Se efectuó por varios puntos a la vez: el objetivo prioritario era el sector central, sobre Flix, Miravet, Ascó y Ribarroja, pero como distracción también se atacó ribera arriba, hacia Mequinenza. En ambos sectores la operación fue un éxito, pero se fracasó en la diversión de ribera abajo, en Amposta, por ser las defensas franquistas mucho más sólidas.

En los días previos al 25 de julio de 1938, los soldados republicanos prepararon sigilosamente pasarelas y puentes y cruzaron el río Ebro en cientos de barcas. Foto: Getty.

Del éxito inicial a la contraofensiva

La sorpresa fue total y la primera alarma no le llegó a Yagüe hasta las 2:25 horas, aunque no fue hasta las 5 de la mañana cuando se confirmó el éxito de la ofensiva republicana. Rápidamente envío todas sus reservas pero, desbordado, no tuvo más remedio que ordenar el repliegue a Gandesa, la Pobla de Massaluca y Villalba dels Arcs. Por su parte, los republicanos capturaron en pocas horas a 3.000 prisioneros y abundante material de guerra, destacando algunos cañones de gran calibre. En menos de un día se había consolidado una gran cabeza de puente que avanzaba hacia Gandesa y otra más pequeña en el sector de Mequinenza. También las alturas de las sierras de Pandols y Cavalls cayeron en sus manos, y toda la operación se logró con sólo un coste de unas 600 bajas. A las 7:30 del día de Santiago, sonaba el teléfono en el cuartel general de Franco pidiendo refuerzos urgentes. A las 9 horas se ordenó el envío de cinco divisiones y de toda la aviación disponible, lo que paralizó la ofensiva sobre Valencia.

Sin embargo, la mañana del día 25 ya evidenció las debilidades de la ofensiva republicana. Su aviación seguía estando concentrada en la defensa de Valencia, y las barcas y pasarelas sólo habían permitido el cruce de infantería. El paso de medios motorizados y del material logístico necesario sólo era posible tras el levantamiento de puentes de hierro, lo que era lento. Además, el río era un perfecto objetivo para la aviación de Franco que, en ese mismo día, comenzó a atacar el cauce destruyendo los pocos puentes levantados, lo que obligó a volver a usar balsas que, a lo sumo, podían trasladar mulas y algún vehículo ligero.

Tras el éxito inicial republicano, los franquistas dieron la vuelta a la situación reuniendo cientos de aviones italianos y alemanes, como este Heinkel HE-45. Foto: Album.

El frente queda estabilizado

Por si fuera poco, el Ejército de Franco dominaba los embalses río arriba que, al abrir sus compuertas, provocaban la súbita subida del caudal, que arrastraba las pasarelas y provocaba el ahogamiento de cientos de soldados, hundidos por el peso de su equipo. En los días y semanas siguientes se entablaría así un juego macabro, consistente en ver quién levantaba o derribaba con más celeridad los puentes y pasarelas.

A última hora del 26 de julio, el Ejército republicano ya estaba a las puertas de Gandesa y de Villalba dels Arcs. Había conquistado unos 800 kilómetros cuadrados, pero se encontraba exhausto, hambriento y falto de municiones y apoyo logístico, debido a la barrera casi infranqueable en que se había convertido el Ebro. La falta de carros de combate, camiones y artillería le impedía tomar esas localidades que, poco a poco, se veían reforzadas en sus defensas. Como ya había pasado en otras batallas anteriores, la planificación y sorpresa estaban del lado republicano, pero la falta de material frustraba el aprovechamiento del éxito inicial. Ante la falta de medios para tomar los pueblos, Modesto ordenó desbordarlos por los flancos, pero la llegada de refuerzos franquistas y la escasez de medios motorizados propios lo impidió. El 28 de julio, el frente quedó estabilizado a las puertas de Gandesa y Villalba.

En el mapa se pueden ver los principales movimientos tácticos de ambos bandos, republicanos y nacionales, a lo largo del frente establecido en las márgenes del río Ebro. Foto: Carlos Aguilera.

Franco opta por el desgaste

El día 31 y el 1 de agosto se dieron los últimos esfuerzos por conquistar las poblaciones, para lo que Negrín envió toda la aviación destinada a la defensa de Valencia. También se emplearon los pocos medios blindados que la República pudo hacer cruzar al otro lado del río, pero se había alcanzado un equilibrio de fuerzas imposible de romper. Los objetivos de la ofensiva no se habían conseguido; sin embargo, el coste político de retirarse era muy alto, por lo que los mandos republicanos decidieron clavarse al terreno y defenderlo con uñas y dientes. Había que seguir ganando tiempo a la espera de que en Europa estallase la guerra. La consigna fue: “Resistir es vencer”.

La ofensiva se había frenado y, además, lo mejor del Ejército Popular estaba encajonado en aquella gran bolsa, con el Ebro a sus espaldas. Lo lógico era que Franco lo hubiese aprovechado para lanzar un ataque por las llanuras leridanas, que estaban más pobremente defendidas, y avanzar hacia Barcelona y la frontera francesa.

Se lo recomendaron otros generales (Aranda, Yagüe, Kindelán, Solchaga, Vigón), así como los asesores alemanes e italianos, que estaban dispuestos a emplear en la ofensiva a sus fuerzas motorizadas. Pero Franco, que nunca fue un militar brillante y sí un hombre obsesionado por el control político, optó por una estrategia más torpe y sangrienta pero que reforzaría su prestigio ante los suyos, además de arrebatárselo a las tropas de Mussolini. Tras desplazarse al frente del Ebro el 2 de agosto, comenzó a acumular hombres y material y se empeñó en reconquistar palmo a palmo, lentamente, todo el terreno perdido, sin importarle el alto tributo de sangre que su Ejército iba a pagar. Con ello iba a aniquilar en buena medida a lo mejor que quedaba del Ejército Popular, al tiempo que seguiría presentándose como general invicto y consolidaría aún más su poder. Tras reunir cientos de aviones y tanques, así como varias divisiones de infantería –entre las que destacó la llamada IV División de Navarra–, comenzó la reconquista. Sumaban un total de unos 100.000 hombres.

Un duro enemigo: las sierras

El 5 de agosto, la contraofensiva se centró en la pequeña bolsa de la zona de Mequinenza, defendida pobremente por la 42 ª División republicana. Tras machacarla con artillería y aviación, se avanzó con tanques y dos días después se liquidó la resistencia. Los atacantes sólo sufrieron unas 200 bajas, por unas 2.500 de los defensores; a partir de ahora la batalla se enfocaría hacia la bolsa central, cuyos mayores obstáculos eran las sierras. Se trataba de escenarios rocosos en los que las defensas republicanas hubieron de construirse con parapetos de piedras, lo que resultaba muy peligroso porque las esquirlas de éstas podían ser tan mortíferas como la metralla. Apenas había fuentes y el agua y la comida sólo podían llevarse en mulas o a mano. El calor, la sed, la falta de medidas higiénicas, los parásitos y la mala alimentación se convirtieron en una tortura para los soldados, que difícilmente podían ser evacuados en caso de caer enfermos o heridos.

Un convoy de intendencia del bando franquista en el frente de Aragón. Foto: EFE.

Deserciones, autolesiones y castigos

Este sufrimiento melló la voluntad de resistencia de muchos republicanos, lo que les llevó a intentar la deserción o a infligirse heridas y lesiones para ser evacuados (aunque, obviamente, en caso de ser descubiertos el fusilamiento era inmediato). Como medida de disuasión, el mando impuso una disciplina de hierro que castigaba con la muerte toda retirada no autorizada. Al mismo tiempo, para dar ejemplo, los comisarios políticos –casi todos comunistas– debían luchar en primera línea sin desfallecer; al final de la batalla, el 90% de ellos había muerto.

En contraste, al estar en el llano y con la retaguardia libre de obstáculos, las condiciones fueron mucho menos penosas para las fuerzas franquistas, aunque la conquista de las alturas les resultó muy costosa. El 9 de agosto lanzaron una ofensiva de noche, consiguiendo sorprender a la 11ª División de Líster. Por la mañana entraron en juego la artillería y la aviación, que ayudaron a tomar las primeras cotas. Al anochecer, el balance de ese día era estremecedor: 160 muertos entre los atacantes y 300 entre los defensores.

La República, desangrada y agotada

Durante los días y semanas siguientes, esta fue la constante. Por las mañanas aparecía la aviación franquista para fotografiar las defensas republicanas, luego llegaban los ametrallamientos y bombardeos, los ataques artilleros y, por último, los asaltos de infantería, que trataban de ser repelidos por los defensores fortificados que habían sobrevivido. Tan duros eran los combates que era frecuente que a lo largo de un día se perdiese o ganase varias veces una misma cota o posición. En esta lucha de desgaste, las fuerzas de Franco tenían ventaja; no sólo por disponer de superioridad aérea y artillera o por tener más facilidades logísticas para el aprovisionamiento de sus fuerzas, sino, sobre todo, por tener más reservas de hombres y material en general

La República se había ido desangrando en combatientes y había tenido que llamar a filas a hombres de 45 años y a muchachos de 17 que, evidentemente, estaban poco preparados para tal desafío. Franco podía relevar a sus tropas agotadas; la República, no. La falta de material también era angustiosa, porque mientras Alemania e Italia seguían suministrando libremente armamento a los sublevados, el material soviético se veía bloqueado en la frontera francesa a la espera de sus intermitentes aperturas.

A lo largo de los siguientes meses se fueron alternando combates feroces con pausas y treguas obligadas para reponer fuerzas, durante las que, ocasionalmente, los soldados de ambos bandos podían intercambiar tabaco por papel de fumar o turnarse para ir a las fuentes sin dispararse. Sin embargo, la tensión no disminuía y era preciso siempre estar alerta por las noches ante un posible ataque por sorpresa, lo que enloqueció literalmente a cientos de soldados.

Un momento de descanso de los soldados durante la batalla del Ebro. Foto: Robert Capa / Magnum Photos / Contacto.

Avance lento de los franquistas

A mediados de agosto, la mayor parte de la sierra de Pandols ya había caído. A continuación, Franco decidió atacar en la parte norte de la bolsa: en Punta Targa y en el llamado vértice de Gaeta, en donde los republicanos se habían fortificado eficazmente. En consecuencia, la ofensiva fue muy costosa y, cuando a finales de agosto se consiguió su control, fue a costa de 13.000 bajas: 8.000 republicanas y 5.000 franquistas. Sin duda, Franco no esperaba tan ardua resistencia. 

En un mes apenas se había recuperado una cuarta parte del terreno y lo más sensato era que ambos ejércitos abandonasen el choque replegándose, pero eran prisioneros de sus iniciales decisiones políticas y no podían (o no querían) dar marcha atrás. En septiembre el ataque se reanudó contra el centro del frente, ante el pueblo de Corbera d’Ebre. Nunca antes se había dado una preparación artillera como aquella, entrando en juego más de 300 piezas, mientras que la República sólo podía responder con unas 70. Días después la población fue ocupada tras ser totalmente arrasada, por lo que tras la guerra tuvo que ser reconstruida fuera del casco antiguo. Durante ese mes los republicanos fueron perdiendo terreno inexorablemente en la parte llana del centro, a pesar de que, desde las alturas colindantes de las sierras de Cavalls y de la Fatarella, seguían defendiéndose, lo que supuso que el avance fuese lento para los franquistas.

Ruinas de Corbera D’Ebre, que fue completamente arrasado por la artillería de Franco. Foto: Alamy.

El balance final del combate

A finales de ese mes, la República retiró oficialmente a los brigadistas internacionales, unos 3.000 hombres, en un intento de ganarse a la opinión pública internacional y lograr una paz negociada. Pero la Conferencia de Múnich del 30 de septiembre supuso un jarro de agua fría porque, de nuevo, las democracias daban vía libre a Hitler para su expansionismo en Europa, incluyendo el apoyo a Franco. Si Europa se había quedado pasiva ante la invasión de Checoslovaquia, seguiría impasible ante España. Tras unos días de calma, en octubre se reanudó la ofensiva y los republicanos no pudieron hacer otra cosa que retroceder escalonadamente, esta vez entre el frío y la lluvia. El 16 de noviembre, por Flix, cruzaron el Ebro las ultimas unidades en medio de bombardeos.

No se conocen exactamente las pérdidas humanas de la batalla del Ebro, que duró 115 días y fue el choque más cruel y brutal de toda la contienda. Macabramente, hasta hace bien poco era fácil encontrar restos óseos en los lugares más agrestes de la comarca. Se evalúan en unas 70.000 las bajas sufridas por la República, de las que 20.000 serían muertos y el resto heridos, prisioneros y desaparecidos. Las franquistas se cifran en aproximadamente 60.000, de las que 10.000 fueron muertos, 5.000 prisioneros y el resto heridos. Se calcula que una cuarta parte de las bajas fueron fruto de las enfermedades y el desgaste psicológico. Además, el Ejército Popular perdió unos 250 aviones por 60 del enemigo. En cuanto al resto del material, basta decir que durante décadas los habitantes de la comarca basaron su economía más en la venta de chatarra que en la agricultura; y eso que, tras la batalla, los servicios de recuperación de los vencedores recogieron 60.000 toneladas. El Ebro fue sin ninguna duda el canto del cisne de la República… y ya no habría más batallas de envergadura.

Fuente de TenemosNoticias.com: www.muyinteresante.com

Publicado el: 2024-06-21 03:55:48
En la sección: Muy Interesante

Publicado en Humor y Curiosidades

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