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Málaga, la batalla que cambió la lógica de la Guerra Civil

Málaga, la batalla que cambió la lógica de la Guerra Civil

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Juan CastroviejoDoctor en Humanidades

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En los primeros días de enero de 1937, las calles de Málaga anochecieron desnudas, sin apenas luces y deshilachadas. El miedo se apoderó de la población, que se encontraba en medio de los desplazamientos casi diarios de la aviación sublevada y sometida a la actuación de la Quinta Columna, la extensa red de simpatizantes de la causa nacional en territorio republicano y cuyos miembros realizaban desde labores de sabotaje hasta disparos indiscriminados contra los vecinos. El ambiente que se respiraba empezó a ser asfixiante. En las semanas previas, las principales ciudades andaluzas habían quedado sepultadas por el manto rebelde tras el levantamiento militar del 18 de julio del año anterior.

Civiles durante el éxodo de Málaga hacia Almería conocido como la Desbandá. Foto: Album.

La ofensiva sobre la ciudad tuvo lugar entre el 3 y el 8 de febrero y estuvo marcada por varias operaciones militares de diversa consideración. Se basó en una estrategia de desgaste continuo desde varios frentes. Para ello se empleó la fuerza aérea como arma intimidatoria: los aviones del ejército rebelde surcaron cada día los cielos para reconocer el terreno mientras sembraban de incertidumbre la vida de los malagueños.

Pero en realidad fue la última fase de un plan que comenzó desde el litoral y que permitió a los sublevados lograr el éxito en Andalucía haciendo desaparecer el embudo republicano que conectaba a la región. La caída de Málaga fue un «golpe muy duro para la República», según definió en sus escritos Jorge Pérez Salas, un militar republicano conocido por su participación en la Guerra Civil. «Con ella se perdió una de las mejores capitales de España y, de añadidura, nuestro puerto más próximo al estrecho de Gibraltar, que podía servir como base para impedir el tráfico entre el Marruecos español y la península», escribió.

Extraño líder

El artífice de la campaña fue el general Gonzalo Queipo de Llano, un personaje particular, según coinciden varios historiadores que han indagado en el conflicto a lo largo de los últimos años. En los planes del golpe de Estado, los sublevados le otorgaron un puesto crucial, Sevilla. Por su ubicación en el terreno, la ciudad contaba con una serie de ventajas estratégicas que podían romper al ya desorganizado ejército republicano.

El general Queipo de Llano en Unión Radio. Foto: Getty.

A pesar de arrastrar serias dudas en sus inicios por culpa de su cuestionada capacidad militar, su participación fue determinante para la toma del territorio andaluz; y en especial sobre Málaga, que fue el último bastión del conflicto en el sur. Tenía una personalidad fuerte que no dejó indiferente a nadie. Durante toda su trayectoria se caracterizó por la actitud vehemente y arrogante. Una muestra de ello es su vaivén ideológico: luchó abiertamente contra la dictadura de Primo de Rivera, pero, tras el levantamiento, se entregó con fervor al derrocamiento de una República a la que había defendido con la devoción de un santo creyente.

Tras establecer su cuartel general en Sevilla, Queipo de Llano planificó el avance sobre las principales capitales andaluzas que resistieron a las primeras llamaradas del levantamiento militar del 18 de julio. Para ello, inició una serie de medidas encaminadas a generar tensión e incertidumbre en el conjunto de la región. Por ejemplo, amenazó con instaurar la pena de muerte en el momento en el que se alzara con el poder. Después, reprimió el sindicalismo y atemorizó a la población con ejecuciones masivas.

Queipo de Llano demostró además el enorme éxito del uso de las ondas como herramienta propagandística. Desde los estudios de Radio Sevilla, el general lanzó sus soflamas cada noche a varios puntos de Andalucía. Con un tono adusto y hosco, aprovechó el potencial de este medio para esparcir el miedo en la población al mismo tiempo que alentó el resentimiento y el odio entre los simpatizantes del bando nacional. Sus bravatas, cargadas de sarcasmo, las recuerdan Jesús Majada Neila y Fernando Bueno Pérez en Carretera Málaga-Almería, una brillante reconstrucción del conflicto: «Utilizó un lenguaje insultante, provocador, hiriente, a veces soez, capaz de generar un mensaje de terror que acababa lentamente con el ánimo de los malagueños».

Soldados republicanos en una trinchera en el frente de Málaga, a principios de 1937. Foto: AGE.

Problemas republicanos

El escenario en Málaga que surgió tras el 18 de julio fue propicio para desestabilizar la vida de los vecinos. Por lo pronto, se produjo un enorme vacío de poder en las instituciones y en las empresas que ahondó en una falta de participación por parte de los simpatizantes de la República. Los trabajadores, siguiendo un precepto asambleario, se convirtieron en los titulares de las compañías, estableciendo un sistema organizativo basado en medidas como el salario igualitario. En algunos barrios, por otro lado, se hicieron fuertes grupos anarquistas que impregnaron de autogobierno la vida de los ciudadanos.

En realidad, las autoridades civiles fueron incapaces de apaciguar la incertidumbre sociopolítica que se produjo en Málaga. No en vano, las defensas de la ciudad se encomendaron a grupos de milicianos en cuyas filas se llegaron a infiltrar delincuentes comunes y personas de dudosa moral; algo que demostró, una vez más, la falta de organización en las filas republicanas. «Ante la ausencia de autoridad, comenzaron a producirse cada vez con más frecuencia desmanes, actos de pillaje y crímenes indiscriminados», se recoge en Carretera Málaga-Almería, entre cuyas páginas se pone de manifiesto la debilidad para hacer frente a las motivadas y profesionalizadas tropas de los rebeldes.

Pancarta de propaganda en un edificio en ruinas de Málaga después de la captura de la ciudad por los nacionalistas el 7 de febrero de 1937. Foto: Getty.

Los batallones republicanos tampoco gozaron de un apoyo logístico por parte de los altos mandos militares para combatir contra los rebeldes en igualdad de condiciones. La escasez de munición —contaron de hecho con el mismo material bélico con el que empezó la guerra— limitó su capacidad para repeler los ataques. Y la sensación de abandono condicionó la actuación del Ejército. Un hecho que derivó en varias deserciones por parte de sus oficiales.

Una de las ventajas del ejército nacional fue contar con la protección de varias unidades de aviones enviadas por Mussolini y Hitler, al igual que las divisiones motorizadas de factura italiana. Ambos dictadores tomaron parte en la toma de Málaga. El propio Queipo de Llano dirigió las operaciones a bordo del crucero Canarias. En medio de las refriegas, las tropas italianas desarbolaron las defensas republicanas con facilidad.

Primer golpe

El ataque del 5 de febrero permitió conquistar los puertos que estaban en poder de sus enemigos, Zafarraya y Alazores, que conectan Granada y Málaga. Para el 7 de febrero, la ciudad quedó rodeada, anticipando la indefensión de la población. «Aterradas, muchas personas escapan desesperadas, intentan protegerse ocupando los cauces de los arroyos, mientras los barcos franquistas atacan sin apenas resistencia los edificios de la ciudad. La aparición de los aviones enemigos reaviva el temor», recuerdan los historiadores Majada Neila y Bueno Pérez.

Ambos coinciden en que el papel de las Brigadas Internacionales, las unidades militares compuestas por voluntarios extranjeros de cincuenta países, fue «testimonial», ya que se limitaron a defender el frente en Motril justo cuando la ciudad ya estaba en manos rebeldes. Al día siguiente, el 8 de febrero, las tropas sublevadas dirigidas por el Duque de Sevilla entraron a los suburbios de una ciudad prácticamente vacía. El centro quedó destruido por los vigorosos bombardeos de la armada nacional.

Imagen de la Desbandá, ataque a civiles por parte del bando sublevado tras la entrada en Málaga de las tropas franquistas. Foto: Album.

En líneas generales, la resistencia fue, cuanto menos, voluntariosa y se ciñó a mantener su posición en las sierras aledañas de la costa occidental. Aquellos bombardeos sobre Málaga fueron terribles y provocaron una masiva huida a través de la carretera de Almería. Los sublevados rechazaron cortar el paso a través de esta vía de escape. La Desbandá de Málaga, como la bautizaron, supuso una agonizante huida, un callejón sin salida que derivó en una de las matanzas más sangrientas de la Guerra Civil y anticipó el éxodo republicano que se produjo en 1939 cuando la victoria del ejército franquista era inevitable. Alrededor de cinco mil personas murieron en los doscientos kilómetros que separaban ambas ciudades. Con la caída de la ciudad se dio paso a que Queipo de Llano convirtiera a Andalucía en su feudo, donde organizó un poder sin límites.

* Este artículo fue originalmente publicado en la edición impresa de Muy Historia.

Fuente de TenemosNoticias.com: www.muyinteresante.com

Publicado el: 2024-03-08 04:26:34
En la sección: Muy Interesante

Publicado en Humor y Curiosidades

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