Menú Cerrar

Japón lucha contra el estigma de la radiactividad

Japón lucha contra el estigma de la radiactividad

Hay algo que dura más que la radiactividad: el miedo. Una década después de cubrir el tsunami que desató el desastre nuclear de
Fukushima
, regresamos a la costa nororiental de Japón que fue barrida primero por las olas gigantes y luego por las fugas radiactivas. Diez años después, se han reconstruido los pueblos que fueron devastados por el tsunami. Pero todavía quedan numerosas zonas cerradas alrededor de la siniestrada planta atómica de Fukushima 1 y, en las que han sido ya reabiertas, muchos de sus vecinos no han vuelto por temor a la radiación. Tras sufrir el 11 de marzo de 2011 el peor accidente nuclear desde Chernóbil, la prefectura de Fukushima no solo lucha contra la radiactividad que se escapó de la central, sino también contra su estigma.

Aquel viernes, a las tres menos cuarto de la tarde, el cuarto terremoto más potente de la historia moderna, de magnitud 9, sacudió al archipiélago nipón durante seis minutos y desató un tsunami que arrasó cientos de kilómetros de su costa oriental. Con olas de hasta 40 metros, mató a más de 20.000 personas, destruyó y dañó un millón de casas e inundó la central nuclear de Fukushima 1. Todavía hoy, un cartel recuerda que el agua llegó allí hasta los 17 metros de altura. Entonces, se fundieron total o parcialmente tres de sus seis reactores al quedarse sin electricidad. En la actualidad, 5.000 operarios trabajan en la descontaminación y desmantelamiento de la central, que durará todavía hasta 2041 o 2051.

Un tren que pasa de largo

Una década después, los Juegos Olímpicos de Tokio iban a ayudar a la recuperación de Tohoku, como se conoce al nordeste de Japón. Junto a otras prefecturas golpeadas por la catástrofe como Miyagi e Ibaraki, que acogieron partidos de fútbol, la ciudad de Fukushima fue sede del béisbol, uno de los deportes más populares de Japón. Pero, con los partidos sin espectadores, el tren de los turistas ha pasado de largo. Al igual que en el resto de Japón, muchos comercios han quebrado en Fukushima por culpa de la pandemia, que ha obligado a imponer el estado de emergencia debido a los repuntes de este verano. Con los bares y restaurantes sin poder servir alcohol y cerrando a las ocho de la tarde, el tétrico ambiente nocturno que se respiraba en agosto en Fukushima Ciudad recordaba a los días más oscuros de la catástrofe nuclear, cuando sus calles se quedaron desiertas.

Alrededor de la
planta atómica de Fukushima 1
, a unos 60 kilómetros de la ciudad, todavía se observan los daños del terremoto y el tsunami. En la calzada que recorre la costa, un concesionario en ruinas de Toyota sigue luciendo un letrero donde se anuncian los modelos de aquella época, algunos de los cuales ya no se venden. Unos kilómetros más adelante, la maleza crece salvaje entre los abandonados silos de la cooperativa JA (Japan Agriculture) y los salones de máquinas tragaperras (‘pachinko’) que antes estaban siempre abarrotados. Pero lo peor es la radiación, que obliga a mantener numerosas zonas cerradas, como se ve en las vallas que abundan a ambos lados de la carretera. Por la radiactividad en el suelo, en marzo del año pasado aún quedaban 337 kilómetros cuadrados de áreas evacuadas: un tercio de los 1.150 kilómetros cuadrados que fueron desalojados tras las explosiones de hidrógeno que sufrieron los reactores al sobrecalentarse por falta de electricidad, que reventaron sus paredes y vasijas de contención dejando sus núcleos al descubierto entre un amasijo de escombros.

De las 470.000 personas que fueron evacuadas tanto por la radiación como por los estragos del tsunami, en mayo aún quedaban 40.000 por regresar a sus hogares. La inmensa mayoría, 36.000, son refugiados nucleares de Fukushima que no han podido volver a sus casas porque la radiactividad sigue siendo todavía demasiado alta. A tenor de los ayuntamientos de los doce municipios afectados por las fugas de Fukushima, son incluso más, alrededor de 60.000, los vecinos que no han regresado. Aunque oficialmente constan 14.000 retornados a las áreas reabiertas, en realidad son bastantes menos porque muchos se apuntan al censo para cobrar los subsidios que ofrece el Gobierno con el fin de revitalizar la zona, pero viven en otros lugares.

Flores olímpicas

Solo en la prefectura de Fukushima hubo que desalojar a 165.000 residentes, la mitad en un radio de 20 kilómetros en torno a la central. Evacuada junto al resto de los 21.000 habitantes de Namie, que está a unos diez kilómetros de la planta atómica, Yukari Shimizu solo pudo volver en 2013 para trabajar y en 2017 para vivir. Aunque al principio cultivaba verduras para la residencia de ancianos que regentaba la ONG Jin, que tuvo que cerrar por falta de clientes, sus niveles de radiación superaban lo permitido. Por ese motivo, se pasó a las flores cuando se lo permitió la radiactividad, ya que la especie típica de Fukushima, la eustoma, está muy cotizada en Japón. Partiendo desde los 450 yenes (3,5 euros) la flor, puede llegar a costar hasta 1.400 yenes (10,80 euros) en las tiendas más refinadas de Ginza, en Tokio. En un programa gubernamental para potenciar las prefecturas castigadas por la catástrofe, sus eustomas verdes han formado parte de los 5.000
ramos de flores
entregados a los medallistas en los Juegos Olímpicos y Paralímpicos.

Junto a ellas y sus respectivas mascotas, Miraitowa y Someity, en estos ramos de la victoria había girasoles de Miyagi y gencianas azules de Iwate. Mientras las gencianas lucían el color de los Juegos y los girasoles honraban a los padres que sembraron esta planta en una colina para recordar a sus hijos fallecidos en el tsunami, las eustomas verdes de Fukushima simbolizaban la esperanza. «En 2011, tuvimos que ser evacuados con lo puesto. La gente de todo Japón y el resto del mundo nos apoyó mucho y recibimos su cariño. No solo con palabras, sino también con ayuda humanitaria y con dinero. Todo ese apoyo me dio el coraje para seguir adelante y me gustaría dar las gracias con nuestras flores a todos los que nos ayudaron», explica Yukari Shimizu a ABC en uno de sus invernaderos. Nos cuenta que el secreto para que esta flor crezca es regarla con una cantidad justa de agua, que no especifica, aunque lo realmente difícil es controlar que la temperatura no suba de 30 grados.

Agua contaminada

Además de la radiación, el mayor problema es el agua contaminada que se almacena en la central de Fukushima tras regar sus reactores fundidos. Al igual que a las eustomas de la señora Shimizu, hay que inyectarles agua constantemente para mantenerlos a 30 grados y que sus núcleos desnudos no se sobrecalienten. Aunque dicha agua es filtrada para limpiar hasta 62 nucleidos radiactivos, hay un elemento tóxico que no se puede eliminar, el tritio. Por ese motivo, la central acumula más de 1,26 millones de metros cúbicos de agua contaminada en grandes tanques que han proliferado por todo el recinto. Pero están ya a más del 90 por ciento de su capacidad, que es de 1,37 millones de metros cúbicos. Antes de quedarse sin espacio, el Gobierno japonés ha decidido verter 1,2 millones de
toneladas de agua contaminada
al Pacífico de forma escalonada durante los próximos años.

Aunque se trata de una práctica habitual y regulada de las centrales nucleares en todo el mundo, la decisión ha sido duramente criticada por los ecologistas, los pescadores de la región y los países vecinos, como China y Corea del Sur. Las autoridades aseguran que diluirán el agua más de cien veces para reducir el tritio a menos de 1.500 becquereles por litro, muy por debajo de los 60.000 que permiten los estándares internacionales y de los 10.000 que autoriza la Organización Mundial de la Salud (OMS) para consumo humano. Se desaguarán 22 billones de becquereles al año, que se localizarán a 1,5 kilómetros al norte y sur de la central y 700 metros mar adentro. Mientras ahí la concentración alcanzará entre 1 y 10 becquereles por litro, el Gobierno promete que en el resto del mar será de solo 0,1.

Pero los pescadores temen que el vertido dé la puntilla a su negocio, herido primero por el tsunami que destruyó sus puertos y lonjas y luego por el estigma de Fukushima. «El tiempo ha pasado y hemos podido hacer pesca experimental. El mercado de pescado no está abierto para esta zona, pero los pescadores pueden hacer operaciones de prueba en el mar. Sin embargo, tarde o temprano habrá un vertido del agua contaminada de la central nuclear. La industria de la pesca en Fukushima tiene muchos obstáculos que superar. Debemos enfrentarnos a ellos con nuevas ideas y yo voy a intentarlo con piscifactorías tierra adentro», se propone Takahisa Abe, un empresario metido a pescadero.

Tras ayudar en la reconstrucción, se ha implicado tanto en el resurgir de Fukushima que ha abierto a 30 kilómetros de la central una pescadería, ‘Fish Factory’, donde enseña a los jóvenes este oficio tradicional del litoral nipón para que no emigren a las ciudades. «Mi abuelo era pescador y me gustaría seguir su camino, pero sé que aquí es muy complicado», se lamenta uno de sus alumnos, Ashuri Imai, de 18 años.

Pablo M. Díez

Financiada con una colecta que rebasó con creces los tres millones de yenes (23.079 euros) que necesitaba, la pescadería de Abe está especializada en anguilas. Aunque son muy apreciadas en Japón, es consciente del miedo que tendrán los consumidores cuando empiece el vertido. «En la última década hemos perdido la esperanza y ahora viene el vertido. Para que los consumidores estén seguros, necesitamos las piscifactorías, como están haciendo ya en la vecina Tamura», detalla Abe, dispuesto a seguir luchando. Una década después, al impacto del tsunami y el accidente nuclear se suma el coronavirus. La evacuación y el cierre de numerosos negocios han agravado el despoblamiento de esta prefectura, sobre todo de jóvenes. Pero algunos, como el exdiplomático y exconsultor Daiju Takahashi, han venido desde Tokio para instalarse en Namie y ayudar a su renacimiento con la asociación empresarial Eat and Energize the East (EEE). «Garantizar la seguridad de los productos alimentarios, así como la vida en esta zona, es un requisito imprescindible en términos científicos. Tenemos datos suficientes, pero no creo que eso baste. Tenemos que darles confianza a los consumidores. Para conseguirlo, hace falta un toque humano. Por ejemplo, que los agricultores y pescadores transmitan a los consumidores su pasión: cómo crean sus productos, cómo pescan y cómo procesan los alimentos. Eso será clave para que recuperemos la confianza de los consumidores», explica tras regresar del extranjero.

Con la ayuda de dos prestigiosos chefs franceses, Dominique Corby y Jean-Sebastien Clapie, estuvo en julio en París promocionando las delicias regionales de Tohoku. Gracias a una atractiva imagen, Takahashi ha triunfado con una marca de latas de caballa, ‘Ça va?’, de las que ya se han vendido 10 millones, reportando más de 3.000 millones de yenes (23 millones de euros). Un éxito que le anima a seguir adelante porque, de los 54 países y regiones que impusieron restricciones a los cultivos y capturas de Fukushima, todavía hay 14 que las siguen manteniendo.

Una década después del tsunami, volvemos al nordeste de Japón, que sueña con un porvenir brillante gracias a estos proyectos de revitalización económica y social. Pero el miedo a la radiación de Fukushima, que se mide en los paneles de las carreteras, oscurece su futuro.

Fuente de TenemosNoticias.com: www.abc.es

Publicado el: 2021-09-19 08:24:29
En la sección: Internacional

Volver al inicio