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Abuelos jóvenes: la paciencia que da revancha

Por:

infobae

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Publicado: 10 de noviembre, 2019 — 3:45 a.m. (hace 1 mes)

Decía el escritor francés Charles Paul de Kock: “Los niños adivinan qué personas los aman. Es un don natural que con el tiempo se pierde” .

De pequeños, el amor a los padres es tan absoluto. Tan incondicional. Tan total. En los primeros años de vida, los chicos apenas pueden imaginar el universo sin sus padres. Ellos son quienes ocupan todo lo conocido. Son la ley, el saber, el ejemplo, el abrazo, la protección, el respeto, y el amor.

Cuando nuestros hijos comienzan el jardín de infantes, el tiempo de adaptación es todo un trabajo en sí mismo, por lo difícil que les resulta prescindir de nuestra presencia. Luego los llevamos a la escuela de la mano, tiempo después prefieren caminar unos pasos más adelante, hasta ese día donde debemos quedarnos mirando detrás del árbol de la esquina, evitando que nos vean, mientras los vemos.

Y de pronto llega ese momento delicioso, intrigante, apasionado, desmedido y de escasas garantías de éxito: la adolescencia . Ya lo decía el poeta inglés John Wilmot, conde de Rochester en el Siglo XVII: “Antes de casarme tenía seis teorías sobre el modo de educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ningún teoría.”

El joven adolece por sobre todas las cosas de las herramientas para decir de manera amorosa, que no quiere saber ya más nada de nosotros. Adolece de toda suavidad en los labios para enrostrarnos que a partir de ahora su vida es suya. Ya tarde descubrimos que todas aquellas horas de insomnio, todos los cambios de horarios, de tiempos y de agenda, de fines de semana y de presupuesto, se han evaporado en el instante en que ese joven nos insiste en que necesita cortar. En silencio escuchamos que son diferentes a nosotros, que son una nueva generación, que no sabemos o no entendemos nada, que quieren otras cosas, que necesitan otras cosas, que creen en otras cosas. Que tienen otras expectativas, sueños, y formas de ver y entender el mundo.

La relación se transforma, cada vez más tensa, más compleja. A veces hasta distante.

Como escribió Oscar Wilde: “Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan".

Sólo con el paso del tiempo, nos vamos dando cuenta que aquellas cosas que nos decían nuestros padres, quizá no estaban tan erradas. En la distancia que generan los años, a la hora de ver la vida en perspectiva, comprendemos tardíamente que varios de aquellos “no”, tenían mucha más sabiduría de la que discutimos.

Mark Twain lo dijo con suma sinceridad. “Cuando era un niño de 14 años, mi padre era tan ignorante que apenas podía soportar tener al viejo cerca. Pero cuando cumplí 21 años, me sorprendió lo mucho que el viejo había aprendido en siete años".

A menudo comenzamos pensando en lo diferentes que somos de nuestros padres. Nos toma tiempo apreciar cuánto nos ayudaron a convertirnos en las personas que somos. Incluso cuando pensábamos que estábamos huyendo, de hecho continuamos su viaje. Mucho de lo que somos es simplemente, por lo que ellos fueron y por cómo fueron.

El comienzo de la historia Abraham, el primer patriarca bíblico, el prohombre que fundaría la civilización monoteísta, es el relato de un hombre que corta, que rompe con su ayer. Lo que no nos explica el texto es porqué Abraham es elegido. Nada parece haber hecho de especial. El texto bíblico calla. Nada nos dicen acerca de la historia previa del patriarca. Así nace la exégesis y el mundo que se conoce como el Midrash, intentando cerrar historias, al generar creaciones literarias que por un lado responden a los vacíos que contiene el texto, y por el otro con la firme intención de dejar siempre un mensaje ético.

Existen muchísimos relatos (Midrash) acerca de la posible juventud de Abraham, sin embargo la exégesis más conocida nos cuenta que su padre, Teraj, era un idólatra que se dedicaba a la venta de estatuas e ídolos de piedra y madera . Relata que una tarde Abraham tomó una vara y destruyó todos los ídolos de su padre, y colocó luego la vara en las manos de una de las estatuas más grandes del negocio. Al regresar, Teraj increpó a su hijo, a lo que Abraham le respondió que los ídolos habían empezado a pelear para ver cuál de ellos tenía más poder, hasta que el más grande tomo la vara y los venció a todos. El padre, que no salía de su asombro, le dijo: “¿De qué estas hablando, si ni siquiera se pueden mover?!” A lo que Abraham contestó: “Y entonces cómo es posible que te arrodilles frente a ellos?”.

Aquí Abraham es un iconoclasta, un rompedor de ídolos. El hombre que va contra la corriente. Ese espíritu es el que ha gobernado al pueblo judío durante los cuarenta siglos que sucedieron desde Abraham. Un pueblo que rompe con los ídolos de la época consciente del mensaje que tiene para el mundo. Porque a los peces muertos se los lleva la corriente, sólo los peces vivos pueden nadar en contra de la corriente.

Este Midrash nos hace escuchar el romanticismo de la adolescencia, nos muestra al joven que rompe con su padre, que rompe con todo, con su ideología, con su expectativa. Que hace su propio camino, al diferenciarse por completo de la generación que lo precedió.

Pero las historias que narra el Midrash no se encuentran en la Biblia. Dentro de la Biblia, en el mismo Génesis, existe un breve texto de unos pocos renglones, apenas conocido. Allí nos dicen que Teraj, el padre de Abraham, tomó a sus hijos y a sus nueras, y partió de Ur de los Caldeos hacia la tierra de Canaán. Llegaron hasta Jarán y que allí murió Teraj (Génesis 11:31-32).

Este texto nos abre una nueva posibilidad: la historia de Abraham no comienza con Dios diciéndole que se vaya hacia Canaán . El viaje había comenzado antes, con un camino que no había iniciado Abraham, sino su padre. ¿Porqué están ocultos estos renglones en el capítulo anterior? Porque los grandes libros exigen grandes lectores. Como la vida. Hay que leerla detenidamente. Hay que saber bucear en el ayer, y tener la madurez y la paciencia de interpretarlo mejor al releerlo. El camino a la Tierra Prometida lo había emprendido Teraj. Sólo que el padre no llegó donde quería llegar. Quien finalmente llegó mientras creía que era otro camino, fue el hijo

Hay veces que pensamos y sentimos que nuestros hijos van a cortar y romper con todo, cuando en realidad el camino que eligen está marcado y diseñado por aquello que nosotros como padres hemos trazado. A veces con intención, a veces sin ella. A veces con criterio, otras con estrategia, y tantas sin pensarlo antes siquiera.

Dice Umberto Eco: “Creo que en lo que nos convertimos depende de lo que nuestros padres nos enseñan en momentos extraños, cuando no están tratando de enseñarnos. Estamos formados por pequeños pedazos de sabiduría".

Nosotros como hijos seguramente habremos cortado en su momento algunos sueños, ilusiones o caminos que habrían imaginado nuestros padres. Sea cual sea el lugar que hayan tenido nuestros padres en nosotros, llevamos su camino. Hayan sido generosos o no, amorosos y amables o no, hayan sido sobreprotectores o completamente ausentes, la marca está allí.

Lo importante es saber que no somos producto ni resultado de ninguna historia del ayer, sino que somos lo que hacemos al leer esa historia, al interpretarla. Somos los creadores del Midrash de nuestro pasado. Decidimos desde el libre albedrío qué hacer con ese camino que empezaron nuestros padres y no terminaron, y del que estamos llamados a continuar en nuestra propia senda

Llega un tiempo en el que los hijos vuelven. Especialmente cuando no tienen dónde dejar a sus propios chicos. Y en ese momento descubrimos que la paciencia nos entrega en las manos el más dulce sabor de la revancha. Esa noche en que los dejan te dicen que no los malcríes, que no coman golosinas, y que se acuesten a tal o cual hora. Y uno con una sonrisa en el corazón, cierra la puerta lentamente, y se dice en su interior… “ahora me toca a mí…”. Porque tal como dice ese autor desconocido, los nietos son ese regalo que nos dan desde el cielo por no haber asesinado en su momento a nuestros hijos.

Sólo es cuestión de paciencia. Porque por más que hayan cortado, vuelven. Y al volver se nos abre una ventana de oportunidad. Ellos habrán cortado en su momento para diferenciarse de nosotros, sus padres. Pero llegará ese otro momento en donde sus propios hijos quieran diferenciarse a la vez de sus padres y cortar con ellos. Y según el nivel de inteligencia y estrategia que tengamos, quizá quieran ser tan diferentes a sus papás, que deseen ser como nosotros.

Porque los nietos son la realización de nuestro proyecto. Sólo existe entre ellos y nosotros un pequeño obstáculo llamado “hijo”, que nos dice: “A este chico lo voy a criar yo. Distinto a como lo hiciste vos. Distinto y mejor.” No hay que angustiarse. Sólo sonrían. Y esperen. Tráiganlos a su mesa, a su casa. A su vida. Lentamente podrán verse a los ojos y descubrir que de una u otra forma, caminaban el mismo camino.

Amigos todos, nuestro Jorge Luis Borges relacionó la paternidad con los espejos. Porque ambos multiplican a las personas. Es cierto. Somos sin dudas el reflejo de las historias del ayer. Pero recuerden que también somos el espejo de las historias que van a venir.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.

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