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Regresar a Maiquetía: la tragicomedia de un viaje a Bogotá (Parte II) | Por: Iván Zambrano

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caraotadigital

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Publicado: 11 de enero, 2019 — 15:21 p.m. (hace más de 1 semana)



Imagen referencial

Del sexo venimos y al sexo vamos. Lo dice la Biblia: “polvo eres”.

Me bajó el espíritu de la putería, el frío de Bogotá me puso quesúo. Caminé hacia la cola de los taxis con mirada de modelo Kosiuko, con un tumba´o sabrosón, de malandro de planta baja, masculino pero con “Crazy in Love” de Beyoncé sonando en los audífonos. Es divina esa mariquera, la adrenalina de sentirse sexy en la calle, una hormona que tenía rato sin segregar. En Caracas la idea es pasar bajo perfil o anularte, hacerte invisible entre las ruinas. En la capital más peligrosa del planeta no es sano adivinar quién te mira para enamorarte y quien para joderte (valga la redundancia).

Estuve meses asexual (nivel: matrimonio de 30 años) y apenas crucé la frontera estaba más quesúo que un obrero bisexual. En el aeropuerto de Bogotá me reencontré con el placer de bucear. Vi extranjeros de todos los colores, tamaños y grados de heteroflexibilidad. Solo en la cola para montarme en el taxi me enamoré tres veces: de un árabe batatuo en cholas y con los pies bonitos (soy de esos, Leroy), de un negro que parecía actor de reparto de Game of Thrones y una rusa divina que le hizo brujería a mis ojos, que solo iban en la misma dirección que sus tetas.

Sí. Además de mi fetiche con los pies, también me gustan las tetas. Dios estaba ocioso el día que me creó. Me encantan los senos que dibujan un médano, también los que huelen a la nostalgia por alguien, los perfumados a tía, los que saben a cocada, los anárquicos contra el sostén, los duraznos copa B, los mangos copa C, los que tienen pecas espolvoreadas y también me gustan las tetas con las que te provoca olvidarte de la poesía y clavarles los dientes.

Tranquilos, sigo siendo gay. Mamé teta como hasta los dos años, no la quería soltar. Mi mamá un día se echó mostaza en el pezón y me dijo que era pupú de gallina. Desde ese día sospecho que empezó mi mariquera, pero eso es otro texto que voy a publicar cuando yo tenga una carrera sólida y Shirley Varnagy me entreviste. Ahorita sigo pagando con la tarjeta Todo Ticket. Más adelante, calma.

Extranjeros. Estaba hipnotizado con los colores que descubrí en su pieles. Yo también era parte de ellos. Un turista es ese invitado que se da permiso de descubrir lo que alcancen sus sentidos, de maravillarse genuinamente con los rincones de una ciudad que no te conoce, pero que igual te guarda el secreto. Todo lo que hagas, se queda ahí. No hay nada que perder, ya no tienes a la sombra del miedo siguiéndote.

Como buen homosexual que encuentra wifi público fuera de su país, lo primero que hice mientras esperaba el taxi fue poner “De visita” en mi perfil de Grindr. Reacciones al momento:  “De dónde nos visita, churro”, “¿Veneco? ¿Rol y dotación?”, “¿Quiere que le invite un dulce? estoy detrás de usted” (a este solo le acepté el ponqué de chocolate porque no tenía opción, soy un lambucio).

Tomé el taxi y desde la ventana del copiloto, con la cabeza apoyada al vidrio, medité con todo lo que veía. Estaba tan desacostumbrado a la normalidad, que todo me parecía un lujo. La tiendas que no cierran, los semáforos con autoridad, el oxígeno, la civilización, el ritmo vertiginoso de una ciudad que duerme con los ojos abiertos. Afuera reconfirmas que el mundo siguió girando sin nosotros. Nos quedamos fuera de varios mapas.

El taxi se detuvo en la dirección que tenía anotada en un billete de 2 bolívares. En la esquina me esperaba Priscilla. Nos saludamos primero con la sonrisa cómplice que nos presentó en bachillerato y luego con el abrazo de haberla tenido por años a 1400 kilómetros de distancia. Ella era la buenota de las tres secciones de quinto año del Colegio Dulce Nombre de Jesús de Petare y yo era el nerd que no le cobraba por prestarle la tarea. Casi 15 años de amistad.  En ese entonces nos prometimos comprar un apartamento en Altamira, era la migración que queríamos, la que era de la casa de nuestros padres a nuestro apartamento de solteros. Cambiaron los planes. Ya se saben la historia.

Caí rendido. Me vine a negro. Silencio absoluto. No sentía el cuerpo. Solo el beso del amor verdadero podía despertarme. Era Blancanieves afrodescendiente. Aún con los ojos cerrados, sentí un chasquido en el cachete derecho. ¡El beso del amor verdadero! Era Isabela, la sobrina que me regaló Priscilla, la princesa con la que -a los cinco minutos de conocerla- me inventé historias de dragones y Barbies malandras. La pequeña me fundió el corazón con sus carcajadas traviesas. Me quedé con ganas de pellizcarle un poquito de esa inocencia.

Reconocí placeres microscópicos: bañarte a la hora que quisieras, pegarle un mordisco a una manzana, montarte en una bicicleta y en el trayecto escuchar lo que te dice el viento con su acento extranjero, reconocer la ruta hacia tu destino por los olores de los restaurantes que quedan en el camino. Siempre llega el Duende Pajúo a decirte: “Uy, cada día que pasa, es un día menos para regresar a Venezuela”. Lo callé. Si no piensas, ignoras, y si ignoras eres feliz. Así sea un momento.

Lo primero que hice en el paseo inaugural por la ciudad de Bogotá fue comer en Mc Donald’s (sorry, Burger King, fue solo un capricho para recordar el sabor de las papitas originales). Se me notaron las costuras del gentilicio: le pedí servilletas al cajero. El muchacho que me atendió me miró extrañado. “Caballero, a su derecha hay un dispensador de servilletas. Puede tomar las que desee. También hay una mesa con salsa de tomate, mostaza y pepinillos”. Casi lloro.

Supe que a lo largo del viaje tendría emociones encontradas por esos redescubrimientos cotidianos, las maravillas de ser un ciudadano y no un sobreviviente, esa magia de sentirse turista, de deshinibirse porque todo lo que te rodea desaparecerá. Síndrome del amor de verano. Continué el viaje consciente de que todo lo que viviría en Bogotá, en 15 días sería un hermoso recuerdo.

Caminé y me tropecé con verdades. Por ejemplo: el miedo alarga las distancias. En Caracas el tiempo se dilata cuando te toca recorrer una ciudad que te muestra los dientes en cada esquina. En cambio, estando afuera te das cuenta que los pies también son para eso, para pasear, no solo para acelerar el paso con el sonido de las motos. Al principio dudas de que eso que siente es libertad. Luego lo confirmas y revives.

A ratos reconoces pedazos de tu ciudad en casa ajena. En las calles de Bogotá tuve destellos de hace 15 años de La Castellana, La Candelaria, La Pastora. En el verdor que le hace resistencia al asfalto, respiré el recuerdo de El Ávila, ese inmenso telón verde que se asoma en mis memorias de una ciudad que ya no existe. La montaña persiste. Por cierto, Ecomoda tampoco existe, ni la San Marino. La Peliteñida no estudió esos seis semestres de finanzas. Fue mi única decepción de la ciudad.

Hay tentaciones en las calles sonámbulas de Bogotá. La noche es cómplice de los vicios que entran por la nariz o por la boca. Lo supe cuando iba camino a Theatrón, una discoteca del tamaño de un centro comercial, con 13 ambientes Y aforo para 5000 personas. Travestis, bisexuales de cacería doble vía, lesbianas eufóricas y disfraces de heterosexuales.Theatrón es como un Comic Con de homosexuales: el Maric Con.

Me perdí en ese torbellino de ron, perfume de extranjeros, lentejuelas y tensión sexual. Cuando hay barra libre, cada minuto y cada vaso cuentan para anestesiar la vergüenza. Trago tras trago el reguetón se me iba subiendo por las piernas. Quedé en la línea de fuego de un tiroteo de miradas, ninguna era para mí. De ese enfrentamiento solo salió herida mi autoestima.

La pea explotó y tomó el control de mis pisadas. Mi corazón bombeaba ron, vodka, cerveza y whisky barato. Mi conciencia salió a flote en ese mar de caña. “¡Basta, Iván!”, me dije cuando se atravesó un espejo mentiroso en el que me veía mejor de lo que me sentía. Fui al baño a exorcizarme como las anoréxicas. Mientras esperaba que se desocupara un cubículo, la versión colombiana de Chris Pratt se me puso al lado. Bello el desgraciado. Yo quedé inmóvil, como si se tratara de un Velociraptor en la cocina, esperando que se alejara y me devolviera la calma. Me pasa siempre que tengo gente guapa a un dedo de distancia.

-¿Tienes Pérez?- me soltó con su aliento a cuca. Ya sabemos que no es gay.

-¿Pérez?…¿Perico? No, no.

El semidios se perdió entre los urinarios, en donde es común comprar drogas, según me explicaba luego una de las señoras que limpiaba en la discoteca, la única amiga que hice en la noche. Se llamaba Gloria y era una paradoja: una católica conservadora que desaparece evidencias en la discoteca gay más grande de Latinoamérica. Y que además, tenía una familia con mañas…

-Te puedo llamar a un sobrino que vende todas esas porquerías más baratas- me soltó con su coleto en la mano y en la otra cargaba el cigarro que estábamos compartiendo en la terraza.

-Si me meto algo más esta noche, me manda a buscar San Pedro, señora.

-San Pedro no le va a abrir la reja, porque los maricas no van al cielo- dijo la confianzuda medio en serio, medio en broma.

-San Pedro no me va a dejar esperando en recepción, querida. No invoques la ira de un marica.

Le dejé el último jalón y la promesa de que la invitaría un día a Choroní. Nos sonreímos sabiendo que era mentira.

A las 4:30 am salí de Theatron. La calle era una escena de The Walking Dead: Edición Rumba LGBTI. Ningún zombie me mordió tampoco. Ni medio beso. Me fui a la casa con el litro de chicha intacto. Me desplomé en la cama. Creo que estuve muerto cinco minutos. Reviví. Al día siguiente desayuné Red Bull. En la noche ya estaba activado otra vez. “No pierdas tiempo, que ya mañana te regresas”.  El Duende Pajúo lo volvió a hacer.

“Bienvenidos pasajeros del vuelo 6578 con destino a la ciudad de Caracas”

Nunca he sido nacionalista. Pero, sorpresivamente, no regresé a Venezuela mentando madre. Vine con una fiebre increíble crear, de creer, de ver en qué proyectos me meto para que el país vuelva a aparecer en el mapa.

Si saben de algo, me avisan.

¿Nos inventamos una vaina?

Quiero que reconozcamos nuestros talentos, que los digamos en voz alta para que nuestros vecinos los sepan, a ese nivel se hace país. Esta es una nación de náufragos que pueden tender puentes entre sus islas.

Empiezo yo:

Soy Iván Zambrano. Hago periodismo y stand up (y todavía la gente me toma en serio).

¿Tú?

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