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Clase alta, clase media

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Publicado: 17 de octubre, 2019 — 22:31 p.m. (hace más de 3 semanas)

El problema mayor de la película, que es entretenida, está en el hecho de que nunca acaban de converger forma y fondo

Aura Garrido y Maribel Verdú, en 'El asesino de los caprichos'.

Hace 25 años fueron legión. Hasta el hartazgo. Pero se pasó la moda y ahora, cuando surge alguna película comercial protagonizada por un asesino en serie metódico e imaginativo, fantasmagórico y artístico, casi se convierte en una anomalía. Como El asesino de los caprichos, nuevo trabajo como director del también productor Gerardo Herrero, escrito por la experimentada guionista de televisión Ángela Armero, en su segundo acercamiento al largometraje cinematográfico. Lo retro, a veces, puede resultar incluso novedoso.

EL ASESINO DE LOS CAPRICHOS

Dirección: Gerardo Herrero.

Intérpretes: Maribel Verdú, Aura Garrido, Roberto Álamo, Daniel Grao.

Género: thriller. España, 2019.

Duración: 100 minutos.

A esa primera particularidad, El asesino de los caprichos, relato sobre un criminal que mata a sus víctimas reproduciendo diversos grabados de la serie Los caprichos, de Goya, como una suerte de tableau vivant, une también una segunda singularidad: se trata de una de esas obras conceptuadas como de clase media dentro del cine español (y según los productores, en vías de extinción), con aspiraciones comerciales pero lejos de la maquinaria publicitaria de las televisiones, y aún más distantes del cine de autor de corte artístico y de vanguardia.

El guion de Armero aporta además una esencialidad que, partiendo de la innovadora Mataharis , donde sus personajes principales eran mujeres detectives privadas, se lleva hasta una nueva dimensión. Aquí las protagonistas son sendas mujeres policías que, sin embargo, viven la cuestión de género de un modo bien distinto: una desde la alergia a la familia, al amor y a las convenciones sociales; la otra, como madre y esposa. Así, desde una perspectiva superficial podría pensarse que el rol de Maribel Verdú es el de una mujer policía con comportamientos habitualmente asociados al hombre: bebedora, fumadora empedernida, grosera, cínica, de torturado pasado e incluso violenta. Pero lo que es muy posible que quieran decir Armero y Herrero, y esto es mucho mejor, es que simplemente existen féminas con estas características personales. Y punto.

El problema mayor de la película, en cambio, está en el hecho de que nunca acaban de converger forma y fondo. Se supone que hay una simbólica correlación entre los asesinatos de personas de la actual alta sociedad madrileña y el contexto político y social en el que Goya compuso sus Caprichos, satíricos respecto del comportamiento moral de sus congéneres. Pero esa analogía, por mucho que se verbalice varias veces, no acaba de observarse con los modos de representación del director, que en sus inicios llegó a facturar un ejemplar thriller psicológico de corte comercial, Desvío al paraíso (1994), y tampoco con lo que realmente muestran sus imágenes. Algo que sí conseguía, precisamente, una obra producida por Herrero: Que Dios nos perdone.

La película es entretenida, tiene ritmo y hay apuntes de interés pero, junto a una cierta desigualdad en las actuaciones de los intérpretes de reparto (no de los principales y secundarios, todos sólidos), se queda un tanto a mitad de camino: por lo ya argumentado, por el excesivo recurso al estereotipo secuencial y por lo predecible de la trama principal. Así que está por ver si su doble distinción, la de su singularidad actual dentro de un subgénero apenas practicado, y la de su condición de producción de clase media, logra sacarla de la categoría de digna medianía.

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