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Elogio de la rutina: Rutinizarse menos y estimular más la creatividad

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Publicado: 18 de octubre, 2019 — 15:47 p.m. (hace 1 mes)



La vida puede parecernos muy aburrida si abusamos de ciertos hábitos y rituales. El doctor en psicología Marcelo R. Ceberio nos habla sobre ello y nos explica las claves para librarnos de esa sensación de monotonía.

La rutina es tanto un organizador como un ordenador de nuestra vida. Sin embargo, el abuso de hábitos y rituales hacen que esta se vuelva monótona y sin color.

Hace falta estimular la creatividad para crear una ecuación equilibrada entre rutina y creación. Esta parece ser la fórmula para activar nuestra neuroplasticidad cerebral y tener una vida más saludable.

¿Rutinizarse?

Rutina, tal cual lo designa el diccionario de la Real Academia, deriva del francés routine y se define como ‘una costumbre o hábito que se adquiere a partir de la repetición numerosa de una misma actividad o tarea’. Así, el desarrollo de una determinada rutina lleva a que se sistematice una acción o una serie de acciones en el tiempo de forma automática, lo que implica que se realice sin mediar el razonamiento o la consciencia de la acción.

La vida de todos los seres humanos se encuentra absolutamente rutinizada. De hecho, los desarrollos de programas de cualquier tipo operan como organizadores de pasos a seguir y con ello se estructuran determinadas rutinas en pos de cumplir objetivos. Esto se observa en los programas de dietas para adelgazar, las rutinas sistematizadas de los gimnasios para realizar musculación, los planes de entrenamiento de running o los programas terapéuticos para adictos o alcohólicos.

Un programa determina básicamente lo que se puede y lo que no, además de poseer y señalar una serie de fronteras: las acciones a seguir, la secuencia, las metas mínimas, los objetivos finales, el contexto en el que se desarrollan las acciones, los participantes o el tiempo, entre tantas variables.

El ejercicio reiterado de un programa se sistematiza en la vida de una persona y formará parte de su rutina cotidiana, si es que debe aplicarse todos los días.

Una de las áreas en las que la rutina se visualiza con mayor alevosía es en el área laboral. En ciertas maquinarias de producción en serie manejadas por hombres y mujeres, la rutina está compuesta por una serie de movimientos automáticos en los que se pierde la consciencia. No obstante, este tipo de acciones estereotipadas tiene su riesgo, fundamentalmente en aquellas maquinarias que cortan, retuercen, aprietan y, ante cualquier distracción, pueden ocasionar el daño hacia quien ejecuta el movimiento.

Los automatismos rutinarios conllevan la pérdida de atención y la somnolencia. Tengamos en cuenta que el cerebro no acumula glucosa, pero la consume en un 25% del gasto del organismo. Es factible que, después de hora y media o dos horas, se pierda ese combustible y se puedan tener síntomas de hipoglucemia, como pérdida de control, atención, sueño, distracciones, entre otros síntomas. ¡Y ahí se corre mucho riesgo!

También la vida cotidiana está compuesta por un encadenamiento de rutinas que nos organizan. Cada día, millones de personas se levantan a una hora determinada (teniendo en cuenta que esa hora está en relación al ingreso de la jornada laboral), se duchan, lavan los dientes, organizan la ropa, desayunan (y qué desayunan), viajan hacia el trabajo (a pie, en tren, autobús, moto, bicicleta, automóvil), y por fin llegan al trabajo.

Sobre esta plantilla básica rutinaria, existen una serie de rituales que la colorean: me sirvo otro café que compro en el Starbucks de la esquina del trabajo, me paso el hilo interdental después de desayunar cereales, uso cierto perfume según el día, etc.

El ritualismo de la rutina

El ritualismo forma una parte importante de la rutina. Los rituales, como la rutina en general, son ordenadores. Ahora bien, no hablo del ritualismo cabalero, basado en el pensamiento mágico, de repetir alguna acción para que el resultado sea el deseado o del tipo como la misma comida cuando juega mi equipo favorito, porque siempre gana cuando lo hago.

Tampoco hablo del ritualismo patológico del trastorno obsesivo compulsivo, en el que se camina siempre por las mismas baldosas de una vereda o se lavan las manos 18 veces exactas. Todos esos rituales son rumiantes, desgastantes y poco tiene que ver con el orden y la rutina.

Los rituales saludables

Hay rituales saludables que forman parte de la rutina general de una persona. Por ejemplo, practicar deporte una serie de días a una hora determinada durante la semana, tomarse una tarde libre para cortar el trabajo de la semana o dejarse la mañana de un miércoles para leer en nuestro bar preferido.

Algunos de estos rituales saludables son impartidos en la psicoterapia como una prescripción de tareas. Se intenta insertar en la persona un hábito que lo desestrese, lo conecte con la salud y con una actividad que le produzca placer.

Si ese ritual se logra sistematizar como hábito, se ha producido un pequeño cambio en la persona; cambio que producirá por efecto dominó, otros cambios o una modificación mayor. Hábitos y rituales, entonces, son los soldados que se encuadran en la rutina.

Sin embargo, cabe decir que la rutina no tiene buena prensa. Ha sido uno de los estados del hombre mas vapuleado, criticado y descalificado históricamente. Es asociada normalmente con rigidez, abulia, tedio, más de lo mismo, aburrimiento.

Lo rutinario suele ser considerado como el contrario a la creatividad, razón por la cual las vacaciones se constituyen en el período para dejar la rutina de lado y proyectarse en actividades que, por las obligaciones laborales o deberes de cualquier tipo en el año, no pueden realizarse.

La rutinización es el abuso de la rutina. Es decir, la rutina es un gran valor de la vida de los seres humanos. Nos permite abreviar tiempos, sistematizar acciones, no gastar energía en pensamientos que ya se han demostrado que su efectividad es por una vía determinada.

La rutina nos indica que no hace falta inventar sobre algo. Si algo funciona, y funciona bien con una rutina, ¡no intentemos mejorarla! A veces, intentamos mejorar o modificar algo que va perfectamente bien. Es un mecanismo que proporciona seguridad, puesto que reduce las sorpresas e imprevistos.

El problema es que cuando una persona se rutiniza, sistematiza su vida de tal manera que aborta la creatividad. La ritualización y sistematización de los hábitos en extremo vuelven una existencia aburrida, monótona, descolorida.

Entonces no es a la rutina a la que hay que criticar, sino a la rutina de la rutina. Esto es lo que llamo rutinizarse, actitud que mutila la creatividad y malogra el tiempo libre, y puede llevar -como se observan en las estadísticas de las grandes urbes- a depresión, estrés y suicidios.

Sugiero que seamos conscientes de ese límite entre la buena rutina y el abuso. Romper con ciertos hábitos puede incrementar la creatividad. Alterar ciertos pasos elimina la rigidez e idear nuevos programas o incursionar en tópicos fuera de planes, también alienta a desrutinizarse.

El abuso de la rutina perpetúa siempre los mismos recorridos de redes neuroplásticas. Activarlas implica crear, tener nuevas ideas que constituyan nuevos caminos alternativos a esas redes: cuando rompemos con el abuso rutinario, creamos nuevos senderos que favorecen la creatividad y, por supuesto, la buena vida.

Con información de Mejor con Salud

EB

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