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De Trump a Bolsonaro: el fin de las democracias liberales

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Publicado: 20 de abril, 2019 — 5:33 a.m. (hace 1 mes)

Ante la falta de respuesta de los gobiernos a las demandas de los ciudadanos, en los últimos años se multiplicaron los líderes que, llegados al poder mediante el voto popular, proponen el divorcio de las instituciones del liberalismo que, aseguran, han vaciado de contenido las democracias occidentales. Por Nadia Nasanovsky.

"La era de la democracia liberal ha terminado. Necesitamos afirmar que una democracia no es necesariamente liberal. Aun sin ser liberal, puede ser una democracia". Estas palabras fueron expresadas, durante la ceremonia de su investidura en 2016, por el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, uno de los principales exponentes de una generación de líderes conservadores y nacionalistas que sostienen que el liberalismo y el multiculturalismo debilitan a las sociedades.

Aunque no todos ellos se expresen con tanta contundencia, sí comparten el diagnóstico y, sobre todo, coinciden en señalar a la democracia liberal –a sus líderes e instituciones– como la culpable de que los gobiernos no hayan dado respuesta a desafíos urgentes, como la inmigración y la crisis económica. Conforman lo que William A. Galston, investigador del Brooking Institution y autor del libro Anti-Pluralismo: la amenaza populista a la democracia liberal, define en un artículo publicado en abril de 2018 como "el ataque más peligroso" para las democracias liberales: el que proviene desde su propio seno, de los políticos populistas que buscan abrir una brecha entre la democracia y el liberalismo.

"Viktor Orbán promueve abiertamente las democracias iliberales, pero también encontramos características de estas en los gobiernos de EE. UU., Rusia, China, India, Brasil, Israel, Turquía, entre muchos otros. Es, en definitiva, un fenómeno global", explica a DEF Francisco de Santibañes, investigador y miembro del CARI, quien trabaja en estos momentos en un libro sobre el tema (La Rebelión de las naciones: crisis del liberalismo y auge del conservadurismo popular).



Brasil y Estados Unidos exponentes de gobiernos con características iliberales. Foto: Archivo DEF.

La crisis de la democracia liberal, para Santibañes, se evidencia "en el simple hecho de que quedan muy pocos países importantes con líderes que defienden abiertamente los valores, las instituciones y un orden del mundo asociado con el liberalismo" e incluso los pocos que lo hacen, como Justin Trudeau en Canadá y Emmanuel Macron en Francia atraviesan profundas crisis. Mientras tanto, en la vereda de enfrente, destaca el académico, la lista de nombres va en aumento, con líderes, como Tayyip Erdogan en Turquía, Xi Jinping en China, Benjamin Netanyahu en Israel y Donald Trump en EE. UU.

El especialista define a estos líderes como "conservadores y nacionalistas", y asegura que promueven una vuelta a valores tradicionales y a la religión, pero que, a diferencia de los conservadores del pasado, reniegan de las élites porque creen que las clases dirigentes de las democracias liberales no han sabido o no han querido representar los valores y los intereses de sus pueblos. "Lo notable de lo que está ocurriendo en el mundo es que los nuevos gobiernos iliberales son conservadores, no socialistas", destaca.

Estos líderes son ‘conservadores y nacionalistas’, promueven una vuelta a valores tradicionales y a la religión, pero a diferencia de los conservadores del pasado, reniegan de las élites.

La oposición a la inmigración "irrestricta" y la crítica a la versión más ambiciosa de la globalización económica son sus principales banderas, según Santibañes. "Los gobiernos que pueden definirse como conservadores populares ya representan a más de la mitad de la población mundial, incluyendo a los gobiernos de las dos grandes potencias, China y EE. UU., y de potencias regionales, como India, Brasil, Turquía y Rusia", señala.

En política internacional, Santibañes explica que la visión de estos líderes tiende a ser realista y detalla: "Desconfían de los organismos internacionales que, para su buen funcionamiento, necesitan que los estados le cedan soberanía, como es el caso de la OMC, la ONU o la Unión Europea. Como el G20 no demanda ceder soberanía, no lo ven como un peligro y es de esperar que, en los próximos años, gane protagonismo, mientras las instituciones tradicionales lo pierden".



Las preferencias de los votantes se vuelven cada vez más iliberales,y están cada menos abiertos a tolerar los derechos de las minorías étnicas y religiosas. Foto: Archivo DEF.

El académico también señala el fin del intervencionismo liberal, necesario para mantener y expandir el orden liberal como consecuencia del auge de las democracias iliberales. "Por un lado, existe un enfrentamiento estratégico entre EE. UU. y China que deja menos margen para que Washington tome decisiones por motivos distintos a la defensa de la seguridad nacional. Por otro lado, el enorme costo que han tenido las intervenciones militares de EE. UU. durante el siglo XXI ha generado un creciente rechazo de la población a este tipo de operaciones. La elección de Trump fue posible, en parte, debido a este fenómeno", señala.

Galston afirma que este fenómeno en ascenso no se trata de una amenaza a la democracia en sí misma, sino a su variante dominante, la democracia liberal, entendida como aquella en donde prima el principio de igualdad entre los ciudadanos y de gobierno de la mayoría, pero con las limitaciones propias del constitucionalismo liberal, para la protección de los derechos individuales y de las minorías y las instituciones diseñadas para limitar el poder de las mayorías (tribunales, prensa libre, bancos centrales, etc).

Alternativas a la desilusión

Los líderes de la democracia iliberal la presentan como la alternativa para recuperar la verdadera democracia frente a un liberalismo que, según sostienen, ha olvidado la importancia del gobierno de las mayorías en los países occidentales. Denuncian también la acumulación de poder por parte de sectores como el financiero, que se mueven con independencia de las instituciones estatales; y la actuación de los bancos centrales, manejados por tecnócratas sin un verdadero control de las mayorías. Señalan a la Unión Europea como el mayor ejemplo de esto y critican que allí las decisiones se toman muy lejos de los ciudadanos.

"Por un lado, las preferencias de la gente se vuelven cada vez más illiberales: los votantes se impacientan con las instituciones independientes y están cada vez menos abiertos a tolerar los derechos de minorías étnicas y religiosas. Por otro lado, las élites toman el control de los sistemas políticos y los vuelven cada vez menos receptivos: los poderosos están cada vez menos dispuestos a ceder a las perspectivas de la gente. Como resultado, liberalismo y democracia, los dos elementos centrales de nuestro sistema político, están empezando a entrar en conflicto", sostiene Yascha Mounk, profesor de Teoría Política en Harvard, en su libro El pueblo contra la democracia.

Mientras los puntos de vista de la gente se vuelven iliberales y las preferencias de las élites se vuelven no democráticas, liberalismo y democracia comienzan a chocar.

Santibañes señala que, en términos teóricos e históricos, democracia y liberalismo no siempre van de la mano. "La democracia es el gobierno del pueblo, mientras que el liberalismo es una filosofía que promueve la libertad y la igualdad de los individuos. De hecho, en ciertos períodos históricos, los liberales desconfiaron de las democracias. La aparición de la democracia liberal es un fenómeno relativamente reciente", explica en diálogo con DEF.



Los simpatizantes de esta postura promueven una vuelta a los valores tradicionales y a la religión. Foto: Archivo DEF.

Con la caída del Muro de Berlín, con "El fin de la historia" de Francis Fukuyama, la democracia liberal occidental se erigía como la ganadora indiscutida. Con el fin del comunismo soviético, no se veían alternativas que pudieran cuestionarla seriamente, y su universalización parecía ser solo una cuestión de tiempo.

Hoy, en cambio, se han esfumado las certezas sobre la fortaleza de este tipo de sistema de gobierno. "Hace un cuarto de siglo, la mayoría de los ciudadanos de las democracias liberales estaban muy satisfechos con sus gobiernos y les daban un alto nivel de aprobación a sus instituciones; ahora, están más desilusionados que nunca", asegura Mounk. La pérdida de valor de la democracia liberal en la ciudadanía deja abierta la puerta a alternativas autoritarias.

La pérdida de valor de la democracia liberal en la ciudadanía deja abierta la puerta a alternativas autoritarias.

Para Santibañes, la frustración generalizada de la población, en EE. UU. y en Europa, se explica en parte por la destrucción de los empleos tradicionales (relacionada con la automatización, principalmente), y su reemplazo por empleos de menor calidad. En el mundo emergente, en tanto, el académico encuentra las causas en el desplazamiento masivo de población del campo a las ciudades, en especial en China y también en India. "En este proceso, los individuos dejan atrás a sus familias y comunidades. El nacionalismo surge entonces como una forma de recobrar identidad", detalla.

Según el último informe del Índice de Democracia elaborado anualmente por The Economist Intelligence Unit, solo un 4,5 % de la población mundial vivía en 2018 bajo "democracias plenas", entendidas como aquellas en donde se respeta el proceso electoral y hay garantías de pluralismo, libertades civiles y participación política, entre otras características propias del constitucionalismo liberal. Además, esa cifra marca una tendencia decreciente, ya que en la medición de 2017, el valor era del 5 % del total de la población del planeta.

Donald Trump junto a víktor Orbán, quien afirmó durante la ceremonia de su investidura que la Era de la democracia liberal ha terminado. Foto: Archivo DEF.

Pero ¿está todo perdido para el liberalismo? "El éxito del liberalismo va a depender en gran medida de la autocrítica que se haga", sentencia Santibañes. "Muchas veces las élites liberales se han encerrado en sí mismas, y han adoptado una agenda que les era sumamente conveniente (liberal en lo económico y progresista en lo social) pero que ignoraba los serios problemas que enfrentaban sectores importantes de sus sociedades, como la pérdidade ingresos y el debilitamiento de las familias y la vida comunitaria", añade.

En palabras de Mounk, el mundo occidental atraviesa una era de "auge de democracias iliberales –o democracias sin derechos–", que, de la mano de gobiernos populistas, surge como respuesta a otro fenómeno, el del "liberalismo no democrático –derechos sin democracia–". La pregunta, para el autor, es si este "momento populista" se convertirá en una "era populista" y pondrá así en duda la supervivencia de la democracia liberal.

*La versión original de esta nota será publicada en la Revista DEF N. 126.

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