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Hasta la virtud entró en crisis

Por:

efectococuyo

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Publicado: 23 de marzo, 2019 — 9:51 a.m. (hace más de 4 semanas)



(In memorian a mi padre, José Miguel Monagas)

Para los griegos, el concepto de virtud  precedía y presidía buena parte de cuanto hecho personal caracterizaba la vida en términos de la actitud mostrada. Su importancia, era capital. Más, porque la ética y la moralidad engalanaban tan significativo concepto. Sin embargo, en el ínterin del desarrollo de los pueblos, su acepción comenzó a modificarse. Sobre todo, al momento de cuestionarse qué tanto motivaba la actitud del hombre en medio de circunstancias críticas, comprometedoras o apremiantes.

Desde la perspectiva etimológica , se proyectan ciertas oclusiones, pues no hay exacta coincidencia entre la condición a la cual los griegos remitían al hecho de ser excelente en algún ámbito de la vida, y el término convertido a la actualidad. No obstante, la dinámica social, cultural y cognitiva del ser humano, de la cual la historia es su mejor confidente, ha sabido dar cuenta de cómo la virtud, entendida como estado de excelencia , ha adolecido interpretaciones que en la praxis, algunas, poco se conduelen de las implicaciones que en principio, dieron sentido y valor a dicho concepto.

Cabe referir la acepción que el DRAE le asigna al término en cuestión. Al respecto señala varias, y que entre otras, se tienen estas. Por ejemplo, “fuerza, vigor o valor ”. O “poder o potestad de obrar”. También, “integridad de ánimo y bondad de vida” Igual exalta que es la “disposición constante del alma para las acciones conformes a la ley moral”. Asimismo, explica que es “acción virtuosa o recto modo de proceder”.

Plantearse los propósitos de la ética y la moral como vía para alcanzar un mejor modo de razonarla, pudieran despejar el camino cuyo recorrido haría expedito comprenderla. De ahí que luce inminente idear la medida de la virtud, como la medida de la excelencia. Pero eso es posible entenderlo, si acaso la razón ayuda a potenciar la capacidad para contestarse la pregunta: ¿cuál es el fin del hombre en la vida?

Por ahí, el concepto de virtud pareciera convertirse en un duro enigma que lejos de abrirse paso entre los avatares que dificultan responderse ¿qué debe hacer el hombre para alcanzar su excelencia, o para ser una buena persona?, complica cualquier posibilidad  de despejar la incógnita que traba tan complicada ecuación.

José Miguel Monagas, ahondó repetidas veces en estudiar tan enredado problema. Su condición de hombre íntegro, pudo ser la razón que apremió dicha necesidad. Tanto insistió en despejar la incógnita que ofuscó a muchos, que logró resolverla. Por eso, vivió de acuerdo con sus facultades más ennoblecidas. Por consiguiente, José Miguel no se dejó tentar por el estéril efecto de teorizar sobre otras teorías que analizaban el problema. Emprendió un recorrido por la filosofía de vida, lo cual le permitió teorizar sobre las realidades que suscribieron sus actitudes y responsabilidades como maestro, padre y amigo.

Logró concienciar que una teoría de la virtud es una teoría que bien manifiesta cómo hay que vivir o cómo hay que ser de manera de orientar la vida éticamente atendiendo los rasgos propios de la personalidad moral. De ahí bien reconoció la importancia de la educación como camino para hacerse de la virtud que mejor exprese su capacidad y potencialidad para conciliar vida, esperanza y fe. Pues en verdad nadie nace siendo virtuoso. La virtud se cultiva, cual jardinero a su jardín.

Así que, humilde ante lo azaroso de los hechos, pero siempre atento y estudioso al desarrollo en la fronteras de la educación y de la educación en sus fronteras particulares, José Miguel Monagas, ofrendó su vida primeramente a desentrañar el concepto de virtud del amasijo de rarezas y complicaciones que van acumulándose con el discurrir de tiempos confusos. Tanto, como distorsionando razones que finalmente sirven de excusa para arrollar todo factor que provenga de la cultura, la socialización y la educación.

Posteriormente, se dio a la eximia tarea de enseñar con su ejemplo. Fue así como, situado en la sencillez y la humidad, no le resultó espinoso hacer ver que la idea de una vida virtuosa compromete la integridad y la coherencia, la probidad y la autenticidad, como condiciones de vida. De ahí su permanente entusiasmo en hacer que la educación indujera en el venezolano una elevada conciencia ética capaz de procurarle “(…) la fortaleza espiritual necesaria para enfrentar y no transigir frente al erosionado cuadro de descomposición moral que se ha apoderado peligrosamente del país”.

La gran virtud de José Miguel

Por eso pregonaba “coherencia en la posición ante la vida y las ejecutorias (…) Diafanidad en la vida. Transparencia en el pensar, el sentir, el querer y el hacer”. Su verbo siempre lo dirigió hacia la educación y al maestro. Así escribió: “un maestro es un mensaje. En él, su esencia se halla en el sentimiento y la idea. Amor a la libertad, a la justicia y al saber”

José Miguel, no feneció hace 32 años. Su pensamiento fijó criterios y postulados que plasmó en una obra escrita que ha trascendido límites institucionales y profesionales. Cada vez que la actitud del maestro exalta la educación en el aula de clase o en los laboratorios de la vida, resurge un tanto su ideario volcado en orientaciones que asientan la virtud como el estado de hacer o de actuar en comunión con paradigmas que dignifican la verdad, la constancia y la rectitud. Y todos aquellas virtudes que, como valores morales al fin, entiendan su compromiso de excelsitud y excelencia como atributo de vida.

Pues aunque las circunstancias puedan hablar de la virtud como un concepto anacrónico, siempre las sociedades necesitarán de hombres virtuosos capaces de abordar la complejidad de procesos sociales creativos. Asimismo, requerirán del hombre de acción en su lucha por incentivar virtudes públicas como palancas del desarrollo económico y social. Pero, por encima de tantas razones, la tenacidad será siempre el aliciente capaz de lograr tan magnánimo estado de excelencia. Tal y como lo señaló José Miguel Monagas, mi padre. Así lo vislumbró, indistintamente de saber y reconocer los problemas que se fomentan y explotan en medio de contingencias carentes de virtudes. Más, al dar cuenta que hasta la virtud entró en crisis .

Foto: tiposdecosas.com

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