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El museo que definió el arte del siglo XX entra en el XXI

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elpais

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Publicado: 10 de octubre, 2019 — 23:47 p.m. (hace más de 1 semana)

El próximo 21 de octubre se abrirá al público la remodelación del MoMA neoyorquino, que amplía sus espacios un 30% para dar cabida a una mayor cantidad de obras, más diversas y globales

Las señoritas de Aviñón miran de reojo, en la medida en que se lo permite su estrabismo protocubista, a los nuevos compañeros de habitación que les ha deparado la última remodelación del MoMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, que abre sus puertas al público el próximo 21 de octubre.

Las cinco prostitutas del barrio Gótico barcelonés conviven ahora con una docena de individuos, negros y blancos, salpicados de sangre, en pleno alboroto de los disturbios raciales que marcaron Estados Unidos en los sesenta. Aunque les separen más de medio siglo y el ancho del océano Atlántico, quizá se vean reflejadas en sus rostros descolocados y su disposición les recuerde, con razón, a sus hermanos pequeños del Guernica , con quienes compartieron también sala antes de que se mudaran al Reina Sofía de Madrid.

'Las señoritas de Aviñón', de Pablo Picasso. MoMA

Sucede que Faith Ringgold, artista afroamericana de Harlem, pintó su cuadro Die (1967) después de múltiples visitas a este mismo museo, a contemplar las dos obras maestras de Picasso, el Guernica y las Las señoritas de Aviñón , lienzo con el que el genio malagueño abrió en 1907 las puertas a la vanguardia.

Si no le gusta la irreverente yuxtaposición, o si considera que el nuevo cuadro eclipsa los otros picassos que (todavía) custodian a las señoritas, ilustrando la evolución lógica hacia el cubismo, espere unos meses. Cambiará. El nuevo museo gana un 30% de espacio expositivo y eso, además de mitigar las aglomeraciones, permitirá exhibir más obras (de 1.500 se pasa a 2.400). Pero, aun así, las galerías rotarán periódicamente –sin condenar nunca a las obras maestras– para dar salida a las nuevas adquisiciones que diversifican y globalizan unos apabullantes fondos que superan ya las 200.000 piezas.

La obra 'Die' (1967)', de Faith Ringold. MoMa

“Esto es producto de haber repensado el museo a lo largo de las décadas”, explica Glenn Lowry, director desde mediados de los noventa. “Ya desde que Alfred Barr director entre 1929 y 1943] lo imaginó en los años 30, pensó en un laboratorio que debía evolucionar con la propia historia del arte. Pero el museo no solo evoluciona, sino que se cuestiona a sí mismo constantemente. Nos preguntamos siempre qué hacemos y cómo lo hacemos. Al poco de llegar comprendí que la idea de contar la historia del arte como si se supiera el final debía ser reconsiderada totalmente. Es un debate constante y está bien no tener respuestas, porque lo importante son las preguntas”.

Quienes frecuentan los museos llevan tiempo acostumbrados a los saltos temporales y geográficos. Hace ya años que dejaron de contar la historia del arte moderno como una secuencia lineal de palabras terminadas en "ismo". Hoy es una narrativa tejida con múltiples fibras de las que el visitante puede tirar a su gusto, mezclando épocas, geografías, estilos o técnicas, y conectando temáticas, lenguajes, experiencias o discursos.

Maqueta de la nueva expansión del MoMa. MoMa

La disposición cronológica no se ha eliminado del todo en el nuevo MoMA, pero abundan los quiebros sutiles. En la segunda planta, que acoge piezas desde los años 70, las agrupaciones temáticas son osadas: Construyendo ciudadanos, Imágenes públicas, Espacio interior y exterior . El desafío es adaptar al siglo XXI la institución que marcó el canon del arte del siglo XX. Y esta renovación aporta algunas claves. Es más diversa. Más global. Más flexible. Más grande.

Casi al tiempo que se inauguraba su última gran expansión, la del arquitecto Yoshio Taniguchi en 2004, el MoMA empezó a pensar en la siguiente. El mercado del arte se volvía loco. Las galerías adoptaban las dimensiones de museos y transformaban el mapa del arte contemporáneo neoyorquino. El museo alcanzaría enseguida los dos millones de visitantes anuales, el doble que en los años 70, y llegaría hasta los tres millones para 2010. Las quejas sobre la masificación, que la intervención de Taniguchi no resolvió, eran recurrentes.

Diseño de la fachada exterior de la ampliación del MoMA. MoMA

Dentro del museo, esos primeros años del siglo coincidieron con un relevo generacional en el equipo de media docena de jefes de departamento. Los nuevos responsables buscaban ampliar el foco, trascender el centro de gravedad europeo y estadounidense, y contar una historia más global, más desconocida y más plural. “Son profesionales para los que la interdisciplinariedad es lo natural”, explica Lowry.

Arquitectónicamente, la expansión del MoMA ha sido constante desde que en 1939 abriera sus puertas en esta misma dirección, 11 West 53 Street, en lo que entonces era un antiguo palazzo donde nació el propio David Rockefeller, hijo de Abby Aldrich Rockefeller, cofundadora del museo. Su expansión in situ cuenta una historia de la fiebre inmobiliaria de Manhattan. El MoMA ha unido propiedades, levantado rascacielos y derribado edificios, en un desfile de arquitectos que van de Philip Johnson (en los años 50 y 60) Cesar Pelli (en los 80) a Yoshio Taniguchi (2004), Jean Nouvel (2018) y, ahora, Diller Scofidio + Renfro (responsables en esta misma ciudad de la remodelación del Lincoln Center y contribuidores al celebrado paseo elevado High Line) en colaboración con la firma Gensler.

Sección de la ampliación del museo. MoMa

“Vivimos en Nueva York, somos los que venimos a ver las exposiciones, conocemos la extraña lógica de estos edificios. Por eso ha sido un proyecto tan personal para nosotros”, explica la arquitecta Liz Diller. “Queríamos que la conexión al Midtown de Manhattan fuera vibrante y explícita. Eliminar ese interfaz de autoridad entre la institución y la ciudad”.

El nuevo MoMA es, pues, más abierto. También más transparente, gracias a hallazgos como una bellísima escalera que atraviesa como un nervio las plantas sin tocar las paredes, ante una fachada de cristal que da a una pequeña plaza y, al fondo, a los rascacielos. “Un bonito punto para detenerse y descansar en medio del recorrido”, apunta Diller.

El museo ya es inabarcable en una sola visita. Habrá un circuito fácil para los visitantes que quieran ver solo las grandes obras maestras. Pero quizá no se trate de eso, sino de perderse entre los inesperados vectores que atraviesan las salas. Ya solo el laberíntico plano de bolsillo, de siete páginas, es abrumador. Sumado a las rotaciones y las agrupaciones inesperadas, probablemente serán los millennials, acostumbrados a navegar por stories de Instagram, y no los visitantes conservadores, los más capaces de digerirlo. Pero los museos ya no son lo que eran. Como tampoco abundan ya los burdeles en la calle de Aviñón.

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