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Opinión

Gustavo Coronel: Una inyección colectiva de honestidad

Por:

noticierodigital

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Publicado: 12 de febrero, 2019 — 10:53 a.m. (hace más de 2 meses)



Por 20 años Venezuela ha estado sometida a un régimen de terror caracterizado por la deshonestidad. ¿Cómo se ha manifestado esa honestidad? En promesas hechas al pueblo que fueron incumplidas, no por imposibilidad de cumplirlas sino por falta de honestidad para hacerlo.

Ejemplo 1 : Chávez prometió terminar con la pobreza. Cuando después de doce años tuvo que abandonar el poder por fallecimiento (porque si no hubiera fallecido todavía estaría allí), los venezolanos eran más pobres que antes, a pesar de un ingreso nacional durante esa etapa de más de un millón de millones de dólares. ¿Era imposible cumplir con esa promesa? No. El incumplimiento fue debido a que las prioridades de Chávez no incluían la eliminación de la pobreza sino la consolidación de su poder. En sus momentos de candor él y sus colaboradores siempre admitieron que la superación de la pobreza era incompatible con la consolidación de su poder, porque un país liberado de la pobreza no los seguiría escuchando. El incumplimiento de la promesa de eliminación de la pobreza fue un producto de su deshonestidad.

Ejemplo 2 : Chávez y sus cómplices a lo Ramírez Carreño hablaron de una empresa petrolera de naturaleza “social”, de una nueva y mejor nacionalización del petróleo y de una soberanía petrolera, para remplazar lo que ellos llamaban la entrega de la industria petrolera venezolana al capital internacional por parte de los gobiernos anteriores. Desde que comenzaron a actuar bajo ese lineamiento la industria petrolera venezolana se vino a pique, perdiendo casi dos millones de barriles diarios de producción, con Pdvsa sujeta a un saqueo ya muy bien documentado por parte de una pandilla de malhechores, llevando a la industria petrolera nacional a la ruina y convirtiendo a Pdvsa en el hazmerreír de la comunidad petrolera internacional. ¿Es que era imposible actuar de otra manera? Por supuesto que no. Hubieran podido actuar honestamente pero prefirieron utilizar el ingreso petrolero para engordar a sus seguidores, aumentando la nómina de Pdvsa de 40.000 a 150.000 empleados, dando contratos fraudulentos a sus familiares y amigos, falsificando índices operacionales y regalando el petróleo a sus amos cubanos y a sus amigos nicaragüenses. Prefirieron endeudarse con los chinos y con los rusos, quienes ahora exigen pago. Pretenden achacarle todos estos males a la “agresión externa”. Este fracaso ha sido un producto de la deshonestidad del chavismo/madurismo.

Hay muchos otros ejemplos cuya extensión no cabría en este escrito. Lo importante ahora es barrer esta basura, fumigar estos excrementos, desinfectar el podrido ambiente que ha prevalecido alrededor del poder político venezolano y emprender el camino de la verdadera redención. Para lograr emprender este camino es preciso ir con la honestidad por delante. Y la honestidad debe tener tolerancia cero. No hay tal cosa como ser “razonablemente” honesto. La honestidad es una preñez moral y nadie puede estar moralmente medio preñado. O se es honesto o no se es.

Por ello no logro comprender los intentos de grupos venezolanos y actores externos quienes abogan por un diálogo, por una transacción, por una “reconciliación”, a fin de resolver –según ellos – la tragedia venezolana, olvidando el componente ético esencial y cultivando un relativismo moral que, de imperar, aseguraría el regreso de los bandidos al cabo de pocos años, amparados en sus dineros mal habidos, confiados en la capacidad casi infinita de olvido que tienen las grandes masas.

Uno oye o lee a Eduardo Fernández, Claudio Fermín, Leopoldo Puchi, Simón García, Luis Vicente León, José Antonio Gil Yepes, Marcos Polesel, Oscar Schemel, Jesús Seguías, Timoteo Zambrano, José Luis Zapatero, Manuel Rosales, Henri Falcón y su grupo, Enrique Ochoa Antich, a algunos intelectuales estadounidenses, a Andrés López Obrador, José “Pepe” Mujica, a Bernie Sanders y algunos otros promover un arreglo con los bandidos que han robado, asesinado, reprimido y entregado la soberanía venezolana a los cubanos y tiene que preguntarse cuáles son las razones que los animan para plantear este camino de “solución” a los venezolanos. Se dice que ello debe ser así a fin de evitar derramamiento de sangre inocente. Y uno piensa: ¿Es que las miles de víctimas de la satrapía chavista de estos últimos 20 años no cuentan? ¿Hasta cuándo vamos a sacrificar la honestidad intelectual en aras del pragmatismo? Yo quisiera escuchar los argumentos de quienes hoy oxigenan al narco-régimen de Nicolás Maduro en nombre de la concordia y la reconciliación.

Tengo la convicción de que el país requiere una inyección masiva y universal de honestidad. Honestidad para vernos al espejo tal y como somos. Honestidad para reconocer que debemos adoptar cambios actitudinales radicales a fin de sobrevivir como sociedad viable en un futuro cada vez más exigente. Honestidad para saber cuáles son nuestras fortalezas reales y nuestras reales debilidades. Honestidad para estar conscientes de que no somos ni una potencia ni la borra de la humanidad, sino que somos un país de mediano tamaño, con cualidades y debilidades que debemos reconocer, las unas para sentirnos orgullosos, las otras para remediarlas con nuestro esfuerzo.

Honestidad significa despertar de ese sueño donde nos imaginamos dueños del universo, a fin de enfrentar nuestra realidad de país modesto, pero con potencial para ser parte de la humanidad que camina hacia adelante. Esa inyección masiva de honestidad requerida para Venezuela deberá tener un componente significativo de Educación Ciudadana. Consistirá en crear una masa crítica de ciudadanos para remplazar mucho de nuestro gentío. Esos planes ya existen. Cuando los ejecutemos y podamos tener una masa crítica de ciudadanos encontraremos que el país será inmune a las promesas populistas de los falsos líderes. Cuando ello sea una realidad no habrá más Chávez, muchos menos tendremos Maduros. El país estará liderado por venezolanos honestos y pujantes, conscientes de sus derechos y de sus deberes.

Estamos aún lejos, al menos una o dos generaciones, de esta tierra prometida. Otros la verán pero aún quienes no podremos verla debemos ayudar al país a caminar hacia ella.

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