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Publicado: 13 de diciembre, 2019 — 23:15 p.m. (hace 1 mes)

En los dos últimos años he disfrutado en grado sumo con cuatro películas. Son Cold War, Un día de lluvia en Nueva York, Roma y El irlandés. Las dos últimas se han podido realizar gracias a Netflix. Ese supermercado digital, abarrotado de cosas prescindibles o fatigosas, con la labor de entretener a una clientela tan grande como heterodoxa, sabe lo que es la calidad y que la inversión en ella puede salir muy cara. Pero también otorga prestigio, embelesa a una parte, ¿minoritaria?, de su clientela, recibe consecuentes premios, otorga cierta distinción a su negocio. Ignoro las cifras de audiencia de una serie tan lujosa y perfecta como The Crown o cuantos espectadores han sentido embeleso ante las últimas entregas de Alfonso Cuarón (aunque sospecho que Roma, consumida en casa, también habrá provocado algunas somnolencias en paladares prosaicos) y de Martin Scorsese, pero también debemos de ser bastantes los cinéfilos a los que nos compensa pagar la cuota a cambio de disponer una y otra vez, a domicilio, de maravillas como esas. Seguir leyendo.

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