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Opinión

Fabián, una fe que nació en la oscuridad

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caraotadigital
Publicado: 15 de abril, 2019 — 19:56 p.m. (hace 4 dias)



Foto/ Caraota Digital

Por: Rebeca Flores

La noche más espesa de sus 3 años de vida. Esa fue la que vivió mi hijo Fabián, aquel jueves 7 de marzo. Igual lo hicieron centenares de niños venezolanos enfrentados a un mega apagón de electricidad que dejó al país como el verdadero agujero negro del planeta.

Solo me importaba estar en mi casa. Desprenderme de la Caracas donde trabajo y caminar, correr, volar –utilizar cualquier vía de posibilidades–  para estar en San Antonio de lo Altos, cuya lejanía me resultaba, ese día, de otro continente.  Pero, yo también era parte de aquella marea de gente desorientada. Salvo por Fabián, que una vez más trazaba mi ruta hasta él.

Desde mi oficina en Chuao hasta el transporte público en Plaza Venezuela. A mi alrededor solo filas interminables, manzanas enteras, de gente desesperada por irse como banderillas en las puertas de un autobús.

Y entonces, otro aumento de oscuridad: estaba atrapada en la capital, sin transporte, sin Metro, sola ante la voluntad de la especulación de los “piratas” que aparecían con tarifa duplicada cada 30 minutos.

Así vi caer la noche. Desolada. Con mucha gente cerca, pero desolada: ¡Sin Fabián!

Un autobús repleto, maloliente, sacudido por el miedo de los pasajeros, por la desesperación de la sinrazón de un gobierno, por el pandemónium que fue la ciudad, pero por fin en un autobús. Nunca antes había sentido tanto aprecio por la incomodidad.

El tiempo era interminable. Aún faltaba llegar a mi zona, exponerme a los kilómetros de distancia que todavía me quedaban por delante. Era verdad, más de 20 estados del país estaban sometidos a la oscuridad absoluta, como una epifanía de lo que sería toda la semana de incertidumbres.

Voces con rostros ocultados por la noche hablaban de parajes peligrosos en San Antonio de Los Altos. Personas aniquiladas en el uso tecnológico sin conexión alguna. Ciudadanos con nervios desechos. Yo tenía mi salvoconducto: proteger a Fabián, mi único hijo, de 3 años, desafortunadamente experimentando la noche más espesa.

Hasta que logré verlo. Se hizo la luz. Ya no importaba el ruido del silencio, el sonido de los grillos, el abandono de la modernidad 2.0.

Ya estaba en casa después de tres horas de desafío socialista.

Apenas era el comienzo de una semana de lenta y cruel tortura. Llegaron los días de ansiedad, reservas de comida al límite, proteínas, frutas y verduras que no superaron la falta de refrigeración. Y las lentejas, siempre las lentejas revolucionarias como alimento único, servidas en la porción exacta de un almuerzo.

Y ya no había tres platos. El ahorro de agua imponía el uso de uno solo para el padre, la madre y el pequeño Fabián. “¿Esto cómo se explica a un niño?”, era mi otro tormento. Fueron días de buscar cómo hacérselo entender sin pronunciar una palabra soez, con una sonrisa en la cara, de volver a los juegos de tu niñez que no requerían electricidad ni tecnología, días de baños con trapito húmedo y de ser magos con la poca reserva de agua que teníamos.

En la casa, la prioridad humana pasó a ser una sola: el niño. De ahí en adelante, todo era lujo. La regla de los 8 de vasos diarios pasó a ser sorbos. El agua usada para la pasta se reutilizaba para el día siguiente con el arroz.  Fueron días para encontrar maneras distintas de decir a tu hijo “no hay”,  “no se puede”, de vivir incomunicados con los vecinos o los familiares; noches eternas porque hasta la luna estuvo de huelga.

En medio de esa desidia lo único que iluminaba mis días era la sonrisa de mi hijo cada que llegaba “la luz”. Fabián,  a quien aquella tragedia le resultaba lúdica, inventó su propio himno musical  Lle-gó-la-luz (dos brincos y repite)…

Cada vez que llegaba la electricidad corríamos a cargar los móviles y así tratar de comunicarnos con el mundo exterior. No sabíamos sin dispondríamos de horas de servicios o de horas o de minutos:

-3PM: Estamos bien ¿y ustedes? Llegó la luz a los Teques después de 12 horas.

En una ocasión nombré a Dios en voz alta y mi chamo preguntó quién era, y viéndolo a los ojos pensé ´tal vez es hora de que aprenda otra oración que no sea ángel de mi guarda´. Le dije: ´Es un ser maravilloso que nos cuida a todos los que hacemos el bien´ y le enseñé el Padrenuestro, luego pedimos por el bien de Venezuela y al día siguiente lo repetimos antes de ir a  dormir. Al terminar preguntó: `ahora ¿le pedimos?´ y respondí: “sí, lo que quieras”  y su mayor e inocente petición fue “que no se vaya más la luz”. Lo miré con ternura y nos acostamos a dormir.

Milagrosa o afortunadamente no se volvió a ir la electricidad durante los días siguiente, y aunque no pasó una semana para que repitiera otro mega apagón. Pero en mi zona ahora la situación se ha calmado. Hay la amenaza pero no como en otros estados del país que sobreviven con más de 60 horas sin servicio.

Lo que me impresiona de todo esto y lo que me queda es que hoy día Fabián cree en Dios, porque no se fue más “la luz” (por unos días) y que con lo fuerte de su oración y el creer desde adentro con total pureza él consiguió fe en medio de la oscuridad. En el fondo estoy convencida de que si lo deseas puedes, y si es unidos más. #VamosVenezuela

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