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Relatos de una migrante venezolana: ocho días en autobús a Chile

Por:

caraotadigital

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Publicado: 15 de mayo, 2019 — 21:13 p.m. (hace 4 dias)



Foto: Referencial

Cuando llega el día que dices “me voy”, hay ciertas cosas que hay que arreglar o por lo menos fue una decisión propia hacerlo, por ejemplo poner en regla mis papeles tanto universitarios como de bachillerato “por si se llega a necesitar”. Es como la frase de una reconocida publicidad de seguros en Venezuela, “es mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo”. Hasta ahora los he usado solo para arrendar.

Otras de las cosas que comienzas a investigar, es el valor de los arriendos, el cambio de moneda de dólar a peso, cuánto gastas en alimentos, el tema de los trabajos y hasta la ruta a seguir durante esos ocho días.

Recuerdo que me propuse entrar a varios grupos de WhatsApp para leer las opiniones de personas que habían ya hecho su recorrido a Chile, te recomendaban líneas de autobuses y compartían sus vivencias. Quizás uno que otro consejo te sirvan, pero siempre tus experiencias serán distintas al resto. Al llegar a Colombia, llegamos a una de las sedes de los transportes que salen a Ecuador, esa tarde no pudimos abordarlo, pues llegamos tarde y había que esperar al día siguiente. En ese momento hubo un suspiro de preocupación, no teníamos el dinero suficiente para pasar la noche en un hotel, pero era evidente que estábamos en otro país y ellos se hacían responsable de la estadía. Ya se saboreaba otro ambiente, otro aire.

Ese día 6 de junio de 2017, escuche una expresión mientras esperaba que mi prima y mi novio cambiaran los bolívares a pesos colombianos, resulta que yo quede custodiando nuestras maletas, porque al salir uno desconfía de “todo” e iba a entrar un autobús al estacionamiento en el que me encontraba y pidieron que me moviera, pero los maletines pesaban tanto que no sabía como hacer, quisieron ayudarme, pero mi cara expresaba temor a algún robo. Hasta que me dijeron “tranquila todo va a estar bien, ya saliste de Venezuela”. Oír eso me molestó y a la vez me causó tristeza, porque a pesar de que yo no viví en la época de “las vacas gordas”, mis padres se han encargado de decirme cómo fue su época de juventud y lamenté que por un grupo de personas que les quedo “grande el cargo en el gabinete presidencial”, los venezolanos estemos padeciendo todo esto.

Siguiendo, ese día nos levantamos temprano, nos bañamos obviamente (había que aprovechar, no sabíamos cuando íbamos a contar con esa suerte) y salimos a sellar pasaporte de entrada a Colombia. De eso sí estuvo encargada mi prima, de la marca de ingreso y salida de cada uno de los países que cruzamos hasta llegar a Chile.

El discurso que nos daban en todos los vehículos que nos transportaban, era que el baño solo era para orinar, que no estaba permitido para nada más. Cualquier otra emergencia, había que decirles que por favor pararan y ellos gentilmente estaban dispuestos a hacerlo. Todo en ese autobús era cómodo, hasta había televisión con películas para que te distrajeras durante el camino, pero hay tantas curvas que en mi caso pase todo ese trayecto con los ojos cerrados para no marearme.

En cada uno de los países por los que pasábamos teníamos la suerte de llegar en la madrugada, hablo de “suerte” porque dicen que no te ponen “tantas trabas” a la hora de sellarte y revisarte el equipaje. De los tres (mi prima, novio y yo) era a mí a quién preguntaban que iba hacer, cuánto iba a durar, que si tenía algún sitio donde llegar. Los nervios hacían lo suyo, sin embargo trataba que no me afectara y hablaba con toda la seguridad que pudiese existir.

Al llegar a Ecuador, habían muchas personas esperando que bajaras del autobús para ofrecerte cambiar el dinero a su moneda. La recomendación que siempre se escuchaba era que se evitara, puesto a que te ofrecen menos de lo que es, hasta pueden darte billetes falsos por desconocer la moneda.

Hubo una señora que se nos acercó y pues tocó hacer el cambio con ella, a esa hora no hay casas de cambio abiertas para ir directamente y evitar estafas, además nos ofreció el servicio de transporte para llegar a Perú. Al subirnos las butacas eran duras, sin embargo pensamos que eran soportables y continuamos sin hacer tanto drama por eso. Quizás se nos acomodaba alguna lesión en la espalda. Había que ver el lado positivo de todo.

Durante ese trayecto hicimos un grupo y en la actualidad solo mantenemos contacto con algunos. En esos momentos conoces sus historias y te das cuenta que el propósito siempre es el mismo “buscar un mejor futuro”. Una de esas nuevas compañeras viajaba con su bebé de un año. Ese niño se quejaba menos que todo nosotros.

Era de noche, el frío se apoderaba de nuestros cuerpos, hubo una parada en medio del camino. Unos oficiales ecuatorianos se montaron en la unidad para pedirnos el pasaporte, gracias a Dios todos estábamos con nuestros papeles en regla, así que no hubo impedimento alguno para no dejarnos continuar. Además, uno de los supuestos servicios que ofrecía ese transporte era desayuno, pues era como las 1:00 de la tarde y no había ningún tipo de movimiento de que eso ocurriese. Todos teníamos hambre, estábamos en modo desespero. Nos ofrecieron un pan con jamón y un vasito de refresco, pero a la hora que a ellos les provoco. De igual forma agradecimos, todo era ganancia y no pérdida. También fuimos engañados con el tema de la exclusividad, pues el chofer comenzó a montar a personas por el camino para obtener más dinero, retrasando la llegada a nuestro lugar de destino, Perú.

Cuando llegamos a la capital de Lima fue un caos, resulta que el taxista fue el que nos ofreció hacer el cambio y allí hubo un ataque de ansiedad, no sabíamos que hacer. Era necesario hacerlo, ya que sino no teníamos para pagar y solo aceptaban la moneda local. Que desesperante y agobiante era cada uno de esos escenarios. Había que tener la valentía de un león y la sensibilidad de una flor, pues no es muy bien visto que “desconfíes” de todo y menos cuando se trata de “ayudarte”. Así que nos montamos en esa unidad que tampoco fue exclusiva sino colectiva, estaba en malas condiciones. Era de dos pisos y el pasillo era como ver uno de los capítulos de la serie “La maldición de Hill House”, además a toda persona que le sacaba la mano le daba la cola. Todo por tener dinero extra.

Para mis compañeros de viaje y por supuesto para mí, el trayecto más largo fue el de Perú. Hasta cuando me toca hablar de todo lo que pasamos lo divido en Perú I parte y II Parte. En ese primer tramo fue el terror, era ver como se movían las cortinas por la brisa que se colaba de las ventanas, era ver la silueta de los árboles en el piso, el autobús se balanceaba hacía los lados y para nada se asemejaba a los juegos de los parques de atracción. Simplemente nada alentador, pero siempre con la mente de llegar, ya no había chance para cansarse. Había que continuar.

La unidad hizo una parada en un terminal y muchos pensamos en “un nuevo atraso”, sin embargo recibimos la mejor noticia “habían baños con duchas” así que era hora de asearnos. Ya a todos nos hacía falta. Había que pagar unos cuantos soles, así que sin pensarlo dimos lo acordado y nos lavamos hasta el cabello. Los baños eran tal cual películas juveniles estadounidenses. Regaderas una al lado de la otra, pero con la diferencia de que si había privacidad. En esa parada había señal wi fi, al fin nos logramos comunicar con nuestros familiares. “Vamos bien, estamos bien”, era lo que alcanzamos a decir.

En Perú nos tocó quedarnos en un hostal, la idea era permanecer en el terminal, pero no permitían a muchas personas y menos con tanto equipaje. Así que a mi prima se le ocurrió la “no tan brillante idea” de irnos a quedar en algún sitio. No estaba tan de acuerdo, puesto a que estábamos limitados de dinero y ya se rumoreaba que en Chile te pedían una cierta cantidad de dólares para poder entrar. Era descompletar y aún nos hacía falta camino.

La alegría de llegar a Chile no se comparó con nada, “pero” siempre hay un “pero”, los taxistas que te cruzaban por la frontera de Perú hasta Chile te cobraban más de lo normal por ser venezolano. Decían que la Policía de Investigación de Chile (PDI) nos metían en el famoso “cuartico negro” y nos desnudaban hasta el alma. Así que ellos también ofrecían pagarle una cierta cantidad de dólares y ellos te garantizaban la entrada al país, era una propuesta tentadora, pero nosotros queríamos entrar por lo legal.

En el camino el señor se estaba durmiendo, así que encendí mi señal de alerta y comencé a preguntarle sobre cualquier cosa, todo para mantenerlo despierto. Llegamos a Perú sellamos salida, luego llegamos a Chile y teníamos que bajarnos del taxi con todo y maletas. Mientras caminábamos, habían perros que se encargaban de oler los equipajes, la primera en acercarse a la ventanilla fue mi prima, luego mi novio y mientras él pasaba, yo me quedé conversando con el taxista para que me indicara cuál era la parte más difícil, a lo que con una sonrisa nerviosa me contestó “ésta, ahora es su turno, pase”.

No me dio chance de ponerme nerviosa, estaba en frente de uno de los oficiales de la PDI, las respuestas que diera eran decisivas, era como jugar el último inning de un juego de los eternos rivales “Leones vs. Magallanes” (equipos de béisbol de mi país, que cuando se enfrentan automáticamente se detiene Venezuela). Así que me preguntó si estudiaba, le dije que no, qué si iba de vacaciones, por supuesto que respondí que sí y así transcurrió el interrogatorio hasta que me dio un papel junto al pasaporte. Sin mirar para los lados, tomé mi maleta y seguí. Mi prima, novio y yo hacíamos como si no nos conociéramos hasta que llegamos en un punto donde nos reencontramos y no sabíamos cómo explicarnos lo que había sucedido. Al ver el tiempo del sello decían 90 días, era un milagro de Dios definitivamente.

El señor del taxi se sorprendió de lo ocurrido y nos decía “definitivamente están de suerte”. Montarnos en el vehículo fue sinónimo de soltar todos los músculos prensados. Así que nos llevó al terminar, era momento de tomar otro autobús que nos llevaría a Santiago. Para mi sorpresa nos faltaban 36 horas más. Quería llorar, gritar, patalear, pensé que nos faltaba muchos menos.

Y así fue como un 15 de junio de 2017, aproximadamente a las 10:00 de la noche, llegamos a lo que es nuestro nuevo hogar. Haciendo tiempo, agarrando experiencias para cuando nos toque regresar a nuestra amada Venezuela. No hay mal que dure 1000 años, así que la esperanza siempre será lo último que se perderá.

Por: Estrella Sierra Avila / @sierraestrella

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