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Ser de Quini

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Publicado: 8 de septiembre, 2019 — 22:30 p.m. (hace más de 1 mes)

Más de 50 textos de reporteros, futbolistas, sociólogos, pintores, cantantes o dirigentes dibujan la personalidad de esta leyenda del fútbol español

Portada del libro 'Yo soy de Quini'.

Enrique Castro, Quini, falleció el 27 de febrero de 2018 en Gijón. Tenía 68 años. Sucedió por la tarde. Las redes de información —las profesionales y las personales— comenzaron a encenderse. “Murió Quini”, decían los mensajes. Esas dos palabras se llevaban consigo a uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol español. También una sonrisa permanente y una forma única de dar abrazos. Aquellas dos palabras generaron una unanimidad extraña en estos tiempos de división y crítica constante. La ola de admiración, cariño y respeto por la figura del Brujo se añadió a su palmarés. Era el retorno de todo lo que él había ofrecido a todo el mundo en vida.

Para entender la figura del mítico delantero asturiano hay que acudir a la imagen que proyectó en miles de personas. El libro Yo soy de Quini (Delallama), coordinado por el periodista Monchi Álvarez, ofrece un espacio para que reporteros, futbolistas, sociólogos, pintores, cantantes o dirigentes glosen al que fuera jugador del Sporting de Gijón y del Fútbol Club Barcelona. Su recuerdo trasciende a lo deportivo —cinco veces máximo goleador en Primera y campeón de la Copa del Rey o de la Recopa, entre otros— ya que las apariciones de Quini sobre un terreno de juego y también en el día a día forman parte de la memoria sentimental de toda una generación de aficionados.

Más de 50 textos que dibujan la personalidad de Quini. El hombre que perdonó a sus secuestradores. El señor que abría la maleta llena de regalos promocionales para clientes y los repartía entre la chavalería del barrio. El caballero que, cada domingo, enviaba un mensaje a sus conocidos del Oviedo, el eterno rival del Sporting, para felicitarlos o para animarlos. La leyenda a la que los críos —y no tan críos— de Mareo adoraban.

Aquel tipo que una tarde, en su bar de Avilés, le regaló unas botas a un guaje que lloraba porque no tenía y debutaba al día siguiente en fútbol 11 (necesitó varios pares de calcetines para que no le bailaran los pies en el interior). Aquellas botas había que ponérselas. No había otra. Eran de Quini.

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