Entretenimiento

Un traductor de ruso en apuros

Por:

elnuevoherald

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Publicado: 18 de octubre, 2018 — 19:26 p.m. (hace más de 3 semanas)



Este viernes 19 de octubre se estrena en el Teatro Tower del Miami Dade College la película independiente cubana, Un traductor, de dos directores de la isla, Sebastián y Rodrigo Barriuso, con residencia en Canadá. El tema que aborda es una suerte de novedad bienvenida en la cinematografía nacional.

Los niños enfermos por la contaminación del desastre nuclear ocurrido en Chernóbil son atendidos en centros hospitalarios de La Habana y un profesor de ruso universitario, es compelido a servir de traductor entre los infantes, sus parientes y el personal médico.

Los hechos ocurren en 1989, cuando el socialismo real europeo y su alma mater, comenzaban a desmoronarse y la ayuda solidaria a Cuba se disipaba. El plan de atención médico, sin embargo, se extiende hasta el año 2011. Un total de 25,000 personas se beneficiaron del mismo, de las cuales, 15,801 fueron niños, en su mayoría provenientes de Ucrania.

Tarará, antigua área residencial de la clase media cubana, al este de La Habana, que luego devino ciudad vacacional de los pioneros, sirvió de albergue para los enfermos. Desde que finalizó el programa el sitio fue abandonado y hoy se mantiene en ruinas esperando sea reconstruido para el turismo.

En el filme Un traductor , el profesor Malin, interpretado por el conocido actor brasileño Rodrigo Santoro, se empeña en atender a los niños que bordean la muerte y, de cierto modo, descuida a su propia familia. La esposa es una exitosa curadora de arte, tienen un hijo pequeño y esperan otro.

Malin se debate, como tantos otros profesionales de la isla, entre el deber y las coyundas ideológicas que tanto lo perturban. Constantemente es conminado a la disciplina militante, dada la dimensión de la tarea convocada, hasta por una enfermera argentina, de esas que llegan de ultramar para recordarle a los cubanos cuan extraordinario es su país revolucionario, sin reparar en los daños colaterales.

Isona (Yoandra Suárez), la esposa de Malin, algo más liberal, se ocupa de los artistas plásticos, al final de la década que los vio enfrentados a las instituciones culturales oficiales. Se resiste a entender, sin embargo, la angustia del esposo, como si hubiera agotado su cuota de solidaridad revolucionaria y opta por una eventual separación.

Extendidos apagones de electricidad, improcedencias administrativas, escasez, shocks culturales, irán minando la paciencia y entereza del traductor, quien deviene todo un activista psicológico en la adaptación e integridad emocional de los niños enfermos, muchos de los cuales se extinguen ante sus propios ojos. Malin no es solamente el intermediario idiomático, sino el puente cultural y de afecto que requieren los pacientes.

La sociedad cubana de Un traductor está abocada al fin de la economía parásita —sostenida por la Unión Soviética—, donde la gasolina “estatal” se expende en bonos del gobierno, uno de los tantos disparates insalvables del socialismo caribeño. Mientras la llamada “rectificación”, otro ardid del castrismo para justificar su inoperancia, tocaba a las puertas esquilmadas de la nación.

Las carencias y el ajetreo ideológico, para un estrato profesional que las había solventado, con no pocas artimañas picarescas, se instala y define el éxodo que acontecerá otra vez.

Los hermanos Barriuso, luego de desempeñarse como productores y cineastas del cine independiente en la isla, ahora acosado por el decreto 349 y el reciente discurso del gobernante Miguel Díaz-Canel contra el mercantilismo y el “asedio imperial” en el arte, observan y comentan otro drama de su país natal, dejado atrás.

La historia que cuentan en Un traductor es la de sus padres, quienes terminaron por separarse y también emprendieron una nueva vida en el extranjero, como tantos otros cubanos con la oportunidad de hacerlo.

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