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Opinión

Armando Silva: El fantasma Uribe

Por:

lapatilla

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Publicado: 7 de septiembre, 2019 — 15:03 p.m. (hace 1 mes)

Lapatilla



El objeto más deseado de Colombia es Uribe. Y el deseo se comporta de manera extraña: unas veces identificado como el objeto de amor, en otras de odio; en unas manifestándose de modo directo (‘lo adoro’), en otras desplazadas (‘encarna la maldad’). Lo cierto es que el señor expresidente de Colombia concentra el mayor poder simbólico de este país y que hacerle un juicio –sin interesarnos discutir si justo o no– es hacerlo a sus narrativas, sus leyendas, a las frustraciones y anhelos que hacen una nación. A la luz pública, no es solo un juicio jurídico o político, es un juicio con revelaciones profundas. Uribe no es solo una persona, es un poderoso imaginario, difícilmente comparable con otras figuras en la historia de nuestro acontecer político.

En redes, medios y conversaciones, los epítetos que inspira no son aquellos nacidos de la reflexión o serenidad, sino que son juicios exclamativos de donde brotan las emociones: se grita con signo de admiración, ‘¡Uribe paraco!’ o ‘¡Uribe infaltable!’. Al expresidente se lo imagina con la autoridad (que no se quiere), de padre que todo lo puede, lo que oculta un deseo de su propia muerte que se traduce en la ficción del “presidente eterno”, que oculta, a su vez, el otro deseo de tomar su lugar. Ese Uribe mítico más bien vive penando como un fantasma que se reencarna en otros cuerpos: Santos, Duque, pero también reaparece y asusta en unidades temáticas: violencia, paramilitarismo, cocaína, paz, bandas rearmadas, agricultura, familia, medio ambiente, homosexualidad y hasta en vulgarismos como ‘marica, le rompo la cara’. El mundo colombiano pasa por Uribe.

¿Qué pasaría si Uribe no existiese? ¿Qué inspiraría a tantos opinadores y caricaturistas que no lo sueltan? ¿Quién encarnaría un partido que vive de su figura? Como todo fantasma, con motivaciones no siempre conscientes, lo creíble es que detrás de su quimera se esconda una incapacidad del país para responder a los retos verdaderos, remplazados en estructuras temáticas y emociones en los límites pasionales. Pero también tiene su otro lado: el espejo. El fantasma se nos devuelve (¿es Hamlet?) y nos hace vernos: la conversión de Uribe en muñeco al que se le pincha por todos los deseos nos pone en evidencia que, como colectividad, padecemos y nos angustia un destino embolatado, que Uribe todopoderoso no resolvió: he ahí el infantilismo de una nación.

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