Kennedy lanza la batalla por una alimentación más sana en EEUU | elperiodico.com

La polémica es inherente a Robert F. Kennedy, –hijo del que fue fiscal general de EEUU con el mismo nombre y sobrino del presidente asesinado JFK– que, de postularse como candidato demócrata a la presidencia, fue elegido secretario de Estado de Salud por el republicano Donald Trump, y desde ese cargo está dando pasos agigantados para revolucionar las políticas sanitarias del país, para alarma de buena parte de la comunidad científica. A su conocida militancia antivacunas se unen algunas de sus teorías conspiranoicas sobre la salud, los recortes de personal que ha puesto en marcha, así como la eliminación de programas enteros en los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC).
Pero a la vez Kennedy, de 70 años, amante del ejercicio físico y obsesionado con su propia salud, está embarcado en la batalla de hacer de su país un lugar más sano y saludable, empezando por la alimentación. Es ahí donde sí cuenta con el apoyo bipartidista y de numerosos expertos en salud y, además, de los vientos favorables –a caballo de las redes sociales y de los gurús de la vida sana– de una población preocupada más que nunca por su bienestar.
«Una persona sana tiene mil sueños, una persona enferma solo uno. El 60% de nuestra población solo tiene un sueño: recuperarse», le gusta repetir al más alto responsable de la salud pública, que se ha propuesto combatir lo que considera una epidemia de enfermedades crónicas en el país y en la que engloba obesidad, diabetes y enfermedades cardiacas. Su hoja de ruta se llama MAHA (Make America Healthy Again), un informe de 72 páginas –en la estela del famoso eslogan de Trump MAGA(Make America Great Again)– que abarca desde la lucha contra la obesidad hasta una supuesta relación entre las vacunas y el autismo, la parte más polémica de un documento que desafía las ideas predominantes sobre la salud pública y las enfermedades crónicas.
Las multinacionales
El texto adopta algunos de los conceptos de salud no convencionales que han sido favoritos de los movimientos de izquierda, como la promoción de alimentos orgánicos y el concepto de «la comida como medicina». La guerra de Kennedy se dirige contra los alimentos procesados y una industria está en su punto de mira: las multinacionales alimentarias, responsables según él de envenenar a los niños estadounidenses con aditivos artificiales prohibidos en otros lugares. «Tenemos una generación de jóvenes que nadan en una sopa tóxica ahora mismo», afirmó en Fox News el año pasado.
El primer objetivo es eliminar los colorantes alimentarios derivados del petróleo para 2026 y esta presión empieza a dar resultados. Ya han surgido regulaciones estatales en esa dirección y el gigante PepsiCo ha anunciado que prescindirá a finales de año de los colorantes artificiales en las patatas fritas Lays.
El Departamento de Salud está actualizando también actualmente las directrices dietéticas nacionales, una guía que define desde las comidas escolares hasta los programas de asistencia para personas mayores. Se espera una reducción de los azúcares añadidos y una mayor adopción de alimentos integrales de origen local. Además, Kennedy insta a los estados a prohibir el uso de cupones de alimentos –una prestación social– para comprar comida basura o bebidas azucaradas, un mayor control de los subsidios agrícolas, la mejora de las fórmulas infantiles y ha anunciado la apertura de una investigación a Kellogg’s por calificar sus cereales de «saludables».
Otros de los posicionamientos son mucho más polémicos y controvertidos, como su dilatada militancia antivacunas –que ahora sin embargo matiza– o su afirmación de que el covid afectó a ciertos grupos étnicos, o la denuncia de que la presencia de químicos en el agua del grifo podría estar haciendo a los niños transgénero. Preconiza la eliminación de la fluoración del agua, apoya las terapias psicodélicas y promueve el consumo de la leche cruda (sin pasteurizar), aspectos que le rebaten sectores de la comunidad médica y científica, alertando que se están erosionando décadas de progreso científico y exponiendo a la población a un aumento de las enfermedades.
En medio de la controversia que suscitan su trayectoria y parte de sus argumentos, algunos de sus críticos le reconocen su aportación a áreas de la salud que habían sido hasta ahora descuidadas, lo que recientemente llevó a la BBC a preguntarse: ¿Es posible que el hombre que genera tantas críticas –y, en algunos sectores, odio– sea capaz de a recuperar la salud en EEUU?
Algunas voces son escépticas, como la de Nicole Hawley, profesora de epidemiología en la Escuela de Salud Pública de Yale, citada en ese mismo artículo de la televisión británica. «Se prioriza la elección personal y el acceso a alimentos naturales, pero eso ignora por completo las grandes barreras sistemáticas y estructurales [para una alimentación saludable], como la pobreza y la publicidad agresiva de comida basura dirigida a los niños», argumenta.
El precedente de Michelle Obama
La batalla por una alimentación más sana que encabeza Kennedy ya la emprendió la exprimera dama Michelle Obama, promoviendo un mejor etiquetado nutricional, la vida activa, la prohibición de alimentos poco saludables en las comidas escolares y las grasas trans. Aquellas iniciativas confluyen confluyen ahora con el programa MAHA pero por ellas la exprimera dama fue blanco de todo tipo de ataques y burlas. «Gran madre» o «Mamá Estado» la llamaban en tiempos en que Sarah Palin, la excandidata a vicepresidenta que perdió las elecciones de 2008 formando tándem con John McCain, repartía galletas en las escuelas y bebía refrescos azucarados en los actos republicanos, cuando la Administración demócrata trataba de subir los impuestos a estas bebidas y limitar su tamaño.
«No quiero que me digan cuántas calorías tiene mi Big Mac. No quiero que el Gobierno me diga que no puedo ponerle sal a la comida. Me gusta McDonald’s. Me gusta Wendy’s. Me gusta Burger King. Me encanta Kentucky Fried Chicken», declaraba en 2010 Sean Hannity, una de las estrellas de la cadena Fox News. Y recientemente fue el mismo Hannity quien en una entrevista a Kennedy le preguntaba cómo la alimentación moderna actúa como «veneno», simbolizando el tránsito de muchos políticos y figuras conservadoras hacia postulados que convergen con ideas que siempre han tenido un mayor acomodo en la izquierda.
El que fue asesor de la Casa Blanca en política alimentaria e impulsor de la iniciativa Let’s move con la primera dama, Sam Kass, afirmó en una entrevistas en Politico que es una «verdad irrefutable» el auge de las enfermedades crónicas y su relación con la mala alimentación. «Lo que cultivamos, cómo lo cultivamos y lo que se elabora con ello está literalmente matando gente. Eso es algo que la primera dama Michelle Obama dijo hace mucho tiempo y yo llevo diciendo un par de décadas», señaló .
Contradicciones
Kass afirma compartir el diagnóstico del MAHA sobre la alimentación de los estadounidenses pero subraya que lo importante es lo que se hace para cambiar lo que se come e iniciar una nueva trayectoria en materia de salud. Subraya además las contradicciones existentes: «Estamos presenciando un desmantelamiento total de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH), que financian gran parte de la investigación necesaria para comprender qué componentes de los alimentos hiperprocesados están perjudicando la salud para poder regularlos. Se han desmantelado organismos que supervisan la seguridad alimentaria y se ha despedido toxicólogos alimentarios», denuncia. Y alerta, como muchos otros, de que los colorantes tienen un impacto insignificante al lado del que puede tener el menosprecio de las vacunas como base de la salud.
Con 1.281 casos confirmados desde enero, Estados Unidos registra este año el mayor número de casos de sarampión desde 1992. El brote de una enfermedad que se había dado oficialmente por erradicada ya ha provocado tres muertes y más de 150 hospitalizaciones y coincide con menores tasas de vacunación de la población en general. Casi todas las hospitalizaciones corresponden a personas no vacunadas.
El sarampión
Con 1.281 casos confirmados desde enero, Estados Unidos registra este año el mayor número de casos de sarampión desde 1992. El brote de una enfermedad que se había dado oficialmente por erradicada ya ha provocado tres muertes y más de 150 hospitalizaciones, que casi todas corresponden a personas no vacunadas.
Con un largo historial de militancia antivacunas, el secretario de Estado de Salud, Robert. F. Kennedy, ha enviado mensajes contradictorios sobre el sarampión . Primero minimizó el brote en Texas como algo rutinario. Luego afirmó que «la triple vírica –sarampión, paperas y rubeola– es la forma más eficaz de prevenir la propagación de la enfermedad» pero insistió en que la vacunación es una «elección personal» y ordenó a las agencias federales que exploren nuevos tratamientos, no probados, incluyendo suplementos vitamínicos o aceite de hígado de bacalao.
El secretario de Estado de Salud repite que no es antivacunas y afirma que no quitará las vacunas a nadie, pero con los hechos se desmiente, además de considerar que «no hay ninguna vacuna que sea segura y eficaz». Durante ocho años dirigió un grupo llamado Defensa de la Salud Infantil, desde el que cuestionó repetidamente la seguridad y la eficacia de la vacunación. También antes de ser secretario de Salud, Kennedy pidió a la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) que rescindiera la autorización que había otorgado a las vacunas contra el covid, que salvaron millones de vidas en todo el mundo y ayudaron a superar la pandemia.
El pasado junio Kennedy despidió a los 17 miembros del influyente comité de expertos que asesora a los Centros de Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) sobre la elegibilidad de las vacunas, bajo la acusación de «persistentes conflictos de intereses» Nombró entonces nuevo comité, mucho más pequeño, que tomó su primera decisión a finales de junio: votó a favor de dejar de recomendar el grupo de vacunas contra la gripe que aún contienen timerosal, un conservante sobre el cual Kennedy escribió un libro en 2015. El secretario de Estado también señaló que dejará de recomendar la vacuna del covid a mujeres embarazadas y niños sanos.
El autismo
Kennedy también ha ordenado a los CDC iniciar un proyecto de investigación sobre la relación entre las vacunas y el autismo, un tema analizado en diversos estudios científicos sin hallar ningún vínculo como el que denunció el doctor británico Andrew Wakefield, que fue dado de baja del registro médico de Reino Unido en 2010 después de que su investigación vinculara falsamente la vacuna triple vírica con el autismo.Kennedy ha contratado a un escéptico de las vacunación para que vuelva a analizar los datos, y sobre Wakefield afirmó en 2019 que ha sido la «persona más injustamente difamada de la historia moderna».
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