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Opinión

Coronamos reinas, no alcaldes (o cómo fingir que votamos en un país que se deshace)

📅 🕐 06 Ago 2025🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 9 min de lectura
Coronamos reinas, no alcaldes (o cómo fingir que votamos en un país que se deshace)
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En Venezuela seguimos votando. Como quien organiza una fiesta entre ruinas, coronamos a nuestras “autoridades municipales” con la misma emoción con la que se elige a la reina del carnaval: con entusiasmo prestado, música enlatada y sin electricidad en la tarima. El país se deshace, pero la democracia sigue en cartelera, aunque ya nadie compre entradas.

Las elecciones municipales fueron —una vez más— el teatro de la apariencia: urnas que no significan nada, candidatos que repiten discursos como loros amaestrados, y una población que, entre resignada y burlona, participa porque aún hay quien cree que esto sigue siendo un país funcional. Spoiler: no lo es.

¿Qué se eligió en Venezuela? ¿alcaldes? No se elige: se asigna el decorado de la tragedia. Se decide quién se tomará la próxima foto con una pala en la mano mientras, al fondo, se derrumba una escuela. Quién organizará el próximo operativo médico sin médicos, quién inaugurará la cancha sin balones, quién pintará la acera en un pueblo sin agua ni transporte. Se elige, en fin, a los nuevos figurantes del guion nacional.

Pero lo más doloroso no es el vacío de esas elecciones. Lo verdaderamente devastador es la hipocresía colectiva que las rodea. Porque mientras algunos venden humo esperanzador —esa ilusión embotellada que ciertos políticos reciclan cada cuatro años con una mezcla de entusiasmo sincero y ceguera programada—, el país real sigue deshaciéndose. Con todo el respeto que puedan merecer por lo que hicieron, o dejaron de hacer, algunos “líderes”, lo triste no es solo que hayan fracasado: lo trágico es que la realidad sigue sin remedio. Seguimos igual. O peor. Solo que ahora fingimos que sobrevivir es sinónimo de bienestar.

Y no, no se trata de pesimismo. Se trata de memoria. De esa ética básica que parece haber sido derogada por decreto de conveniencia. Porque en Venezuela, por temporadas, nadie recuerda a los muertos, a los torturados, a los desaparecidos, a los presos, a los jóvenes que entregaron su vida por una promesa de cambio que se quedó esperando en la aduana. Hoy, lo que importa es si te enchufaste, si montaste un negocio con lo que te mandan desde afuera, si pactaste con el diablo y lograste que las calderas del infierno queden lejos de tu urbanización, tu restaurante o tu gimnasio con aire.

Y no solo el régimen tiene rabo de paja. También esos opositores que hacen política en redes desde Madrid, Miami o la Caracas 4.0, que hablan de “cuidar los espacios” mientras abrazan al poder sin vergüenza. Los que se indignan con el PSUV, pero hacen negocios con sus testaferros. Los que predican transparencia desde empresas fachada. Los que lloran dictadura con copa en mano y visa dorada en el bolsillo. En Venezuela todos tienen algo que callar. Todos deben algo. Por eso algunos evitan los verdaderos temas. Porque si se empieza a decir la verdad, empiezan a caer todos los telones. Y esa es una función que nadie quiere interrumpir.

Los duelos ya no se publican, a menos que sirvan para campañas de GoFundMe. Las enfermedades son invisibles si no generan clics. Las madres que lloran a sus hijos asesinados solo existen mientras estén de moda en X. Aun así, el país sigue. Flota. Respira con lo poco que le queda. ¿Quién lo sostiene? ¿Las ONG, los activistas agotados, los familiares que mandan remesas, ese puñado de ciudadanos que hace el trabajo que ni el Estado ni los “nuevos liderazgos” quieren asumir? La democracia, esa que algunos aún nombran con nostalgia, ya no es más que una escenografía polvorienta.

Sin embargo, entre tanta podredumbre, hay quienes siguen apostando —en silencio— por lo poco que queda de país. Son las abuelas que se quedaron a cuidar a los nietos mientras sus hijos huyeron. La tía que se hace cargo del sobrino. La vecina que atiende al enfermo del edificio. El que nunca se fue. El que se fue y volvió con el fruto de su esfuerzo para abrir un negocio con dignidad. Invisibles todos. No hacen ruedas de prensa, no tienen seguidores ni fundaciones, pero están allí: resistiendo con lo que tienen. Que puede ser poco, pero es honesto.

Y están también los que se aprovechan del naufragio. Los que compran casas rematadas por la necesidad ajena. Los que abren locales y alquilan a precios impagables. Los nuevos rentistas del colapso. Los que hacen de la pobreza un modelo de negocios. Los jóvenes que se quedaron solos, que estudian, se gradúan con esfuerzo y con la ayuda de una hermana que limpia casas en Argentina o de un primo que maneja Uber en Santiago. Y los jubilados, esos que venden su imaginación para comer, que reciclan sueños en forma de oficios, artesanías o malabarismos, mientras el hambre les desgarra el orgullo. A ellos no se les puede juzgar. A ellos se les aplaude. Porque seguir vivos en ese país no es resistencia: es heroísmo sin prensa.

La mayoría —sí, la mayoría— sigue siendo honesta, aunque la hayan obligado a sobrevivir sometida a corruptos y desalmados. A fingir que “seguir viviendo” es suficiente. Sin luz, sin agua, sin pensión, sin comida digna. Dignidad. ¡Vaya palabra! Esa no la usan los asesores de campaña. Esa emigró. Y la poca que se quedó, sobrevive a este holocausto moral con la cara en alto y el estómago vacío. Pero no digamos nada. Sigamos la pauta. No incomodemos a nadie. Ni a los de adentro ni a los de afuera. Esperemos al próximo redentor o redentora. Al próximo “Atrévete”, que “Hay un camino”, para que te subas en “El autobús del progreso”, porque “La Salida”, para alcanzar el “cese de la usurpación, el gobierno de transición y las elecciones libres”, ahora sí, es “Hasta el final”.

Sigamos esperanzando, como si esa democracia prostituida no hubiera sido mancillada por todos. Usada. Abusada. Vendida. Violada por el poder y manoseada por la oposición. Hechas trizas, como la Cándida Eréndira de García Márquez, condenada a andar con su abuela desalmada, que aquí tiene muchos rostros: partido político, funcionario, influencers… o simplemente cómplice.

¿Qué nos queda, entonces? ¿Reconstruir? No con un martillo, tal vez nos quede un cincel honesto, uno que sirva para tallar lentamente otro ideal de país. Uno que nos permita esculpir, entre las ruinas, algo parecido a la verdad. Porque el problema no es que las elecciones no funcionen. El problema es que fingimos que todo esto sigue siendo democracia. Y no. No lo es.

Lo que urge ya no es otro proceso electoral. Es un proceso interno, individual, profundo: una confesión nacional. Una autopsia moral. Reconocer que fallamos. Que todos fallamos. Que le fallamos al país, a los muertos, a los hijos que tuvimos que exiliar, a los abuelos que dejamos morir con una caja del CLAP en el regazo.

Y que mientras no aceptemos eso —nuestra hipocresía, nuestra doble moral, nuestra cobardía disfrazada de pragmatismo— seguiremos sentados en la platea de esta farsa, mirando cómo se desmorona la dignidad nacional. Y aplaudiendo.

Sí, aplaudiendo:

A los truhanes del poder y los mercachifles de la política.

A los pelafustanes del servicio público que reparten miseria con sonrisa de campaña.

A los nuevos ricos de Instagram, con sus tragos de lujo en Caracas mientras publican frases de resistencia.

A los importadores de conciencia que viven del dinero que mandan los hermanos rotos desde afuera.

A los influencers de la catástrofe, que convierten el dolor ajeno en contenido monetizable.

A las viejas del CLAP, que venden comida regalada al triple del precio en las esquinas.

A la secretaria de la alcaldía opositora que se cree ministra porque firma en papel membretado.

Al “come candela” que nunca ha marchado y exige lucha desde el sofá.

Al pacifista estructural, que se paraliza mientras el régimen le pasa por encima a los vivos y a los muertos.

A los académicos engreídos que creen que la solución es un paper o un podcast.

A los internacionales de la causa, que visitan Caracas, se toman un negroni en Las Mercedes y escriben crónicas sobre lo “resiliente” que es nuestro pueblo.

A los delincuentes con corbata y a los vecinos especuladores.

A los opositores conversos que hoy posan con ministros. Y a los ministros que ayer fueron dirigentes de izquierda y hoy son socios de los peores capitalistas de nuestra historia.

Todos.

Cada uno con su piedra en la mano y su pecado debajo del saco.

Lo que necesitamos no es otro liderazgo carismático ni otra alianza reciclada.

Necesitamos decencia.

Necesitamos mirarnos al espejo sin maquillaje, sin máscaras, sin consignas, sin excusas.

Y preguntarnos, de frente, sin paños tibios:

¿Qué hicimos para llegar hasta aquí?

Y más aun:

¿Qué estamos dispuestos a dejar de hacer para no seguir en este infierno elegante y funcional?

No se trata de esperar al próximo redentor.

Ni de simular esperanza.

Se trata de asumir la culpa, de mirar a los ojos al desastre y decidir —aunque duela, aunque arda— que no todo está perdido mientras quede alguien que no aplauda.

Si el país vuelve a pararse sobre sus ruinas, no será por los que gritan, ni por los que mandan, sino por ese puñado de tercos, honestos y porfiados que aún creen que la dignidad no es una palabra exiliada. Y que decidieron, al fin, dejar de aplaudir alrededor de las urnas de este eterno funeral democrático.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Fuente de TenemosNoticias.com: runrun.es

En la sección: Opinión archivos – Runrun.es: En defensa de tus derechos humanos

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