El cine comunitario que conecta a Cereté con Kenia y Bangladés

En un campo de refugiados en Kakuma, Kenia, en el oriente africano, decenas de personas se sientan frente a una pantalla inflable. Lo que ven no es un clásico del cine, sino el cortometraje animado Keradó, de Andrés y Diego Castillo, sobre la aventura de una niña emberá katío.
A cientos de kilómetros, en barrios de Ibagué y Cereté, o en la vereda Tierra Grata, a media hora de Valledupar, las personas miran Crops of Solidarity, la historia de una familia rohinyá que preserva su cultura campesina en medio del hacinamiento del campo de refugiados de Kutupalong, en la ciudad de Cox’s Bazar (Bangladés).
Con esos intercambios culturales funciona el Festival Internacional de Cine Comunitario-Historias en Kilómetros, que se alza como un puente inesperado que conecta a poblaciones de Colombia, África y Asia a través del lenguaje cinematográfico.
La iniciativa nació en 2020, cuando un grupo de colombianos, que dos años antes había creado Historias en Kilómetros (HEK), decidió llevar el cine más allá de los salones tradicionales y las universidades. Como asegura Nicolás Cuéllar, cineasta y uno de los codirectores de HEK, el propósito no era “entregar herramientas y que cuando nos fuéramos el cine se volviera una anécdota, sino que se volviera una forma de vida”.
El proyecto empezó enfocado en formar a las comunidades para hacer cine, después se buscó que produjeran y, finalmente, que se difundiera su cine, creado desde sus territorios: Historias en Kilómetros es el puente, pero cada lugar tiene como anfitriones a cineastas que hacen parte de estas comunidades”, resaltó.
Según el codirector, desde Historias en Kilómetros se desarrolló “una metodología de formación de un año entero de reuniones virtuales. Y la primera entidad que le creyó a esta formación fue la Comisión de la Verdad. Ahí empezamos. Somos parte del legado de la Comisión de la Verdad”.
Uno de los cortometrajes realizados con el apoyo de esta entidad estatal es Damián y Catalina, creado por el colectivo de mujeres Renacientes, en Buenos Aires, Cauca. De acuerdo con la Comisión de la Verdad, esta producción muestra cómo el conflicto armado intensificó la tensión entre comunidades indígenas y afrodescendientes.
A través de la leyenda de dos cerros –Catalina y Damián–, narra la unión de una mujer indígena y un hombre afrocolombiano que, pese a sus diferencias culturales, representan la defensa conjunta del territorio y de la vida.
Si bien la Comisión de la Verdad buscó el esclarecimiento del conflicto armado interno en Colombia, a través del apoyo a este tipo de iniciativas logró llevar mecanismos de construcción de paz a otros países del mundo que se enfrentan a escenarios similares.
De formar a difundir
Cuando Historias en Kilómetros nació como “un laboratorio de formación”, no esperaban que la metodología enseñada a las comunidades fuera más allá de generar cortometrajes. Sin embargo, dio como resultado cineastas comunitarios capaces de realizar producciones profesionales. “Después de nuestra formación, los equipos que juntamos en 2019 hoy son los anfitriones del festival”, explicó Cuéllar.
Al convertirse en un laboratorio de difusión comunitaria, “nació la necesidad no solo de seguir haciendo cine y mostrándolo en las comunidades, sino de reunir a los equipos locales alrededor del sur global para celebrar el cine comunitario”. La primera edición se pensó desde 2020 y se materializó en 2023, en la serranía del Perijá.
De allí surgió la idea de hacerlo cada dos años. El evento tiene tres áreas principales: la defensa y la protección del territorio y la biodiversidad, la resistencia cultural y pacífica frente al conflicto social y armado y los cortos para niños sobre construcción de paz.
A las diferentes comunidades se ha llegado porque está buscando a grupos de personas en lugares “históricamente invisibilizados”, que quieran contar sus historias a través del cine. Diferentes organizaciones han ayudado al colectivo colombiano a entender el contexto de cada región a la que quieren llegar, pero ellos son quienes juntan a los equipos locales para empezar su formación.
Eso genera la sensación de que no hay esperanza, por
eso el festival Historias en Kilómetros busca ser una fiesta para volver a creer
Nicolás Cuéllar
CODIRECTOR DE HISTORIAS EN KILÓMETROS.
Debido a la colaboración con Community Arts Network, organización aliada de la Comisión de la Verdad, Historias en Kilómetros llegó al campo de refugiados de Kakuma (Kenia). La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) indica que este se estableció en 1992, con diferentes flujos de refugiados provenientes de Etiopía, Sudán y Somalia. Hoy es una de las sedes del Festival.
Para llegar a Cox’s Bazar (Bangladés), se contó con el apoyo de la Coalición Internacional de Sitios de Conciencia, también aliada a la Comisión de la Verdad. En ese lugar existen alrededor de 150.000 refugiados rohinyás que huyen de la persecución en su país natal, Birmania. Los campos ubicados en esta región hacen parte de los lugares con mayor densidad poblacional del mundo, según la Acnur.
Allí, los habitantes han dicho al equipo de Historias en Kilómetros que “cada día es una lucha”. Eso, de acuerdo con el cineasta, “genera la sensación de que no hay esperanza. Por eso, así como lo hacen en África y en Colombia, Historias en Kilómetros busca que el Festival sea una fiesta para volver a creer”.
Las comunidades
Los lugares donde se realiza el festival enfrentan diferentes problemáticas, relacionadas principalmente con la pobreza y la violencia. “La sensación de desesperanza elimina la posibilidad de pensar en un futuro en el que no solamente se pueda sobrevivir, sino vivir dignamente. Así nace la necesidad de volver a creer que sí se puede, y que el arte puede ser una herramienta para la construcción de vida digna”, comentó Cuéllar.
El codirector también leyó algunos de los testimonios de las comunidades, que se refirieron a cómo el cine comunitario es “escudo y espada”, que les ha mostrado “la posibilidad de tener una vida lejos de sus países” y que “es una forma de volver a creer en la vida y, sobre todo, en la vida digna”. Por eso, el cineasta resaltó el lema del festival, la “fiesta para volver a creer”.
Se refirió al trabajo del colectivo como un ejercicio hecho “desde la empatía”, en el que es fundamental aprender a escuchar a las comunidades que son diferentes, pero, a la vez, comparten características bajo el término del sur global. Este se utiliza para referirse a los países en vías de desarrollo como Colombia, Kenia o Bangladés.
Por eso esta edición del festival se denomina Sur a Sur. “La sensación de que no estamos solos en nuestros problemas es lo que logra el cine comunitario. Porque no son otras personas las que cuentan las historias, sino las comunidades, que nos enseñan cómo ellas quieren ser contadas”.
Al preguntarle si trabajan con líderes sociales, el codirector respondió que siempre lo hacen con equipos; es decir, nunca se concentran en una sola persona. En la naturaleza de Historias en Kilómetros no hay un líder, sino que prima el trabajo en equipo, y con cada comunidad buscan “fortalecer la fuerza colectiva”.
El equipo de esta organización ha llegado a lugares donde la gente no tiene ninguna formación audiovisual . “Por eso les enseñamos desde usar sus celulares hasta volverse cineastas profesionales (…), un celular es más que suficiente para contar una historia que cambie el mundo”, dice el codirector, emocionado.
Cuéllar también resaltó este proyecto como una ruptura con la “narrativa tradicional”, en la que “el cine se considera un arte de mucho privilegio”. Señaló: “No puedes hacer cine si no tienes acceso a una excelente cámara ni a la última tecnología, y es eso contra lo que estamos luchando”.
El festival construye otra narrativa en la que “ya no se requieren los grandes estudios para hacer cine”. De hecho, las pantallas inflables y los equipos que se llevan a los territorios se quedan allí para que las comunidades sigan proyectando cine.
Los contenidos pueden verse a través de las redes sociales o la página web de Historias en Kilómetros. No obstante, no serán proyectados en las grandes ciudades, debido a la apuesta de que sea un festival descentralizado. “Insistimos en que la narrativa tradicional conozca los lugares de donde nacen estas historias. Entonces, este cine comunitario se celebra en las comunidades”, explicó el codirector.
Y cerró diciendo que, para el colectivo, el cine comunitario no tiene como objetivo la denuncia, sino la generación de empatía sobre una realidad, así los equipos previenen riesgos. “Esa empatía que logra cambiar el mundo también protege al cineasta, porque no está haciendo denuncia”, concluyó.
ESTEBAN MEJÍA SERRANO – ESCUELA DE PERIODISMO MULTIMEDIA EL TIEMPO
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
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