energía abundante y barata para desencadenar la superinteligencia artificial

Pekín tiene claro que la inteligencia artificial (IA) tiene el potencial para cambiar el mundo. Por ello, desde el Gobierno chino se han puesto como objetivo que las empresas nacionales puedan alcanzar un papel predominante en esta rama tecnológico que aún hoy necesita ingentes cantidades de energía, sobre todo si china no tiene acceso directo a los chips más avanzados y eficientes. Para ello, Pekín va a derribar los precios de la electricidad para los grandes centros de datos que sirven para hacer funcionar y entrenar a la inteligencia artificial. Cuanto mejor funcionen estos centros, mayor y más eficiente será el entrenamiento de IA obteniendo unos resultados que no son lineales, sino que se multiplican.
De este modo, China está incrementando las subvenciones destinadas a reducir hasta en un 50% las facturas energéticas de algunos de los mayores centros de datos del país, según informa el Financial Times citando a fuentes conocedoras del asunto. Los gobiernos locales han reforzado los incentivos para apoyar a los gigantes tecnológicos chinos como ByteDance, Alibaba y Tencent, que se han visto afectados por el fuerte encarecimiento de la electricidad tras las restricciones impuestas por Pekín a la compra de chips de inteligencia artificial de Nvidia.
El coste y la cantidad de la electricidad esuna de las barreras más importantes a las que se enfrentan estos centros de datos, que son el punto de salida para alcanzar el dominio de la IA y llegar a la superinteligencia artificial, que permitirá cambiar el mundo tal y como hoy lo conocemos. Pekín se ha convertido en el mayor ‘electro-estado’ del mundo con una gran producción de energía a través de las renovables, la hidroeléctrica, la nuclear y otras fuentes. Ahora, esa inmensa cantidad de energía se va a destinar, en parte, al desarrollo de la IA para competir con EEUU.
Estas medidas buscan aliviar los costes operativos de las grandes compañías digitales y aumentar la competitividad del sector tecnológico nacional, en un momento en que China intenta desarrollar sus propios procesadores avanzados ante las sanciones estadounidenses. Los subsidios energéticos, que se suman a otros programas de apoyo industrial, reflejan la apuesta de Pekín por garantizar que las empresas de inteligencia artificial y computación en la nube puedan seguir expandiendo su capacidad pese a las limitaciones en el acceso a tecnología extranjera.
China es una gigante de la energía
China quiere aprovechar así su vasta generación de energía. Wood Mackenzie pronosticaba hace unos meses queChina estaba dando el gran sorpasso energético a EEUU, ese sorpasso energético va a ser clave para desatar todo el potencial de la IA: «Esperamos que su producción (la de EEUU) de energía baja en carbono aumente aproximadamente en la misma cantidad en términos de energía equivalente. Sin embargo, a escala global, el crecimiento estadounidense en tecnologías bajas en carbono está siendo significativamente superado por el de China«, advierte estos expertos. Esto dará cierta ventaja a China, que ya es el mayor productor de energía del mundo.
«Con su rápido progreso en vehículos eléctricos (VE), almacenamiento en baterías, energías renovables y energía nuclear, China ha demostrado que es posible construir un ecosistema energético alternativo, aunque aún dependa en gran medida del carbón. La preocupación por el cambio climático puede haber quedado relegada a un segundo plano en la agenda política de muchos países, pero a medida que vuelve a cobrar protagonismo, el potencial de descarbonización en este ecosistema alternativo podría otorgar a China una ventaja competitiva«, explican estos expertos. En términos de energía nuclear, Pekín ha logrado levantar en 10 años la misma capacidad que a EEUU le llevo 40. Este ritmo permitirá a China alimentar de energía barata y abundante los centros de datos que dan vida a la IA.
Los centros de datos son la clave
Los centros de datos son la base física que permite que la inteligencia artificial (IA) funcione. En ellos se concentran miles de servidores y chips especializados, capaces de procesar grandes volúmenes de información a velocidades altísimas. Cuando se dice que una IA «aprende», en realidad lo hace dentro de estos centros: allí se entrenan los modelos mediante el análisis de millones de ejemplos —imágenes, textos o sonidos— hasta que detectan patrones y son capaces de generar respuestas por sí mismos. Sin esta infraestructura, el desarrollo actual de la IA sería imposible. Los dirigentes chinos saben que sin centros de datos potentes y competitivos, la carrera por la IA y la superinteligencia artificial (el siguiente paso de la IA) está perdida.
Además de entrenar los modelos, los centros de datos cumplen una segunda función esencial: almacenar y gestionar los datos que sirven de materia prima para el aprendizaje. Todo lo que la IA necesita —desde bases de datos lingüísticas hasta registros visuales— se guarda en sus sistemas. Cada vez que un usuario pide a una IA que traduzca una frase, cree una imagen o escriba un texto, la solicitud viaja hasta un centro de datos, donde los servidores procesan la petición y devuelven la respuesta en segundos. Este proceso exige una potencia computacional enorme y un consumo energético creciente, motivo por el que los gobiernos y las grandes tecnológicas están subvencionando sus costes eléctricos, como ocurre ahora en China.
Otro pilar es la ejecución o inferencia: cuando un modelo ya está entrenado, sigue necesitando centros de datos para funcionar y evolucionar. Cada interacción con los usuarios genera nueva información que puede ser analizada y, con el tiempo, incorporada a futuras versiones del modelo. Así, los centros de datos no solo son el aula donde la IA aprende, sino también el laboratorio donde se perfecciona y el entorno donde opera a escala global.
La superinteligencia artificial
La llamada superinteligencia artificial podría alcanzarse si estos sistemas logran integrar una capacidad de razonamiento general superior a la humana. Para llegar a ese punto se necesitarían tres ingredientes: modelos mucho más complejos, una infraestructura computacional miles de veces más potente que la actual y una autonomía de aprendizaje verdaderamente adaptativa. En otras palabras, una IA que no solo aprenda de datos, sino que sea capaz de formular hipótesis, experimentar y mejorarse a sí misma sin intervención humana directa.
Si la humanidad alcanza esa superinteligencia, el impacto sería comparable —o superior— al de la revolución industrial o al descubrimiento de la electricidad. Esta tecnología podría resolver problemas globales como el cambio climático, las enfermedades o la pobreza, pero también plantear riesgos existenciales si no se controla su alineación con los valores humanos. En el mejor de los escenarios, cambiaría el mundo multiplicando la productividad, acelerando la ciencia y abriendo una nueva era de conocimiento; en el peor, podría escapar a nuestro control. Por eso, el debate sobre cómo se desarrolla y regula la IA no es solo técnico, sino profundamente ético y político. Si Reino Unido fue el eje de la Revolución Industrial y EEUU el de la revolución de internet… China quiere ser el eje de la revolución de la inteligencia artificial.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es
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