El día que desperté debajo de un puente supe que había tocado fondo. Hoy llevo 15 meses sobrio

#CómoSalíDe es un formato de historias reales y anónimas de personas que atravesaron momentos difíciles y lograron salir adelante. No son celebridades ni figuras públicas, son voces que se abren para inspirar a otros que quizás hoy están en el mismo lugar del que ellos salieron. ¿Quiere contar su historia? Envíela a [email protected]
Empecé a tomar a los 31 años. No recuerdo el momento exacto en que el alcohol dejó de ser una distracción y se volvió una necesidad, pero pasó rápido. Al principio era solo una cerveza para relajarme después del trabajo. Luego vino otra, y otra. En cuestión de meses, el licor estaba en cada momento de mi vida: en las celebraciones, en los días malos y, más tarde, también en las mañanas.
Me casé joven. Con mi esposa compartí casi dos décadas. Tuvimos una hija, muchos sueños, y durante un tiempo pensé que todo iba a estar bien. Pero cuando el alcohol se instaló en mi rutina, lo empezó a arrasar todo: las conversaciones, la confianza, la familia.
Hasta que una noche, después de una borrachera que casi me cuesta la vida, mi pareja decidió irse. Foto:(GPT Tiempo Visual, 2025)
Ella me pidió una y otra vez que buscara ayuda. Me esperó más de lo que cualquiera habría hecho. Hasta que una noche, después de una borrachera que casi me cuesta la vida, decidió irse. No la culpo. Yo tampoco me habría quedado conmigo.
Después de eso, la caída fue lenta pero constante. Perdí el trabajo. Los amigos se fueron. Volví a la casa de mis papás, jurando que iba a cambiar, pero cada promesa se deshacía en el primer trago. Cuando me echaron, empecé a dormir donde podía: en sofás prestados, en cuartos de conocidos, hasta que ya nadie quiso abrirme la puerta.
A los 37 años terminé viviendo en la calle. No en un albergue, sino en la calle: bajo un puente, con un cartón por colchón y un pedazo de cartulina pidiendo monedas. Me daba vergüenza verme, pero no sabía cómo salir.
El alcohol ya no me calmaba. Probé las drogas, y ahí terminé de perderme. Mi salud se vino abajo. Mi corazón empezó a fallar y, entre hospitalizaciones y detenciones, la vida me fue pasando por encima. Mi hija creció lejos. Mi familia dejó de contestar el teléfono. Yo era un fantasma con nombre.
Hace 15 meses, con el cuerpo destrozado y sin nada más que perder, entré por última vez a un centro de desintoxicación. No fue una decisión heroica. Fue instinto de supervivencia. Pero esa vez no me fui antes de tiempo. Aguanté. Lloré. Escuché. Y cuando salí, fui a una comunidad de rehabilitación donde encontré algo que hacía años no sentía: silencio.
A los 37 años terminé viviendo en la calle. Foto:(GPT Tiempo Visual, 2025)
Desde entonces, cada día ha sido una reconstrucción lenta, como levantar una casa después de un incendio. Conseguí un trabajo sencillo, pero honesto. Volví a pagar mis cuentas, a dormir bajo un techo, a comer tres veces al día. He bajado más de 30 kilos, mi salud mejora, y aunque mi hija todavía no me habla, sé que algún día lo hará.
No soy rico ni tengo una vida perfecta, pero tengo paz. Trabajo ayudando a otros que están en lo mismo que yo estuve. Les cuento que uno puede perderlo todo y aun así tener la oportunidad de volver a empezar.
Hoy, cada vez que despierto y sigo sobrio, sé que gané.
Porque la verdadera victoria no fue dejar el alcohol. Fue recuperar las ganas de vivir.
Más noticias en EL TIEMPO
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Cultura
También te puede interesar




