sacó beneficio de empresas en un sector con certificado de defunción

Justo hace dos años murió Charlie Munger, el inseparable socio y amigo de Warren Buffett. El vicepresidente de Berkshire Hathaway fue genio y figura hasta la sepultura y su chispa inversora llegó al último aliento. El legendario inversor mantuvo el factor sorpresa intacto. Munger tenía pensado pasar sus últimos años de vida cerca del mar, en la población costera de Montecito, en California.
El vicepresidente de Berkshire Hathaway había diseñado toda la urbanización cerrada, a la que los vecinos llamaban Mungerville, pero al final decidió seguir viviendo en su casa de siempre, en Los Ángeles. Munger prefería mantener contacto con sus allegados y revisando informes de compañías.
No por nada había construido mano a mano con Buffett una compañía como Berkshire Hathaway hasta convertirla en una cotizada de un billón de dólares. Munger era vicepresidente de la compañía, pero también amigo, confidente y consejero del Oráculo de Omaha. Buffett siempre insistía en que las decisiones de los dos eran perfectamente «intercambiables» dentro de Berkshire.
Pese a ello, en los últimos años la comunicación entre ellos se había complicado. Munger estuvo menos involucrado con Berkshire Hathaway, a pesar de una participación en la empresa valorada en 2023 en 2.200 millones de dólares. Los dos hablaban por teléfono por lo menos una vez a la semana. Buffett vive en Omaha, Nebraska, y Munger residía en Los Ángeles. Y los dos tenían problemas de audición.
«Se gritaban entre ellos», recuerda Whitney Jackson, esposa del nieto de Munger, en las páginas de The Wall Street Journal, recordando la figura del legendario inversor. «Las conversaciones seguro que eran confidenciales, pero se oían a millas de distancia», explica la nieta política.
Munger siguió destapando su tarro de las esencias y viendo oportunidad de negocio, donde otros pasaban de largo. Desde que entró en 1978 en Berkshire Hathaway, había afinado su instinto de inversiones a empresas de calidad, dejando de lado inversiones más agresivas e instintivas. El último año antes de su muerte, Munger invirtió en compañías de carbón, ganando 50 millones de dólares, desvela el periódico.
Hacía más de seis décadas que Munger no había tocado el sector y en 2023, prácticamente, el negocio del carbón tenía el certificado de defunción tras la vida extra vivida tras la invasión rusa a Ucrania un año antes. En mayo de 2023, compró acciones de la minera de carbón Consol Energy. Más adelante ese mismo año, adquirió títulos de Alpha Metallurgical Resources, que produce carbón para la industria siderúrgica. Para cuando Munger murió, Consol había duplicado su valor. Alpha también se había disparado.
«Leía muchos artículos sobre el carbón, que decían que estaba acabado, pero decía paparruchadas», comenta Hal Borthwick, el hijastro de Munger, y muy cercano a su fugura en sus últimos años de vida. El uso del carbón lleva en declive desde hace años, pero muchos productores seguían siendo rentables y cotizaban a múltiplos muy bajos. El carbón seguiría siendo necesario a medida que creciera la demanda energética mundial, argumentaba Munger ante amigos y conocidos.
Pese a que había dado un paso al lado en el día a día de Berkshire Hathaway. Seguía siendo consejero y fanático del gigante minorista Costco, con una participación valorada en unos 100 millones de dólares en el momento de su muerte. También, invirtió en Himalaya Capital, el fondo de Li Lu, y en firmas de inversión más pequeñas en Boston y Melbourne. Y no paraba de darle vueltas a la inteligencia artificial. Se preguntaba si la Ley de Moore iba a ser aplicable a la nueva tecnología. En los chips, el axioma funciona de la siguiente manera: cada vez procesan a mayor velocidad y con menor coste, de manera exponencial.
La tecnología le interesaba, pero sin perder de vista el sector inmobiliario. Munger hizo otra inversión poco habitual para un octogenario y poco conocida. Empezó en 2005, cuando Munger tenía 81 años y un vecino de 17 años, Avi Mayer, llamó a la puerta de su casa de toda la vida, en el barrio de Hancock Park, en Los Ángeles. Mayer le llevó como obsequio un volumen en hebreo que contenía los Cinco Libros de Moisés. «Había leído cosas sobre él y pensé que era judío», cuenta Mayer. Munger no era judío, pero aquel gesto les unió.
Mayer tenía problemas en el instituto. Luchaba con un TDAH y estaba desanimado sobre su futuro. No iba a ir a la universidad. Mayer empezó a pasar tiempo con Munger. «Escuchaba mis problemas y hablaba de principios vitales y de valores personales», cuenta Mayer a The Wall Street Journal.
Munger contaba a otros que apreciaba la inteligencia y la ambición de Mayer. Apoyó al joven cuando este se planteó saltarse la universidad, diciéndole que podía ir en su lugar a la Universidad Munger. Y eso fue lo que hizo Mayer. Cuando Mayer se asoció con un amigo de la infancia, Reuven Gradon, para invertir en inmobiliario, Munger estudió sus primeros movimientos. Unos años después, se ofreció a respaldar a los dos jóvenes y a su empresa, Afton Properties. «Os voy a graduar», les dijo. A partir de aproximadamente 2017, los tres fueron comprando cerca de 10.000 apartamentos en complejos residenciales de baja altura y zonas ajardinadas en el sur de California, hasta convertirse en uno de los mayores propietarios de este tipo de bloques bajos en el estado.
En los años previos a su muerte, Munger se involucró en prácticamente todos los aspectos del negocio: elegía barrios, analizaba las obras, incluso opinaba sobre colores de pintura. Tenía un interés especial por los detalles de jardinería y paisajismo, insistiendo en complejos de baja densidad y en que la empresa gastara cientos de miles de dólares en plantar árboles nuevos, cuenta Mayer, hoy con 37 años.
Munger animó a Mayer y Gradon a contratar deuda a muy largo plazo, cuando muchos inversores inmobiliarios preferían préstamos a corto que pudieran refinanciar rápido, convencido de que asegurar tipos de interés favorables y mantener los activos durante años era la vía para ganar dinero.
La jugada ha funcionado: los activos de Afton están valorados hoy en unos 3.000 millones de dólares. Munger siguió implicado hasta el final, ayudando a negociar la compra de un edificio en Santa Maria (California), operación que se cerró pocos días después de su muerte. El inmueble estaba justo enfrente de un nuevo megacentro de Costco, lo que lo hacía especialmente atractivo para Munger.
Eligió pasar más tiempo con amigos. Cada martes se reunía con media docena de socios de negocios y otras personas para desayunar, casi siempre en el Los Angeles Country Club. El grupo solía llegar a las 7:30 de la mañana y las tertulias podían prolongarse durante horas. Hablaban de inversiones, se lanzaban pullas y compartían chistes. Entre los habituales estaban los inversores John Hawkins y John Conlin, el presidente de Uber, Ron Sugar, y más tarde Bobby Kotick, el ex consejero delegado de Activision. Robert Bradway, CEO de Amgen, se dejaba caer de vez en cuando. Munger, en la cabecera de la mesa, contaba historias y exponía sus filosofías.
De joven, Munger era gruñón, sarcástico y mordaz. Con los años se convirtió en una persona más reflexiva y cálida. «A mi edad, o haces nuevos amigos, o te quedas sin amigos», solía comentar en los desayunos, pero sin perder su colmillo afilado. Cuando un alto ejecutivo de Ford se sumó un día a los encuentros, sorprendió a todos repasando de memoria la rentabilidad del grupo por producto. «No sé por qué os empañáis en fabricar coches». La mayor parte de beneficios de Ford proviene de camionetas y vehículos industriales.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es
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