Unos nuevos “roaring twenties” entre norte y sur

Cuando Donald Trump fue electo para un segundo mandato hace un año, aventuré varios atisbos de cómo podía ser esta presidencia estadounidense, tanto en su propio país como en el resto del planeta. Tengo la sana costumbre de admitir públicamente mis errores, así que hoy es una buena oportunidad para reconocer que uno de mis augurios formulados en aquel entonces estaba equivocado.
Dije que Trump manifestaría el mismo poco interés en Latinoamérica que caracterizó su primer mandato. De esa forma continuaría una tendencia que, en honor a la verdad, él no empezó, sino que había sido muy propia de sucesivos gobiernos estadounidenses, tanto republicanos como demócratas, muy propia de la era post Guerra Fría. La democratización de los vecinos del sur, así como el colapso del polo comunista internacional, hacían innecesaria la atención prestada en décadas previas. E incluso si había retrocesos en materia democrática (y vaya que los hubo en varios casos), de todas formas Washington tenía otras prioridades, como la lucha contra el terrorismo en el Medio Oriente y la contención de China como potencia emergente en el Pacífico.
Pensaba que Trump, motivado además por el aislacionismo del movimiento MAGA, seguiría este patrón hasta cierto punto, y que en todo caso su interés en Latinoamérica se limitaría a la noción de fuente de inmigrantes indeseables, para lo cual tomaría medidas mucho más relacionadas con el control fronterizo que con la política exterior. ¡Ese fue mi gran error!
En realidad, el actual morador de la Casa Blanca ha mantenido una actividad considerable en este hemisferio. Una que al parecer pone en entredicho las suposiciones previas sobre el aislacionismo de Trump. Lo que indica es que, en vez de procurar el retiro pleno de Estados Unidos con respecto a los asuntos globalizados y una suerte de versión suavizada del hermetismo del Japón Tokugawa, Trump quiere regresar a la era de la geopolítica dura entre grandes potencias. A los tiempos de “zonas de influencia” (una expresión que pudiera pasar por eufemismo para “imperios”), anteriores a la consagración de internacionalismo liberal como norte del concierto de naciones, con el respeto a la soberanía territorial e intangible de cada Estado y la cooperación entre los mismos como piedra angular. Digo “norte” porque el ideal nunca se ha concretado del todo. Piénsese, verbigracia, en las zonas de influencia de la Guerra Fría. Pero con un Vladimir Putin decidido a tragarse a Ucrania y un Xi Jinping decidido a hacer de China el hegemón de Asia y el Pacífico, quizá ya ni puede hablarse de un ideal. Tal vez Trump tenga en mente un reparto tripartito del globo en zonas de influencia para Rusia, China y Estados Unidos.
En esa visión, sin duda preocupante para los países más débiles, Latinoamérica sería la zona de influencia natural para Washington. Nihil novum sub sole. Desde principios del siglo XIX, en Estados Unidos ha aflorado una escuela de pensamiento internacional por la cual él debe ser el país dominante en este lado del planeta y que las demás potencias no tienen nada qué buscar por estos lares. Esa es la Doctrina Monroe, nombrada por quien fue apenas el quinto mandatario de la república norteamericana, quien gobernó cuando las repúblicas hispanoamericanas consolidaron su independencia.
Pues bien, ahora, según un artículo reciente de The New York Times, se habla de una “Doctrina Donroe”, esbozo de lo que ha sido hasta ahora la política del segundo gobierno de Trump hacia el resto del continente americano y que refleja, con ciertas deformaciones, el ideario del que es paronomasia. Las primeras señales estuvieron marcadas por la obsesión de Trump con transmitir fortaleza y voluntad implacables, al punto de incurrir en conductas ridículas. Así, el presidente de Estados Unidos de pronto empezó a soltar alegremente amenazas de obtener el control de Groenlandia, así hubiera que arrebatársela a Dinamarca, y de recuperar para Washington la soberanía sobre el canal de Panamá. Pareciera que Trump perdió el interés en lo primero, pues desde hace meses no habla de la gigantesca isla ártica. En cuanto al istmo, parece haberse conformado con algunas concesiones del gobierno panameño en pro de los intereses norteamericanos en el canal y en contra de los chinos.
Después vinieron más indicios. Antes de examinarlos, no obstante, haré una analogía centenaria. “Aislacionismo” es una palabra que en Estados Unidos remite con frecuencia a los años 20 del siglo pasado. Pero esa noción siempre me ha parecido bastante eurocéntrica. Lo que hizo Washington fue retraerse con respecto al Viejo Continente. Luego de la Primera Guerra Mundial, la conclusión predominante entre las elites políticas norteamericanas fue que intervenir en dicho conflicto fue poco o nada provechoso para su país, por lo que a partir de entonces convendría dejar los asuntos de Europa a los europeos. Que resolvieran ellos solos sus problemas, si los volvía a haber. Sabemos que eventualmente el ascenso del fascismo acabó con tal actitud.
Pero volvamos a los roaring twenties. Mientras aquello ocurría en el Atlántico, en el Caribe se veía algo muy distinto. Estados Unidos mantuvo un constante intervencionismo con respecto a sus vecinos meridionales. En 1924, se inmiscuyó en una guerra civil en Honduras. Hasta ese mismo año ocupó militarmente República Dominicana. También tenía tropas en Haití y Nicaragua. En rigor, las intervenciones en Nicaragua y a ambos lados de La Española comenzaron en la década previa. Podemos incluso decir que, obviando la Guerra Mexicano-Estadounidense, la era de gran proyección norteamericana hacia Latinoamérica se remonta a finales del siglo XIX. Sobre todo, a partir de la guerra con España y la consiguiente transformación de Cuba en un satélite de Washington con poca independencia real y la de Puerto Rico en un territorio ultramarino de Estados Unidos. Asimismo, la separación de Panamá con respecto a Colombia no hubiera sido posible sin que la nueva república contara con protección militar norteamericana, con miras a la construcción y control de un canal interoceánico.
En todos estos casos, la motivación de las intervenciones fue la salvaguarda de intereses nacionales de Estados Unidos (intereses que no siempre coincidían con los de los países intervenidos y a veces eran hasta antagónicos, pero esa es otra discusión). En lo que difiere la doctrina Monroe con respecto a la “Doctrina Donroe” es que a menudo es difícil distinguir dónde termina el interés nacional de Estados Unidos y dónde empieza el interés privado de Trump. Las motivaciones de sus injerencias frecuentemente han estado marcadas por caprichos ideológicos y hasta personales.
Aquellos gobiernos que se alinean con la Casa Blanca se ven recompensados. Javier Milei ha sido un aliado constante de Trump desde que llegó al poder. Voilà. Pese a que Trump se ha identificado muy enfáticamente a sí mismo como un mandatario dispuesto a minimizar las ayudas internacionales para así maximizar la inversión en el bienestar de los estadounidenses, de pronto anunció un rescate a la economía argentina.
Tenemos también la situación en El Salvador. Por años, fiscales norteamericanos estuvieron investigando las actividades de pandilleros salvadoreños presos en Estados Unidos y, entre otras cosas, hallaron indicios de un supuesto pacto entre las pandillas y el ejecutivo de Nayib Bukele. Pues resulta que Trump ha estado maniobrando para poner fin a esas pesquisas, pese a todo el esfuerzo previo de los fiscales, y que los delincuentes sean deportados a su país, donde Bukele con toda seguridad les hará callar cualquier posible revelación incómoda. Esto, desde luego, no fue gratis. A cambio, Bukele recibió en su infame cárcel para terroristas a unos 250 venezolanos acusados por el gobierno de Trump, en la gran mayoría de los casos sin pruebas ni debido proceso, de ser matones.
Pasa lo contrario con los gobiernos que Trump ve con malos ojos. Miren nada más su contrapunteo infantil con Gustavo Petro, en el que ambos han actuado como adolescentes peleando en un patio de recreo, en vez de representantes de sus respectivos Estados. Washington sí tiene una inquietud legítima en cuanto al tráfico de cocaína que sale de Colombia. Pero me parece que la reacción de Trump, incluyendo a Petro en una lista de narcotraficantes, es desproporcionada y absurda (lo digo como alguien que no profesa simpatía alguna por el presidente de Colombia). Parece más una respuesta pueril y caprichosa al igualmente pueril y caprichoso afán de Petro de criticar al gobierno estadounidense como si fuera, no un jefe de Estado, sino un activista juvenil de izquierda.
Mucho más elocuente fue la situación en Brasil. Trump les impuso unos aranceles absurdamente altos a las importaciones brasileñas, para así presionar a las autoridades judiciales de ese país que llevaban el proceso contra el expresidente Jair Bolsonaro, acusado de golpismo. Evidentemente, no había ningún interés nacional estadounidense en el cálculo. Solo la afinidad ideológica entre Trump y Bolsonaro. También es este el caso en el que a las pretensiones de Trump les ha ido peor. Acaso por el tamaño de Brasil, su estatus como potencia regional y alianzas comerciales alternativas con China y otros países, los jueces brasileños no se doblegaron: Bolsonaro acaba de ser condenado a 27 años de cárcel. Entretanto, Trump parece haber desistido. Luego de conversaciones amistosas con el presidente Lula da Silva, los aranceles a Brasil fueron reducidos.
Lo que podemos concluir de todo esto es que la política exterior de Estados Unidos bajo la égida de Trump nos lleva a unos nuevos roaring twenties, justamente en los años 20 del siglo XXI. Es evidente que Trump quiere poner fin a la guerra en Ucrania lo más pronto posible y desentenderse de ese asunto. Es posible que quiera desentenderse de la seguridad y defensa de Europa, tal como sus predecesores de la jazz age. Pero mientras tanto, y de nuevo tal como los referidos predecesores, el intervencionismo en Latinoamérica es amplio, ‘à la’ manera de Trump.
Posdata: por estos días, la presente columna cumple ni más ni menos que diez años. Aprovecho para agradecer de corazón a todo el que la haya leído así sea una sola vez. También a todo el equipo de Runrunes por el espacio. Por haberme permitido expresarme en su portal todo este tiempo, sin exigencias ni censuras. A todos, mil gracias.
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En la sección: Opinión archivos – Runrun.es: En defensa de tus derechos humanos
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