La escena se repite una y otra vez en las pantallas del celular. El hombre camina por la ciudad, ve a una mujer sola, la sigue unos pasos y se acerca con una sonrisa ensayada. Se hace llamar Pablo González y asegura venir de España para ‘enseñar’ a conquistar. En Instagram ya reúne cientos de miles de seguidores. Y con el mismo teléfono con el que se graba, registra también las reacciones de quienes se cruzan con él.
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En un clip, le pide a una joven detenerse un momento porque quiere decirle “la verdad de su corazón”. En otro, compara el color de la ropa de una muchacha con “el mar de las Maldivas”, como si su comentario fuera un pase mágico hacia el romance. Pero en las miradas de ellas no hay interés. Hay sorpresa. Incomodidad. Ese gesto de querer salir corriendo sin hacerlo. La conversación que él presume como éxito, en la pantalla se siente como una invasión.
Críticas que se viralizan
Las publicaciones encendieron las redes casi de inmediato. Lo que para él parecía una estrategia de conquista se convirtió en ejemplo de lo que tantas mujeres denuncian a diario. “Eso no es coqueteo, es acoso”, escribió una joven en TikTok. Otra agregó que esa clase de “técnicas” solo generan miedo.
También hubo bromas, comentarios ácidos, gente diciendo que en Medellín nadie se impresiona con un acento europeo. Pero entre las risas aparecieron los testimonios reales de quienes han vivido situaciones similares en buses, parques y calles por las que solo querían pasar tranquilas.
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Además de las frases ensayadas, el influencer promociona una ‘masterclass’ en la que promete que cualquiera puede dejar de ser ‘el amigo’ para convertirse en ‘el hombre que ella desea’. Habla de romper miedos y leer señales en medio del caos urbano. Sin embargo, las mujeres que aparecen en sus videos no parecen estar dando señales de nada. Solo quieren caminar sin ser interrumpidas.
Cuando la línea se cruza
El debate volvió a encenderse en Colombia. Durante años se ha dicho que un piropo es una forma de admiración. Que se debe agradecer. Que es normal. Pero la normalidad no debería doler en el estómago.
El miedo no debería ser parte del camino. Foto:iStock
Según cifras del DANE, seis de cada diez mujeres en Bogotá han sido acosadas en el espacio público. Ocho de cada diez jóvenes cuentan algún episodio que prefieren no recordar. Muchas no denuncian por miedo a que las tilden de exageradas. Lo que pasa con este tipo de videos no es un juego. Es un recordatorio de un miedo que ya está demasiado presente.
En el Código Nacional de Seguridad y Convivencia ya se sancionan los actos de connotación sexual en espacios públicos. Incluso se han intentado impulsar leyes específicas contra el acoso callejero, como la más reciente aprobada por el Congreso que busca cerrar vacíos históricos. Pero la realidad avanza más rápido que las normas.
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El tema no es solo colombiano. En Alemania hace poco se reabrió la discusión para penalizar comentarios sexuales no deseados. El debate se está dando en el mundo entero. Porque la libertad de caminar sin temor no debería depender del país en el que se nace.
Una conversación que apenas empieza
Tal vez él crea que solo está grabando un ejercicio para su audiencia. Tal vez piense que está ayudando a otros a ‘perder el miedo’. Pero mientras sonríe a la cámara, al otro lado hay mujeres que se sienten observadas como si fueran un trofeo.
Comentarios no deseados que generan incomodidad. Foto:iStock
La ciudad ya tiene suficientes peligros como para sumar otro más. No es no. Y si no hay un sí claro, no hay juego, no hay coqueteo, no hay excusa. Lo que hoy se discute no es un video viral. Es el derecho de las mujeres a existir en la calle sin ser convertidas en contenido.