Craig Dyckers es el creador de la nueva Biblioteca de Alejandría en Egipto; hizo que los noruegos caminaran por encima del techo del edificio de la ópera y, entre otras maravillas, construyó el primer restaurante submarino de Europa, donde también se puede estudiar la vida marina. Craig Dykers nació en Alemania, pero no ha pasado mucho tiempo en Fráncfort, su ciudad natal; su papá fue cabo del Ejército de los Estados Unidos y su mamá una modista londinense. Vive en Brooklyn con su socia y esposa, Elaine Molinar, y coleccionan objetos diminutos. Vio desde un avión —antes de aterrizar de emergencia en un aeropuerto en Canadá— la tragedia de las Torres Gemelas y más tarde construyó el Pabellón del Memorial del 11 de Septiembre en la llamada Zona Cero. Es uno de los grandes arquitectos del planeta y tuvo esta charla con la Revista BOCAS.
A Craig Dykers le gusta ser parte del todo; cada que vez que aterriza en una ciudad trata de caminar desde el aeropuerto hasta su hotel. “Para muchos suena a una locura, pero siento que puedes ver la ciudad de una manera muy diferente cuando la caminas desde los bordes hacia adentro. Eso te dice mucho más que cuando simplemente te quedas con sus porciones más perfectas y utópicas. Ver capa tras capa las maravillas arquitectónicas que la conforman es asombroso”, cuenta con una delgada sonrisa que hace que sus ojos verdes se achiquen al recordar que, en Estados Unidos, ha caminado del aeropuerto de Charlotte al centro de la ciudad atravesando partes olvidadas con viejos edificios sin completar, estacionamientos vacíos y calles que de a poco se van organizando.
Quizás por eso viste simple. Le gustan los sombreros y las boinas, usa gafas con marco transparente y lente amplio que permiten divisar unas cejas propias de quien fue rubio alguna vez, y su barba, entre gris y cobre, se mantiene a ras perfilando el dibujo de una mandíbula firme. Habla sin prisa, como si las palabras fueran parte del aire que lo rodea, y suele vestir con pantalones neutros y camisas mao, de esas que se vieron por primera vez en la China imperial de los sesenta —en tiempos de Mao Zedong— y que se hicieron populares en occidente por los Beatles.
Craig Dyckers recorrió Bogotá. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Sin embargo, la sencillez de su apariencia contrasta con la grandeza de las obras de las que ha sido cocreador: la nueva Biblioteca de Alejandría en Egipto, inaugurada en el 2002 y con un costo aproximado de 230 millones de dólares, fue diseñada como un gran disco solar que se eleva desde el paseo marítimo con vistas al Mediterráneo, un área de 36.700 metros cuadrados y una pared exterior con inscripciones de 120 escrituras y alfabetos diferentes y, definitivamente, honra la mítica biblioteca del mundo antiguo que custodiaba más de 700.000 papiros y tenía como fin reunir todos los libros del mundo.
Verónica Orozco es la nueva portada de BOCAS. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS
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Su firma también está en la Ópera de Oslo, conocida por su diseño como un iceberg que emerge del fiordo, permitiendo caminar sobre su techo que se inclina suavemente hacia el agua creando un espacio público con una vista sinigual; o el Pabellón del Museo Memorial del 11 de septiembre en Nueva York en el que los visitantes pueden reflejarse en el agua que circula por entre las piscinas que alguna vez habitaron las Torres Gemelas y, como dijo un turista, “ver con el corazón”.
La lista no para. Dykers está detrás del Powerhouse Brattørkaia, el primer edificio con energía positiva del mundo en el Ártico; Under, el primer restaurante submarino de Europa, y del proyecto del Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara, que tendrá el jardín de azotea más biodiverso de toda América Latina.
Craig Dykers nació en Fráncfort, Alemania Occidental, en 1961, el año en el que empezó la construcción del Muro de Berlín y su ciudad se convirtió en símbolo de la libertad occidental al recibir oleadas de refugiados. Sin embargo, la mayor parte de sus 64 años los ha vivido fuera de Alemania. Su padre, Edward Dykers, nació en el desierto de Chihuahua cuando aún no había fronteras claras que impidieran pasearse entre México y Estados Unidos. Era pobre. Vivió en casas de acogida hasta que se hizo cabo del Ejército cuando apenas era un joven de 14 años y sirvió en unidades hospitalarias durante la Segunda Guerra Mundial, y luego en Corea y en Vietnam donde alcanzó el rango de sargento mayor. En la Londres de la posguerra conoció a Sibyl, la que sería la mamá de sus dos hijos, Scott y Craig. Era una costurera que venía de los barrios marginales del este de Londres, y tras pasar varios veranos en Europa se mudaron a Estados Unidos.
Craig Dyckers. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
En América, Craig creció entre lápices y papeles, nunca tuvo clases de dibujo, sino que se enseñó a sí mismo y se enamoró de la caligrafía. “Me fascinaban las letras y dibujaba diferentes tipos de todo el mundo. Incluso copié alfabetos mayas, solo porque me resultaban muy intrigantes todos esos jeroglíficos. Pero, principalmente, me concentraba en los alfabetos europeos modernos que me sorprendieron”, cuenta con la emoción de quien rememora recuerdos de una cálida infancia.
Una infancia que, sin embargo, también estuvo marcada por las ausencias temporales de su padre cuando lo llamaban a servir. “Cuando era pequeño, leíamos el periódico a diario para saber si estaba vivo o muerto. Se preocupaba por todos, incluso en la guerra atendía a ambos bandos y a civiles”, recuerda al congraciarse de la complicidad que hizo con su hermano mayor, Scott, que le lleva cinco años, y que ahora describe como un brillante ingeniero con una mente prodigiosa. “Siempre está pendiente de mí y siempre encuentra alegría y conexión con la gente que conoce. Le encanta la fiesta tanto como la academia. Me gusta pensar en él como mi modelo a seguir”, confirma lanzando un ligero suspiro.
Sus padres lo animaron a seguir el camino de las artes, pero decidió estudiar medicina en la Universidad de Texas, en Austin, porque su mayor curiosidad era el cuerpo humano, desde lo científico y lo psicológico, pero el arte lo llamaba, así que se mudó a la arquitectura que, para él, no es más que una extensión del estudio del cuerpo humano. “La arquitectura se trata del cuerpo humano. Sin la humanidad tendríamos un tipo diferente de estructura arquitectónica. Cómo estamos construidos, cómo caminamos, cómo movemos nuestras cabezas y cuerpos, todo eso no solo moldea las demás formas, sino que puede permitir crear un mejor o peor estado de salud en las personas, según el diseño en el que habiten. Por eso, estoy convencido de que las personas prosperan cuando habitan en un buen diseño”, asegura.
En las aulas de Austin también conoció a su esposa: la arquitecta Elaine Molinar, con quien, a sus 28 años, y junto a un grupo de amigos diseñadores noruegos y estadounidenses, todos menores de 30, se mudaron a un pequeño apartamento para personas mayores en Los Ángeles, donde se dedicaron a crear una de las 1.400 propuestas que concursaron en 1989 para diseñar la nueva Biblioteca de Alejandría. El desconocido colectivo al que bautizaron Snøhetta, en honor a la muy hermosa montaña ubicada en el centro de Noruega que alberga el palacio de Valhalla en la mitología nórdica, resultó ganador del concurso. “Luego de eso todos volvimos a nuestras vidas normales”, dice entre carcajadas. Normal en sus términos. Estaba acostumbrado a moverse desde niño con cada transferencia militar de su papá. “Tan pronto como hacía amigos, tenía que despedirme de ellos y hacer nuevos donde sea que llegara. Esa fue mi vida durante 20 años”, relata. Y seguiría así. Desde el proyecto en Egipto, que se inauguró oficialmente en el 2002 y que atrae a cerca de un millón de visitantes al año, Dykers no ha parado de dar vueltas por el mundo.
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Sus diseños sostenibles e innovadores hicieron que Snøhetta —que cofundó junto a Kjetil Thorsen, y que ahora incluye a Elaine Molinar, Alan Gordon y Michelle Delk— fuera nombrada como una de las 50 empresas más innovadoras del mundo según The Wall Street Journal, y que cuente con galardones como el Cooper Hewitt National Design Award, el Aga Khan Award for Architecture, el Wan Sustainable Building Award, el Premio Mies van der Rohe, el Premio Mario Pani, entre otros. Incluso pudo tener un proyecto en Bogotá. Snøhetta quedó entre los cinco finalistas —junto con el proyecto de la reconocida arquitecta iraquí Zaha Hadid— para diseñar el Centro Internacional de Convenciones Ágora en Bogotá, que finalmente construyó el Estudio Herreros y Bermúdez Arquitectos.
Dykers es fanático de los idiomas, habla alemán, inglés, noruego, un poco de árabe, italiano, español y chino. Su mayor deleite está en conocer personas y no cree que haya sido puesto en esta tierra para tener una rutina. Camina solo por montañas y senderos y asegura que su mayor inspiración es la vida misma en todas sus dimensiones. Esta es la historia de un coleccionista de fetiches, diminutos amuletos de culto, que vino a Bogotá para ser parte del Día Mundial de las Ciudades y que luce maravillado mientras desde el icónico hotel Tequendama observa cómo la vida urbana se abre paso entre las montañas.
Probablemente usted empezó al revés que la mayoría, su primer gran proyecto fue monumental: la Biblioteca de Alejandría en Egipto. ¿Cómo es eso de que recibió la noticia del concurso mientras estaba en la ducha y salió desnudo gritando “¡Ganamos!”?
Sí, sí, sí, olvidé que estaba desnudo (risas). Fue bastante impactante, salí al jardín y comencé a gritar y luego me percaté de que había olvidado ponerme una bata. Estaba tan emocionado. Yo tenía 28 años y era casi imposible lograr lo que hicimos siendo tan jóvenes. Cuando terminamos de hacer el diseño con mis colegas noruegos, realmente sentimos que obtendríamos una mención del proyecto porque era muy diferente de las otras obras arquitectónicas que se estaban creando a finales de la década de 1980, pero nunca pensamos que obtendríamos el primer lugar. Así que escuchar que ganamos fue todo un estado de shock. Yo solo tenía cinco años de experiencia y creo que eso fue un punto a favor. Sabíamos de nuestras debilidades y hablábamos con personas que tenían fortalezas en distintas áreas, por lo que terminamos creando un grupo más grande para que, de manera cooperativa, pudiéramos tener éxito.
¿Recuerda cómo era trabajar en Egipto, las jornadas, el ambiente?
Eran días muy largos. Cuando nos mudamos allí, montamos un estudio y diría que alrededor del 80 por ciento del personal eran egipcios, porque queríamos que el proyecto tuviera una conexión local. Pero también había mucho personal internacional, había personas de todas partes y sentíamos que era importante construir conexiones con la gente. Egipto es un país muy diverso, hay cristianos, musulmanes y todo tipo de personas viviendo allí, y así ha sido durante miles de años. Pero maneja un horario muy diferente al de la mayor parte del mundo. Todos miran las pirámides y creen que trabajan sin parar, pero en realidad allí todo se mueve un poco más despacio a veces, y muy, muy rápido, en otros momentos. Así que equilibrar el reloj biológico era importante para nosotros para saber cuándo estaba bien dejar que las cosas avanzaran lentamente y cómo presionar cuando necesitábamos ir más rápido. Aprendimos un poco de árabe y nos conectamos con muchos tipos de personas.
Usted ha contado que durante la primavera árabe del 2011 iban a incendiar la biblioteca por las protestas, pero sin importar su identidad política, las personas defendieron físicamente el edificio para evitar que fuera destruido.
Todavía pienso en ello y me dan escalofríos. Pero creo que tuvimos mucha suerte. No podía creer que luego de tantos esfuerzos todo iba a terminar destruido, pero ver a las personas creando una barrera humana para protegerlo me hizo profundizar aún más en nuestra razón de ser. La mayor parte de nuestro trabajo se basa en el valor de las personas y cómo se les puede brindar un espacio para sentirse bien consigo mismas porque cuando te sientes bien en un lugar, lo haces parte de ti. Algo que, si lo piensas, es raro porque la mayoría de la arquitectura se trata de dar un paso atrás y sentirse impresionado por esta cosa asombrosa que se ve bien en una postal o en una portada de revista, pero nuestros proyectos son disfrutados por personas comunes que van allí a conocer a alguien, a compartir un momento consigo mismos o a crear buenos recuerdos. Por eso, que un ícono escultórico termine siendo disfrutado por la gente es lo mejor que puedo imaginar. Siempre bromeo diciendo que puedo medir el éxito de nuestros edificios, o de cualquier edificio en realidad, por cuántas personas están de la mano dentro del mismo.
Craig Dyckers. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Después vino la Ópera de Oslo, otro símbolo mundial que tardó 9 años en construirse. ¿Qué recuerda del primer día en que vio a la gente subir por el techo, como si fuera una plaza?
Fue una experiencia increíble ver una ópera convertida en una plaza pública y ocupada por miles de personas en su techo. La mayoría de las óperas son espacios que puedes apreciar y amar, pero las ves desde lo que pasa en su interior, que siempre será una experiencia maravillosa. Y ver que aquí puedes caminar por el techo, llevar a tu perro, pasar una tarde de pícnic con amigos o simplemente ir allí así no te guste la ópera, es emocionante. Y lo que sucedió, por supuesto, fue que las personas que pensaban que no les gustaba la ópera, terminaron comprando boletos y amándola. ¡Eso es divertido! Por supuesto, fue difícil diseñar un edificio que en su interior funcionara tanto para ópera como para ballet, porque sus necesidades no son las mismas. La ópera quiere un escenario estrecho con una acústica fuerte, y el ballet quiere un escenario amplio con una acústica tranquila, pero lo logramos.
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Usted nació en Fráncfort, con un padre del desierto de Chihuahua y una madre londinense. ¿Qué tiene de esa mezcla tan singular de orígenes?
Me siento muy afortunado de tener esa mezcla. Me siento muy cómodo en los desiertos y en las regiones remotas de las Américas, de la misma manera que en una gran ciudad como Bogotá o Londres. Y aunque las culturas son muy diferentes, creo que se conectan porque ambas son muy sociales y eso es algo que me fascina. Pero es importante decir que tanto mi padre como mi madre eran muy pobres, no pudieron educarse sino hasta los 14 o 15 años y vivieron en hogares de acogida porque sus padres no tenían con qué mantenerlos. Mi madre, por ejemplo, lo tuvo que hacer en plena Segunda Guerra Mundial, tiempo en el que conoció a mi padre, hasta que los bombardeos en Londres fueron tan intensos que tuvo que dejar la ciudad. Por eso creo que soy muy afortunado de que estuvieran interesados en cosas como el arte y la arquitectura; recuerdo que desde pequeño me alentaban a que trabajara en esos mundos en lugar de alejarme de ellos, como harían algunos padres.
¿Qué le gustaba de niño, dibujaba?
Nunca tuve clases de dibujo o música. Me enseñé a dibujar y a tocar música sin ninguna educación formal. Y era bastante bueno. Veía que la gente quedaba sorprendida, pero en ese momento no tenía idea de por qué me interesaba, lo sentí como un talento natural. A medida que pasó el tiempo me volví más consciente del arte y las bellas artes. Recuerdo que mi padre fue el primero en recomendarme que explorara la arquitectura.
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Estudió arquitectura en Austin, pero la universidad también lo llevó a conocer a su esposa, la arquitecta Elaine Molinar. ¿Cómo fue ese primer encuentro?
Ella es de El Paso, Texas, y fue parte de las primeras generaciones nacidas con una frontera clara. En los tiempos de su familia, y de la de mi padre, no había fronteras. Las personas habitaban ambos lados de manera natural. Y pude sentir sus ancestros desérticos cuando la conocí. Yo estaba en otra clase, pero entré al salón donde estaba y vi un proyecto suyo del que me enamoré de inmediato. Era bastante único, y tenía un carácter especial. Ahí hablamos por primera vez. Le pedí prestados cinco centavos para poder invitarla a tomar un café porque no tenía ni un céntimo en mi bolsillo. Y bueno, el resto es historia. Ella fue bailarina de ballet antes de ser arquitecta y, ya que el ballet también se trata del cuerpo, creo que nos unió la fascinación por el carácter físico de las cosas.
Y han trabajado juntos desde entonces. ¿Cómo es compartir tanto su vida personal como sus proyectos creativos con la misma persona?
Bueno, es una situación interesante porque no se trata solo de trabajar juntos, sino en una profesión muy difícil y desafiante. La arquitectura está entre las profesiones más difíciles para trabajar porque la presión es muy alta y los horarios de entrega muy cortos. Entonces, tratamos de encontrar formas de equilibrar las cosas a nuestra manera. Nunca hemos tenido éxito en mantener nuestro trabajo fuera de nuestro hogar. Algunas personas pueden hacer eso, pero nosotros no los separamos. Lo que nos ayuda, creo, es que tenemos muchos intereses en común además de la arquitectura. A ambos nos encanta bailar, amamos el arte y reservamos tiempo para hacer arte que no sea arquitectónico. Ella hace obras escultóricas y yo dibujo.
¿Bailan de todo?
Bueno, yo bailo de manera diferente a la de Elaine. Desearía haber podido bailar ballet de niño, pero me encanta bailar libre de espacio y reglas. Soy más impulsivo. Y en ella todo se trata del orden de la danza.
¿Qué hay detrás de esa costumbre suya y de Elaine de coleccionar tchotchkes que, entiendo, son pequeños objetos?
Sí, todos ellos tienden a ser muy pequeños. Me gusta decir que si algo es más grande que un pulgar, no deberíamos conservarlo (risas). Encuentro que las cosas muy pequeñas pueden contener mucho del lugar de donde las obtuviste, porque el objeto representa la cultura de la que proviene. Y, de alguna manera, cuanto más pequeño es, más contiene dentro de su diminuto cuerpecito. Un objeto más grande también puede ser hermoso, pero de alguna manera te dice demasiado o te da más información de la que a veces se necesita. Y a eso se suma que cada cultura tiene lo que yo llamo fetiches o tchotchke, que es una palabra yidis que significa: un objeto que tiene valor espiritual. Las culturas antiguas, las culturas indígenas, todas, en cualquier lugar, han creado un fetiche de algún tipo y ponen el poder y la energía de una idea más grande que ellos mismos en esos objetos.
Usted y su esposa habitan muchos lugares por trabajo, pero viven en Brooklyn. ¿Cómo es su casa? ¿Qué ve desde su ventana?
Cuando me mudé por primera vez a mi vecindario, que está justo al lado del puente de Brooklyn y tiene un nombre muy extraño: Dumbo, como el elefante de Disney, nadie vivía allí. Las calles aún eran de tierra y ni un carro se aparecía por ahí. Era solo un lugar vacío, con muy pocas personas. Pero ahora es el vecindario más popular, no porque me mudé allí, obviamente, sino porque se crearon tantos lugares interesantes que ahora lo visitan turistas de todas partes. Es tan concurrido como el Times Square. Yo vivo cerca del agua en un viejo almacén de 1905, que es antiguo para la ciudad de Nueva York, y que ahora es un edificio de 10 pisos. Y, como vivo al nivel de la calle, en la planta baja, cuando miro por la ventana siempre veo a miles de personas que vienen todos los días a tomar fotos del parque. Me encanta mirarlos pasar, el ruido que hacen, porque es activo y entusiasta, no es incómodo. Y, luego, al mirar en otra dirección, puedo ver el East River, y si simplemente salgo por mi puerta, veo Manhattan al otro lado. Eso hace de mi casa una experiencia bastante especial.
Nueva York es una ciudad con muchos rascacielos, ¿tiene uno favorito?
Por supuesto hay muchos interesantes, pero el viejo edificio Woolworth, en el Bajo Manhattan, sigue siendo mi favorito. Fue construido a principios de 1900, así que fue uno de los primeros rascacielos de Estados Unidos que mantiene una calidad hermosa y un gran nivel de detalle. Ahora, del periodo art déco, el edificio Chrysler es un ícono. Y de los edificios más nuevos me encanta el Lever House y el Citigroup Center; también quiero mencionar uno que construimos en el Central Park West y va a abrir oficialmente pronto.
Craig Dyckers Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Tiene algún ritual o rutina antes de comenzar a trabajar?
Si alguna vez tengo una rutina, me consideraría afortunado (risas). Supongo que no estaba destinado a tener una. No creo que haya sido puesto en esta tierra para tener una rutina. Elaine, por otro lado, sí. Ella siempre se prepara una taza de té sin importar dónde esté. Pero a mí me encanta el hecho de que cada día sea diferente, me muevo en diferentes direcciones y evito las rutinas. Dentro de todo, hay ciertas cosas que busco siempre hacer. Por ejemplo, disfruto caminar, no he tenido carro en 40 años, así que prefiero caminar a todas partes, o tomo el transporte público si la distancia no me lo permite. Solo uso taxi si realmente estoy apurado o si tengo que vestirme para una gala o evento que implique ropa especial. Pero, incluso entonces, vestido de esmoquin, prefiero tomar el metro, lo cual es muy gracioso. Y tengo una bicicleta muy vieja, es de 1942, y la he tenido durante 35 años en perfecto estado. Y por las noches, trato de socializar siempre que puedo. Intento no trabajar hasta demasiado tarde, es algo que siempre le recomiendo a mi equipo. No es algo bueno ni saludable. Así que me gusta salir y hablar con amigos o tomar un coctel. En Dumbo, de hecho, tengo unos amigos de Colombia que tienen una pequeña joyería, así que suelo ir a visitarlos y compartir con ellos un rato.
¿Cómo fue conectar con Noruega, el país que incluso eligió para casarse?
La mayoría de las personas en el mundo saben que es un país hermoso y con una historia profunda, pero dado que ninguno de nosotros era realmente noruego étnicamente, eventualmente nos convertimos en residentes. Lo que más me llamó la atención fue ver un lugar con tan pocas personas en un entorno tan grande. Es un país muy grande que tiene la mitad de la población de Bogotá. También hay una cultura antigua allí, se les llama el pueblo sami y son los únicos europeos indígenas que aún existen. Me encantó conectar con ellos porque son muy coloridos, aman cantar y las danzas, así que descubrí cosas que no imaginé.
Vamos al 2001: el 11 de septiembre usted estaba en un avión rumbo a Nueva York y vio desde el aire el segundo ataque a las Torres Gemelas. ¿Cómo vivió esos minutos?
Ese fue un momento profundo en la vida de muchas personas y ciertamente en la mía. Estaba volando de Londres a la ciudad de Nueva York, donde iba a conectar para llegar a Texas. Pero, mientras sobrevolábamos Long Island, el avión hizo un giro muy pronunciado. En ese momento pensamos que se trataba de una maniobra para esperar la autorización del aterrizaje, pero luego vimos cómo el avión volvió a dar la vuelta y fue entonces cuando el piloto habló y nos dijo que no podríamos aterrizar en Nueva York porque, aparentemente, había ocurrido un accidente o una explosión en el World Trade Center en Manhattan. Y, mientras girábamos, vimos el humo del primer avión estrellado y fue cuando pudimos ver el choque del segundo avión; aunque entonces no sabíamos qué era por la distancia a la que estábamos, fue una especie de ¡puff!, un destello que creíamos había sido producto de un terrible accidente. Luego nos dijeron que tendríamos que volar a Canadá, así que fuimos a un pequeño pueblo llamado Gander en Terranova, de solo 10.000 residentes, y 8.000 personas aterrizaron allí ese día. Así que duplicamos la población de este pequeño pueblo y solo cuando aterrizamos fue que nos dimos cuenta de que lo que había sucedido era un atentado terrorista.
Un estado de shock…
Fue una verdadera conmoción. La gente estaba llorando y abrazándose. Ni siquiera puedo… lo siento, me toma un minuto poder volver a pensar en ello. Fue muy conmovedor. Terminé volando de nuevo a Noruega y, extrañamente, eso fue un mes antes de la fecha que teníamos contemplada para abrir la Biblioteca de Alejandría en Egipto, pero dado que el espacio aéreo se cerró en todas partes, no pudimos tener la apertura pública después de 13 años de trabajo. Fue un anticlímax. Estábamos muy emocionados antes del 11 de septiembre, porque veníamos de ver la caída del Muro de Berlín, el fin de la Unión Soviética, los intentos de acuerdos de paz de Oslo, el fin de la guerra civil en Líbano… sentíamos que era un gran momento para estar vivos, pero luego todo se desmoronó.
Años después, estuvo a cargo de diseñar el Pabellón del Memorial del 11 de Septiembre en la llamada Zona Cero de Nueva York…
Cuando ganamos el contrato para ayudar a reconstruir el sitio del World Trade Center, volví a Nueva York y el primer lugar al que fuimos se llamaba Sala Familiar, que fue creada para los familiares que habían perdido a un ser querido en los ataques. Recuerdo que era una habitación muy extensa decorada con fotos de todos los miembros con sus seres queridos con corazones y notas. Es algo que no puedo explicar, pero pude sentir el espíritu de las personas fallecidas y de todos sus familiares; fue terriblemente conmovedor. Los vinculamos al proyecto y recuerdo que cuando las personas de la primera línea: policías, bomberos, personal médico que sobrevivieron supieron quién era yo, me expresaron lo agradecidos que estaban de poder trabajar en un proyecto que no era a lo que se dedicaban. Estaban orgullosos de ser desafiados por la arquitectura y el diseño de una manera inesperada. Creo que lo más importante es que la idea detrás de nuestra construcción allí es muy única. La mayor parte del sitio está dedicada a la ausencia de las vidas perdidas, pero nuestro edificio es lo opuesto, queríamos que se tratara de la presencia, de que supieras que estás vivo. Así que hicimos una fachada donde puedes tomarte fotos con tu reflejo. Dijimos que si pudiéramos hacer sonreír a una persona en el sitio del World Trade Center, habríamos hecho bien nuestro trabajo. Y tuvimos mucha suerte de que más de una persona ha sonreído y sentido esperanza, vida y presencia al habitar este espacio.
Entre tantos grandes e históricos proyectos también ha construido unos diferentes como una casa de muñecas o un nido de ave, ¿a cuál le guarda un cariño especial?
La casa de muñecas fue muy divertida, de hecho, hicimos dos. Curiosamente, una de ellas terminó en una subasta de arte y se vendió por un mayor valor que las obras de un pintor muy famoso de época. Era una pequeña casa de muñecas que, distinto al imaginario donde por lo general son muy simples y domésticas con un techo puntiagudo, habitaciones y con la típica ama de casa en la cocina, nosotros quisimos hacer algo que le ayudara a una niña, que también pudiera ser para un niño, pero principalmente nos inspiramos en niñas, a entender el mundo de manera más amplia, por lo que se abre de una manera muy inusual. También tiene muebles inusuales. Pero lo más importante es que permite a quien la use comprender que no debe tener una estructura específica para ser feliz. Construir una casa de muñecas es más difícil de lo que piensas porque no puedes falsificar nada, todo debe ser real. Así que tiene que haber una forma en la que el papel tapiz termine en el suelo, las puertas tienen que funcionar, así como todo en su interior. Incluso, cuenta con un pequeño agujero para ratones y en su interior puedes observar la casa de los ratones.
Usted ha dicho que el silencio y la naturaleza son centrales en su proceso creativo. ¿Recuerda un paisaje específico que lo haya inspirado para hacer un proyecto?
Para hacer la Biblioteca Central de Calgary, en Canadá, nos inspiramos en el cielo. Solemos obviar el cielo y olvidarnos que es una parte fundamental del paisaje. ¿Puedes imaginar nuestro mundo sin el cielo? Así que nos inspiramos en el cielo de Calgary y en un tipo de nube especial que se forma allí en un momento determinado del año y que le debe su nombre, Chinook, a los pueblos indígenas de las Primeras Naciones. Así como la nube crea un vasto arco sobre el cielo diseñamos este edificio, y lo interesante es que en algunos días puedes ver una nube Chinook sobre la biblioteca.
Usted habla muchos idiomas. ¿Qué lugar tiene el lenguaje en su vida?
Siempre he apreciado cómo los idiomas representan un espíritu diferente. Las cosas, así como algunos idiomas, son más fáciles de empezar y más difíciles de aprender bien, y otros simplemente nunca puedes realmente aprenderlos. El ruso, por ejemplo, con su alfabeto cirílico, es muy difícil para mí porque está demasiado cerca de los que sé. Y otros, como el español, puedes aprender sus partes básicas muy rápidamente, pero una vez inicias con las conjugaciones de los verbos, todo se empieza a complicar un poco. En cuanto al chino, es un idioma que no tiene género ni tiempo, de ahí mi fascinación.
Craig Dyckers Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Cómo es eso que de niño soñaba en inglés, pero con acento español…
Vaya, ¿dónde encontraste todas estas cosas? (risas). Cuando era muy joven, hablaba más a menudo más idiomas porque vivía en varios lugares. Y si hablas un idioma poco más de un día, tus sueños caerán en dos o más idiomas diferentes, lo cual siempre es gracioso.
¿Cuál es su opinión sobre la gentrificación?
La palabra gentrificación en el mundo de hoy tiende a significar algo negativo. Significa que las personas con menores recursos económicos están siendo desplazadas de sus lugares de residencia. Y eso es algo malo. Pero hay otras dos formas de ver la gentrificación de manera positiva. Una de ellas es cuando la gentrificación no significa que las clases más ricas se muden. Por ejemplo, un proyecto que hicimos en la zona este de Nueva York hizo que el edificio se volviera tan valioso para la comunidad misma que empezaron a cuidar sus alrededores, atrajo más comercio a la zona y un mayor sentido de pertenencia. Pero no era porque personas más ricas se estuvieran mudando, fue simplemente porque la gente estaba más orgullosa de su vecindario. Esa es la mejor clase de gentrificación. El otro tipo de gentrificación que podría ser positiva, aunque no siempre, es si las personas que están remodelando distintas áreas están pensando simultáneamente en cómo cuidar a las personas que pueden necesitar un nuevo lugar para vivir porque su infraestructura actual se está desmoronando, pero sin expulsarlos de sus vecindarios.
Finalmente, me gustaría preguntarle, después de tantos proyectos y tantos países, ¿dónde se siente más usted?
Esa es una buena pregunta. Normalmente respondo esto diciendo que en la última silla de un bus. Donde sea que esté, me siento cómodo en la parte de atrás del transporte público, es mi manera divertida de evocar que me gusta sentirme parte del todo. Por eso me gusta caminar por las calles más que usar carro. En realidad, me siento en casa dondequiera que esté porque al mudarme cada dos años durante prácticamente toda mi vida me adapté a ver, conocer y escuchar a las personas a donde sea que vaya, es algo que disfruto mucho. También tomo muchas fotos, siempre he estado interesado en capturar la vida diaria, pero es muy difícil tomar ese tipo de fotografías porque, si tienes una cámara, inmediatamente cambia todo, así que nunca encuadro ni enfoco nada. Solo disparo. Y ¿sabes?, terminas captando a las personas en momentos maravillosos y naturales.
Usted visitó Bogotá como invitado especial para el Día Mundial de las Ciudades. ¿Cuál es su perspectiva de la capital de Colombia?
Creo que hay una increíble clase de arquitectura heroica que se creó especialmente en Bogotá y que aún puedes ver por la ciudad mientras caminas. Es un trabajo bastante profundo. Similar a la que encuentras cuando vas a lugares como México o Perú. Luego, le encuentro un paralelo con Estambul, que tiene una gama bastante amplia de colinas y montañas a lo lejos. No tan altas como las montañas de aquí, pero colinas bastante significativas. Y ambas ciudades tienen que encajar en esas colinas. Además, también puede llover mucho y al rato estar seco, y cuentan con una historia antigua y moderna. Y, finalmente, la gente es realmente maravillosa tanto allá como aquí.
Stephany Echavarría
REVISTA BOCAS
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