Fracking: entre el mito, el miedo y la ingeniería responsable – AlbertoNews

El fracking es, probablemente, una de las tecnologías energéticas más discutidas —y malentendidas— de las últimas décadas. Para algunos, representa una amenaza directa al agua, al suelo y a la vida de las comunidades; para otros, una herramienta clave para garantizar seguridad energética en un mundo que aún depende de los hidrocarburos. En medio de ese debate, abundan los mitos, los testimonios extremos y las generalizaciones
que poco ayudan a comprender el verdadero alcance de esta técnica.
“El fracking no es una práctica nueva ni experimental. Lo nuevo fue combinar tecnologías que ya existían y hacerlo a gran escala”, explica el ingeniero petrolero Jorge Miroslav Jara Salas, de nacionalidad peruana y con más de 30 años de experiencia en proyectos energéticos internacionales. “El problema es que se ha juzgado a toda la tecnología por casos donde hubo mala ejecución”.
El origen de los mitos
Gran parte de la mala fama del fracking nació en Estados Unidos, donde la legislación permite que el dueño de un terreno que sospecha tener petróleo o gas contrate directamente a una empresa para perforar y fracturar. Esta particularidad dio lugar a la proliferación de pequeños operadores, muchos de ellos sin la experiencia, los estándares ni los controles necesarios.
Fue en ese contexto donde se popularizaron imágenes y testimonios impactantes: grifos de agua que parecían “arder” al acercar un encendedor, agua turbia saliendo de las tuberías domésticas o denuncias de olores extraños en zonas rurales.
“Esos casos existieron, nadie lo niega”, señala Jorge Jara Salas. “Pero no fueron consecuencia del fracking como concepto, sino de malas prácticas operativas, pozos mal cementados y ausencia de controles adecuados”.
En términos técnicos, las llamas en los grifos no eran producto de una “contaminación del agua con gases inflamables”, sino de fugas de gas metano que migraron por fallas en el aislamiento del pozo. De igual forma, la presencia de agua oscura se relacionó con filtraciones de fluidos de fractura mal manejados, compuestos principalmente por agua, arena y aditivos químicos, que nunca debieron entrar en contacto con acuíferos
Ingeniería responsable vs. improvisación
Para el especialista, la clave está en diferenciar entre tecnología y ejecución. “No hay ninguna industria libre de impacto ambiental. La diferencia está en el nivel de profesionalismo, regulación y supervisión”, afirma.
La comparación con la minería es inevitable. Así como existe minería legal, altamente regulada y con planes de mitigación ambiental, también existe minería ilegal, responsable de los mayores daños ecológicos en muchos países. Con el fracking ocurre lo mismo.
“Un pozo operado por una major como ExxonMobil, Chevron o Shell no tiene nada que ver con un pozo perforado sin estándares, sin monitoreo y sin ingeniería adecuada”, explica el ingeniero petrolero. “La tecnología bien aplicada reduce los riesgos a niveles manejables”.
Las grandes operadoras utilizan varias capas de tuberías de acero (llamadas tuberías de revestimiento) y cemento para aislar los pozos, monitorean la presión en tiempo real y controlan estrictamente el manejo de fluidos. Además, los yacimientos no convencionales suelen ubicarse a miles de metros por debajo de los acuíferos de agua potable, separados por capas geológicas impermeables.
¿Riesgo cero? No existe
Reconocer que el fracking tiene riesgos no significa descartarlo. Como toda actividad humana orientada al desarrollo —desde la construcción de represas hasta la explotación minera o la agricultura intensiva— implica impactos que deben ser gestionados.
“El riesgo cero no existe”, admite Jorge Jara Salas. “Lo que sí existe es la posibilidad de minimizar impactos con conocimiento, regulación y responsabilidad”.
Países que han avanzado con mayor éxito en el desarrollo del shale han aprendido esta lección. En Estados Unidos, tras los primeros errores, se endurecieron normativas, se elevaron estándares técnicos y se mejoraron los sistemas de control. Argentina, en el desarrollo de Vaca Muerta, adoptó desde el inicio protocolos más estrictos, aprendiendo de la experiencia estadounidense.
El fracking en el debate latinoamericano
En América Latina, el fracking sigue siendo un tema altamente politizado. En Colombia, por ejemplo, se han frenado proyectos pilotos pese a décadas de uso de fractura hidráulica en pozos convencionales. En otros países, el rechazo social se apoya más en el miedo que en la evidencia técnica.
“Muchas veces se habla de prohibir algo que ya se hace desde hace 40 o 50 años, solo que con otro nombre o en otra escala”, advierte Jorge Miroslav Jara Salas. “El debate debería centrarse en cómo hacerlo bien, no en negarlo”.
Desde el punto de vista geológico, gran parte de Sudamérica posee potencial para yacimientos no convencionales. La pregunta no es si existen, sino cuándo —y bajo qué condiciones— los países decidirán desarrollarlos.
Más información, menos mitos
El fracking no es una solución mágica ni un villano absoluto. Es una herramienta que, bien utilizada, puede aportar seguridad energética y desarrollo económico mientras se avanza hacia matrices más diversificadas.
“Demonizar una tecnología no elimina la demanda de energía”, concluye Jorge Miroslav Jara Salas. “Lo responsable es entenderla, regularla y usarla con criterios técnicos y ambientales claros”.
En un mundo que sigue necesitando petróleo y gas, el desafío no es elegir entre desarrollo o medio ambiente, sino encontrar el equilibrio posible entre ambos. Y para eso, desmontar mitos es un buen punto de partida.
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Fuente de TenemosNoticias.com: albertonews.com
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