En la historia reciente de Colombia hay episodios que, aunque ocurrieron hace décadas, siguen siendo una herida abierta en la memoria colectiva. Además, para muchos, aún son difíciles de entender o de creer.
Uno de ellos es la masacre de Pozzetto, ocurrida en Bogotá el 4 de diciembre de 1986, cuando Campo Elías Delgado asesinó a más de 20 personas en tres puntos de la ciudad. El crimen comenzó en el apartamento donde le daba clases de inglés a una joven; continuó en su propio edificio, donde mató a su madre y a algunos vecinos, y culminó en el restaurante Pozzetto, donde disparó contra varios comensales, es una de las tragedias más perturbadoras del país.
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El hecho marcó un antes y un después en la manera en que Colombia entendió la violencia individual, el concepto de ‘asesino itinerante’ y la tentación social de reducirlo todo a la figura cómoda del ‘monstruo aislado’.
Cuatro décadas después de los hechos, Estado de fuga 1986, de Netflix, retomó esa historia no desde el sensacionalismo, sino desde preguntas mucho más incómodas: ¿cómo se construye una violencia de ese tipo? ¿Qué responsabilidades colectivas se esconden detrás de una explosión individual? La serie se adentra en la mente de un hombre quebrado, pero también en las grietas de una ciudad y una cultura que normaliza pequeñas violencias cotidianas hasta que el límite y la lógica se rompen.
En ese territorio complejo se mueve Andrés Parra, uno de los actores más arriesgados, reconocidos y rigurosos de su generación, quien asumió el desafío de interpretar a un personaje inspirado en Campo Elías Delgado sin convertirlo en caricatura ni absolverlo de sus actos.
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En diálogo con EL TIEMPO, Parra reflexiona sobre el viaje a la mente de un asesino itinerante, el impacto personal de habitar personajes atravesados por la violencia, la complejidad del juicio moral y la necesidad de mirar de frente aquello que preferimos llamar “locura” para no asumir nuestra parte en el problema.
Usted ha interpretado a toda clase de personajes difíciles y diré ‘malos’, ¿qué tiene este de distinto frente a esas otras maldades que ha conocido?
Este es un tipo de asesino que yo no conocía. Eso ha sido lo más complejo: tratar de entender cómo funciona la mente de un spree killer, un asesino itinerante, que es un poco el perfil que tiene este personaje. Entender las motivaciones, tratar de humanizar eso. Más que complejo, yo diría que ha sido interesante. Lo más interesante ha sido ese viaje a través de la mente de un asesino itinerante y todo lo que eso significa.
¿Qué aprendió tras hacer este personaje?
Yo siempre aprendo mucho con mis personajes. Aprendí sobre un nuevo tipo de comportamiento humano. No deja de asombrarme la complejidad de la mente humana y de lo que es capaz de hacer.
¿Le cambió de alguna manera la percepción de la vida, de la gente, del mundo?
Creo que en este caso puntual, me enfrentó a preguntarme hasta qué punto yo también soy responsable de que este tipo de cosas sucedan: ¿cuál es nuestro aporte a la violencia?, ¿cuál es nuestra dosis de microviolencia hacia los demás: rechazo, intolerancia, irrespeto, bullying, burla, desprecio… que se va acumulando en una persona hasta que un día esa persona explota? Creo que siempre nos hemos ido por la vía fácil, que es definirlos como monstruos. Entonces, nos lavamos las manos, deshumanizamos el problema, pero resulta que también somos parte de él. Eso ha sido muy confrontador.
La serie me enfrentó a preguntarme cuál es nuestro aporte a la violencia, cuál es nuestra dosis de microviolencia hacia los demás que se va acumulando en una persona hasta que un día esa persona explota
Andrés Parra dice que siempre aprende mucho de sus personajes. Foto:Netflix
Claro…el famoso “es un loquito”, como si fuera una excepción a la regla.
Claro. Entonces la respuesta es encerrarlo y listo, como si con eso el problema quedara resuelto. Pero esto es mucho más difícil que eso, mucho más complejo de juzgar. No se trata solo de señalar a una persona, sino de entender todo lo que hay alrededor. Es un tema que da para mucha reflexión y que incomoda precisamente porque no admite soluciones simples.
¿Le asustan sus propios monstruos?
No. Desde que los acepté y les di la bienvenida, no. Creo que el problema empieza cuando uno pretende negarlos o esconderlos. Aceptarlos es una forma de mirarlos de frente y de entenderlos, y desde ahí dejan de dar miedo.
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¿Alguna vez ha pensado que, a través de los personajes que hace, tiene una oportunidad que la mayoría de gente no tiene de exorcizar demonios y luego volver a una vida normal?
Yo creo que la gran oportunidad que tengo, y que no tiene mucha gente, es la de explorar la miseria humana de una forma muy directa, casi sin darme cuenta. Es un privilegio extraño, pero real. Poder acercarme a esos lugares oscuros sin filtros, observarlos, habitarlos por un tiempo y salir de ahí con preguntas. Es una oportunidad que trato de aprovechar siempre al máximo. Con los años, me he vuelto un poco obsesivo con la mente humana, con el comportamiento, con esas sombras que tenemos todos y que preferimos no mirar.
En algún momento, mientras contaba esta historia, ¿llegó a sentir pesar?
Sí, obvio. Claro que sí. Yo he sentido pesar por todos mis personajes. Siempre hay algo profundamente triste en ellos. Pero incluso más que eso, me da pesar pensar en la gente que está en esa situación hoy, porque no tenemos ni idea de lo que están viviendo, de lo que están cargando por dentro. Eso es lo verdaderamente doloroso. Es muy triste.
¿Cómo le afecta a nivel personal interpretar personajes tan conflictuados?
En realidad, no me afecta a nivel emocional. Lo que sí me afecta son las escenas fuertes en lo físico: el cansancio, el desgaste; a veces el cuerpo pasa la cuenta y se me suelta el estómago. Aquí nos pasó a Consuelo (Luzardo) y a mí. La intensidad de los personajes deja una huella física evidente, pero gracias a Dios, yo no sufro ese mal en lo emocional. Puedo salir de ahí sin quedarme atrapado.
En la serie, se aborda el crimen de la masacre de Pozzetto. Foto:Netflix
Es una serie basada en una historia muy bogotana, muy colombiana, pero que puede ser atractiva a nivel internacional. ¿Cree que conecta con otros países?
Yo me imagino que sí, porque este fenómeno –este tipo de violencia– existe en otros lugares. Hay países donde esta problemática está mucho más degradada. Aquí se dio una sola vez; en cambio, en Estados Unidos, por ejemplo, en el 2025 se registraron alrededor de 300 masacres de este tipo. Allá se volvió algo casi semanal. Eso demuestra que no es una historia local, sino una manifestación extrema de algo que atraviesa a muchas sociedades.
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¿Tiene memoria de la primera vez que supo la historia de Pozzetto?
Creo que fue cuando iba a hacer Satanás (2007) –filme en el que tuvo un rol secundario–. Ahí fue cuando entendí con claridad qué había pasado. Uno siempre sabía lo del restaurante, por dónde quedaba, pasaba por ahí, tenía la referencia, pero no tenía claro exactamente qué era lo que había ocurrido. En Bogotá, esa historia siempre ha estado presente, como una sombra que nunca termina de irse.