así afecta negativamente a las mujeres

En el horizonte de la agricultura australiana, donde el sol calcina la tierra y el viento arrastra siglos de tradición rural, hay una palabra que resuena con insistencia: resiliencia. Se la pronuncia con admiración, como si fuera una medalla invisible prendida en el pecho de quienes trabajan la tierra. Pero, ¿qué ocurre cuando ese elogio se transforma en exigencia? ¿Cuando el reconocimiento deviene en una carga?
Una nueva investigación liderada por la University of Adelaide abre una grieta en el discurso dominante. Publicado en la revista científica Journal of Rural Studies, el estudio examina cómo mujeres vinculadas a empresas agrícolas en Australia comprenden y viven el concepto de resiliencia. Lo que emerge no es un rechazo frontal a la idea, sino una reflexión crítica sobre su uso excesivo y simplificador.
La investigación, encabezada por Emily A. Buddle, revela que muchas de las participantes se consideran efectivamente resilientes. Sin embargo, también expresan una incomodidad profunda ante la forma en que el término es empleado por responsables políticos y representantes gubernamentales. Para ellas, ser resiliente no es una elección épica, sino una necesidad constante que agota y erosiona.
El estudio documenta una paradoja reveladora. Por un lado, las mujeres entrevistadas reconocen que han debido desarrollar una capacidad notable para adaptarse y sobreponerse a adversidades. Por otro, sienten que esa etiqueta funciona como un dispositivo retórico que desplaza responsabilidades estructurales hacia los individuos.
En las últimas décadas, la resiliencia se ha convertido en un concepto omnipresente en políticas públicas. Se invoca en ámbitos tan diversos como la economía, la defensa o la ecología. En agricultura, suele asociarse a la capacidad individual para resistir sequías, crisis de precios o dificultades de salud mental. De hecho, múltiples marcos institucionales han promovido el fortalecimiento de la resiliencia como estrategia clave para el sector primario.
No obstante, como señala la literatura académica sobre el tema el uso indiscriminado del término puede tener consecuencias ambivalentes. En lugar de fomentar transformaciones sistémicas, puede reforzar la idea de que la adaptación es una responsabilidad personal, casi moral, de quienes producen alimentos.
Algunas participantes del estudio fueron especialmente claras: describir a los agricultores como “resilientes” puede convertirse en una coartada política para reducir apoyos gubernamentales, trasladando el peso de fenómenos como la sequía o la volatilidad de los mercados a las familias rurales. Así, lo que se presenta como halago termina siendo una forma sutil de desentendimiento institucional.
El trabajo de Buddle y su equipo pone el foco en las mujeres, tradicionalmente invisibilizadas en el relato agrícola. Ellas no solo gestionan explotaciones, sino que también sostienen redes comunitarias, organizan la vida familiar y actúan como nodos emocionales en contextos de crisis. Esa multiplicidad de roles intensifica el impacto de la presión discursiva.
Muchas de las entrevistadas afirmaron que, efectivamente, habían aprendido a “recuperarse” una y otra vez. Sin embargo, esa capacidad no es inagotable. La repetición constante de crisis (sequías prolongadas, fluctuaciones extremas en los precios de los productos básicos, aumento de costes de insumos vinculados a conflictos globales) produce un desgaste acumulativo.

Desde el punto de vista científico, diversos estudios han mostrado que la exposición prolongada a factores de estrés económico y ambiental puede afectar significativamente la salud mental en comunidades rurales. Investigaciones previas sobre bienestar psicológico en agricultores australianos han documentado niveles elevados de ansiedad y depresión en contextos de sequía severa, subrayando la necesidad de intervenciones estructurales más allá de la mera promoción de la resiliencia individual.
El propio estudio de Buddle y colegas plantea que el lenguaje importa. No se trata de eliminar el término, sino de emplearlo con mayor reflexividad y conciencia política. Cuando la resiliencia se convierte en consigna, puede invisibilizar las condiciones estructurales que generan vulnerabilidad.
Uno de los hallazgos más significativos del estudio es la demanda explícita de un cambio narrativo. Las mujeres participantes no rechazan su fortaleza, pero sí cuestionan que esta sea utilizada como sustituto de políticas públicas robustas. Reclaman un enfoque que reconozca las presiones sistémicas: desde la reducción de servicios en zonas rurales hasta la creciente concentración de mercados agrícolas.
La investigación sugiere que es necesario desplazar el foco desde la adaptación individual hacia la transformación estructural. Esto implica inversiones coordinadas en infraestructuras rurales, acceso equitativo a servicios de salud mental, políticas de estabilización de ingresos y estrategias frente al cambio climático que no recaigan exclusivamente en el productor.
El lenguaje, en este sentido, no es neutro. Las narrativas configuran prioridades y legitiman decisiones. Si se insiste en que los agricultores son, por definición, resilientes, se corre el riesgo de naturalizar su exposición constante a crisis. En cambio, un discurso más matizado podría abrir espacio para reconocer que la resiliencia, aunque valiosa, no debe ser la única línea de defensa frente a transformaciones profundas y continuas.
Referencias
- Buddle, Emily A., et al. “‘In Some Ways It’s Our Best Quality and in Others It’s Our Downfall’: The Need for More Reflective Use of the Word ‘Resilience’ to Describe Australian Farmers.” Journal of Rural Studies (2026).https://doi.org/10.1016/j.jrurstud.2026.104057.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
En la sección: Muy Interesante
También te puede interesar




