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Opinión

▷ #OPINIÓN La lucha contra las fábulas de la riqueza en Venezuela y la faena intelectual de Luis José Oropeza #19Mar

📅 🕐 27 Mar 2026🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 13 min de lectura
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Por: Jairo García Méndez

Quiero iniciar compartiéndoles una confidencia, revelándoles la bitácora personal de mi lectura de la obra escrita -por lo menos de uno de sus libros- de Luis José Oropeza.  Confieso que el libro Venezuela: fábula de una riqueza, corrigió en mí dos creencias que creía eran saberes.  Creía que la crítica a la Ley de Libertad de Contratos de 1834, elaborada por Fermín Toro en 1844, en la cual condenaba los abusos cometidos por los prestamistas contra los agricultores y propietarios deudores, principalmente su condena moral y jurídica contra la usura, era un gran y favorable aporte a la historia de la política venezolana.

Les doy el contexto para quienes no recuerden estos acontecimientos. Las políticas económicas del primer gobierno republicano después de la disolución de Colombia (La Grande), es decir, después de 1830, eran de carácter liberal, en esa lucha denodada después de las guerras de independencia para combatir el antiguo régimen monárquico e implementar el sistema republicano, y, sobre todo, reconstruir el país después de las guerras catastróficas. Hubo influencia en el diseño y ejecución de estas políticas, de la Sociedad Económica de Amigos del País, donde se encontraron gran parte de los venezolanos más ilustrados de la época, casi todos recién llegados de los Estados Unidos y de Europa, esa primera diáspora de la historia de Venezuela, generacionalmente hablando. 

La Ley de Libertad de Contratos, establecía la plena libertad y la autonomía de la libertad para celebrar acuerdos comerciales y empresariales, consagrando los principios más conspicuos del liberalismo económico, como le gusta decir a la profesora Catalina Banko, académica de la historia y especialista en historia económica venezolana.

La ley permitió la llegada al país de prestamistas, mejor, de inversionistas de distintas partes del mundo y se generaron grandes inversiones en la agricultura, que trajeron prosperidad luego de los desastres y la destrucción ocasionadas por las guerras. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en generarse una crisis por los atrasos en los pagos, los intereses elevados, y se comenzaron a ejecutar las hipotecas de manera compulsiva, lo cual ocasionó la ruina de muchos agricultores, incluso latifundistas, que impactó el ambiente político.

En 1844, Fermín Toro publicó por entregas en la prensa, su famosa Reflexiones sobre la Ley de 10 de abril de 1834. Tenía para mí que ese trabajo minucioso, bien documentado y argumentado, era uno de los mejores ensayos de moral económica y política publicado en dos siglos. Tal vez me dejé llevar por la alegría de conseguir allí citado el imperativo categórico kantiano, desarrollado en la Crítica de la razón práctica, pero sin la referencia a Kant, para justificar la condena de la usura y la garantía de la igualdad en los contratos mercantiles. 

Luis José, en La fábula de la riqueza, mata mi ídolo civil kantiano del siglo XIX, al demostrar la nefasta influencia que tuvo en el cambio de la política económica liberal en Venezuela, y la consagración del Estado intervencionista, que alejó a los inversionistas, generó una gran carga para el tesoro nacional, pues en medio de esas circunstancias el Estado asumió deudas de morosos, muchas veces irresponsables.

Luis José es convincente. “El efecto inmediato de la aplicación de la ley fue que el mercado reaccionó y pudo contraer el costo del dinero de 60 por ciento anual a 24, de 18 por ciento a 12 y hasta 9 por ciento, todo aquello causado por el incremento de la oferta de créditos en un mercado sin entorno favorable y sin instituciones formales de intermediación. Y no obstante las perturbaciones y la intranquilidad sociales que generó una secuela de remates contra los deudores, el congreso en lugar de corregir los defectos de la ley y estampar, por ejemplo, las provisiones adoptadas en las leyes de quiebra de todo el mundo, escogió el camino más absurdo y arbitrario de todos: derogó la ley y el general Monagas y sus sucesores se tornaron en árbitros exclusivos del control de precios y de la suerte económica del país”. Y estableció el funesto precedente de nacionalizar la deuda privada, que se pondría en práctica en 1975, 1984 y 1986. 

Ya no admiro tanto a uno de los primeros kantianos de nuestra historia, pues Luis José demuestra que colaboró con la funesta política intervencionista, constructivista del Estado venezolano, en contra de las libertades económicas, que han impedido la generación de la riqueza que tanto necesita el país. No obstante, Luis José reivindica al Fermín Toro de la Convención de Valencia (1858), y sus posiciones en relación con la cultura del trabajo, y agrego yo, su gran conocimiento y lucidez en relación con la organización del Estado y el papel de los municipios en ella.

II

Sembrar el petróleo”. Estoy seguro de que la mayoría de los presentes escuchan esa frase con sentido reverencial, casi que nos autoflagelamos porque pensamos que no le hemos hecho caso. Es que lo dijo don Úslar Pietri, ese caballero titular de la cédula de identidad Nº 03, y que nos acompañó con mucha dignidad durante casi un siglo, como decía Cabrujas. 

Para Luis José la frase en vez de feliz y luminosa, es desafortunada, se presta a interpretaciones prejuiciadas, expedita e imprevisiva, “…que confunde erróneamente la tenencia de los medios de pago con la posibilidad de utilizarlos para crear nueva riqueza”. Una crítica demoledora desde el punto de vista del quehacer económico práctico. 

En esa frase no se incluyen dos principios fundamentales para que una inversión genere riqueza: la capacidad y aptitudes del sembrador, la diversidad de fuentes y la exclusión o límites al Estado consuetudinariamente ineficaz y derrochador.  

En esta fragua, en esta faena del sembrador, no nos sirve ni el Fermín Toro que pone la igualdad por encima de la libertad, ni estar sembrando semillas de petróleo, oxímoron que este 14 de julio de 2026 cumple 90 años de estar sembrado y fortaleciendo prejuicios y creencias limitantes, en nuestra conciencia colectiva. 

Dos creencias derribadas con la lectura del libro Venezuela: Una fábula de riqueza.

III

La manera como los venezolanos, al influjo de uno de los hilos teóricos e intelectuales que han marcado las mentalidades en Venezuela, hemos recreado y reciclado de manera sorprende, el mito del dorado, le sirve a Luis José de hilo conductor para dibujar la gran fábula de la riqueza en Venezuela y el desprecio por el trabajo, por la iniciativa individual, paciente, creativa e innovadora. Pasamos de ver la manera de realizarnos en la vida, en los títulos nobiliarios y en privilegios otorgados por la Monarquía, al botín indigente del Estado en el siglo XIX y la cercanía con los caudillos que llenaron de violencia y destrucción el territorio, y de una relación corrupta e inmoral con los dineros públicos. Luego, cuando entramos en el siglo XX, los amos del valle y su aparente abundancia, se convirtieron en el objetivo de la lucha por la igualdad del venezolano, al influjo de las ideas comunistas y socialistas tropicalizadas, que veían en esas fortunas la causa de la pobreza y en su expropiación y reparto, la solución para todos nuestros problemas.  Pero como si nos hiciera falta un mito más potente, nos tropezamos con la riqueza del petróleo, la representación más potente del mito del dorado en los últimos cien años, que ha llevado a pensar a muchos venezolanos lúcidos, que ha sido una maldición para nuestro despliegue en el mundo, aserto que Luis José combate apasionadamente en el libro que comentamos.

Sin embargo, «Hay momentos en la vida de los pueblos en que la historia los convoca a decisiones definitivas«. 

Esa es una de las frases más famosas de la historia de los discursos políticos hispanoamericanos. Fue pronunciada por Rómulo Betancourt, en su discurso del 9 de febrero de 1958, al regresar al país luego de su exilio, quien es un convocado permanente de Luis José en sus libros. 

Tomo esa frase para decir que el momento propicio para retomar las líneas trazadas por la Sociedad Económica de Amigos del País desde 1829, quizás resumidas en el discurso de Domingo Briceño y Briceño (1780-1860), el 20 de marzo de 1834, quien ha debido en pro de nuestro bienestar, tener la influencia que tuvo Fermín Toro, o más. Y parafraseo ese mantra del pensamiento político venezolano: este es el momento de la historia del pueblo venezolano, para despojarnos de las quimeras que nos han mantenido postrados desde el punto de vista económico y político, condenados a repetir los errores, todas vinculadas con la búsqueda de la riqueza fácil, mágica y providencial. Ese comportamiento de la mayoría de los venezolanos que se resume en una frase popular: si el trabajo diera plata, los burros tendrían chequera (fortuna).

¿Cómo hacemos para combatir el mito o la quimera de la búsqueda del dorado para conseguir riqueza, quimera que se viene reciclando históricamente?  La búsqueda del dorado debe ser exorcizada de la mentalidad del venezolano, eliminada de nuestra razón práctica, luego de que se perdieron vidas y fortunas en su búsqueda, y que nos dimos cuenta de que Manoa no existía, salvo en la imaginación y fantasía de aquellos aventureros, y que ha debido permanecer como inspiración poética y literaria, como lo hace en un bello poema Eugenio Montejo, y bien interpretado quizás encuentre lugar en nuestro discurso esotérico, pero que para la realidad económica, que para la verdadera generación de riqueza, es en la paciente, disciplinada e innovadora faena diaria, en el esfuerzo individual constante, humilde y laborioso, donde encontraríamos y encontraremos el desarrollo social y económico que tanto necesitamos para desplegarnos en el mundo.

En la mentalidad hispanoamericana el dorado lo ubicamos primero en los privilegios otorgados por la Monarquía, luego en los gendarmes necesarios y en el Estado intervencionista, y el petróleo vino a fortalecer ese imaginario. La historia de la economía política venezolana que nos traza Luis José, es la historia de la transformación de la quimera del dorado, la búsqueda incesante de fortunas fáciles, sin esfuerzo, y el abandono y recusación de las libertades económicas, del respeto al mercado y sus soluciones, que han sido las ideas que mayor prosperidad ha generado en los últimos doscientos años en el mundo. 

Luis José identifica los mitos que nos han mantenido en la minoridad de edad como homo economicus, integrantes de una sociedad civil débil, dependiente, y un Estado dominante, opaco, ineficaz y derrochador.

Venezuela, Fábula de una riqueza, sienta las bases para la construcción y reconstrucción de una verdadera y vigorosa economía política venezolana, tanto en la praxis, pero también en la razón teórica. Allí están los principios de filosofía económica y política, los datos y evidencias, para concebir la ruta definitiva de la faena de construir un país generador de riquezas y de empresarios realmente competentes, capaces de satisfacer las demandas internas de bienes y servicios, y competir en el mercado internacional. En este sentido, encontramos en este aporte teórico, con sus debido soportes y evidencias:

  1. Desmontar las creencias que limitan el progreso y la generación de riqueza, que tienen sus orígenes en tradiciones ancestrales mal interpretadas y peor aplicadas. 
  2. Realzar como propias las libertades económicas, el espíritu emprendedor, el respeto a las reglas del mercado y sus soluciones espontáneas. Hay una tradición venezolana con las ideas y programas diseñadas por la Sociedad Económicas de Amigos del País y las ideas expuestas por Domingo Briceño. ¡Más Domingo Briceño, menos Fermín Toro!
  3. Un poder público restringido, reducido y limitado para poder cerrarle el paso al ámbito indefinido de sus atribuciones”, para garantizar la democracia en la vida nacional.
  4. Transferir la propiedad del petróleo a la sociedad, despojar al Estado de esa riqueza que termina favoreciendo aventuras políticas y revolucionarias que siembran de miserias y pobreza los valles. La propuesta en este sentido de Luis José es urgente abordarla, posicionarla en la conversación pública como una gran urgencia nacional, si queremos pensar en siglos y no exclusivamente en quién nos gobernará cuando se inicie la transición democrática.
  5. Incorporar la teoría de la elección pública (Public Choice), como regente del accionar político. Esa vinculación entre la economía privada y la praxis política deber ser un tema de reflexión profunda, para dejar el romanticismo a su zona propicia, la literatura, la ficción literaria que también es necesaria cuando la realidad se hace insoportable. “El hombre en la política”, dice Luis José, “actúa con el mismo espíritu que mueve al hombre económico”.
  6. La historia de servicio eléctrico, de la producción de azúcar, y esos emprendimientos de la iniciativa de la sociedad caroreña y sus avatares con el Estado intervencionista, vale la pena estudiarlos minuciosamente y Luis José traza los hilos para esa fragua.

El libro de Luis José que comento, es una síntesis virtuosa entre su formación anglosajona excepcional, su cultura de las investigaciones académicas de los grandes economistas y politólogos ingleses y norteamericanas, articuladas con un conocimiento profundo de la historia de Venezuela -influencia de  su padre Ambrosio Oropeza, sin duda-, la que ha estudiado y la que ha vivido, porque Luis José ha participado en la construcción de la mejor historia económica del país, por lo menos en la última mitad del siglo pasado.

Concluyo, proponiendo que hagamos una valla, una gran pancarta que se distribuya por todo el territorio nacional, desde Carora hasta Caracas, desde Carora hasta Santa Elena de Uairén, desde Carora hasta El Orza, desde Carora hasta Maracaibo, desde Carora hasta San Antonio del Táchira. Una pancarta que sustituya otra. Una gran valla que diga:

“Todo conduce a pensar que este país con tan desbordados anhelos de riquezas infinitas, si persiste en la voluntad de hacerlas sin el tesón y la constancia del trabajo, depuesto y doblado en el festín de una constelación de fábulas, no hay razones para creer que dejará de seguir encadenado y sumido en la incertidumbre y el desconcierto de todas las miserias. No aspiramos ni podemos tener el secreto de todas las respuestas, pero doscientos años de convivencia con las fábulas de una riqueza son suficientes para convocarnos a todos los venezolanos a la faena seria de reflexionar y meditar”.  

Muchas gracias.

Felices ochenta y nueve años, Luis José.

Club Torres, Carora, 8 de marzo de 2026

Jairo García Méndez

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