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Los fósiles de 600 millones de años que parecían embriones animales podrían no ser lo que creíamos

📅 🕐 30 Mar 2026🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 6 min de lectura
Los fósiles de 600 millones de años que parecían embriones animales podrían no ser lo que creíamos
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Durante décadas, un conjunto de diminutos fósiles hallados en el sur de China ha ocupado un lugar privilegiado en los libros de historia de la vida. Eran, para muchos investigadores, una prueba casi irrefutable de que los animales ya existían mucho antes de la famosa “explosión cámbrica”. Aquellas pequeñas esferas microscópicas, conservadas con una precisión casi imposible, parecían capturar algo extraordinario: los primeros pasos del desarrollo embrionario en la Tierra.

La historia comienza en la llamada biota de Weng’an, un yacimiento excepcional ubicado en la provincia china de Guizhou. Allí, entre rocas formadas hace más de 600 millones de años, se han preservado estructuras celulares con un detalle que desafía el paso del tiempo. Estas formas, incrustadas en fosfato cálcico, han sido interpretadas como embriones en distintas fases de desarrollo, lo que las convirtió en piezas clave para reconstruir el origen de los animales.

No era una idea menor. Si aquellos fósiles eran realmente embriones, implicaban que los primeros animales surgieron mucho antes de lo que sugería el registro fósil clásico. Esa hipótesis, respaldada por algunos análisis moleculares, abría una ventana a un pasado aún más remoto, en el que la vida compleja ya habría comenzado a diversificarse silenciosamente.

Entre los protagonistas de este debate científico destacan dos nombres tan poco conocidos como fundamentales: Megasphaera y Megaclonophycus. El primero, compuesto por unas pocas células, y el segundo, formado por cientos o incluso miles, parecían encajar en una secuencia lógica de desarrollo. La idea era seductora: un organismo que comienza con pocas células y, mediante divisiones sucesivas, da lugar a estructuras más complejas, tal y como ocurre en los embriones animales.

Sin embargo, la ciencia rara vez avanza sin cuestionar sus propias certezas. Y es precisamente en ese terreno, el de las dudas bien fundamentadas, donde se sitúa una investigación reciente que ha reabierto el debate con fuerza.

Imágenes obtenidas mediante SrXTM de fósiles de Megaclonophycus hallados en Weng’an
Imágenes obtenidas mediante SrXTM de fósiles de Megaclonophycus hallados en Weng’an. Fuente: Flett et al. Biology Letters (2026)

Un análisis minucioso que cambia el enfoque

Un equipo internacional de investigadores ha examinado cientos de estos fósiles utilizando técnicas de tomografía avanzada y reconstrucción tridimensional. Tal y como ha revelado el estudio publicado en Biology Letters, el objetivo era claro: comprobar si realmente estos organismos seguían el patrón típico del desarrollo embrionario animal.

Para ello, analizaron en detalle la estructura interna de los fósiles, contando células y midiendo su volumen. La lógica era sencilla: en los embriones animales, las células se dividen de manera ordenada, duplicándose en secuencias previsibles (2, 4, 8, 16, etc.), mientras el volumen total del organismo permanece prácticamente constante en las primeras fases.

Pero los resultados no encajaron con ese modelo.

Desde hace décadas, estos fósiles ocupan un lugar central en el debate sobre el origen de los animales.

Lo que no cuadra con los embriones animales

Tal y como indica el propio trabajo, los fósiles no muestran una secuencia clara de divisiones celulares ordenadas. Aunque en algunos casos se observan números de células que podrían coincidir con esas etapas, la distribución general es irregular. Más aún, dentro de un mismo ejemplar, las células pueden variar considerablemente de tamaño, lo que sugiere que no se dividían de forma sincronizada.

Este detalle es clave. En los embriones animales, la división celular inicial es altamente controlada y uniforme. Aquí, en cambio, parece producirse de manera desordenada, con células que avanzan a ritmos distintos.

Pero hay un dato aún más revelador. El volumen total de estos organismos no permanece constante, como cabría esperar en un embrión. Al contrario, puede variar hasta cinco veces a lo largo de su desarrollo. Este crecimiento es incompatible con la biología de los embriones animales, que no se alimentan durante esas primeras fases y, por tanto, no aumentan su tamaño global.

A esto se suma otro elemento fundamental: la ausencia total de diferenciación celular. Incluso en ejemplares con más de 10.000 células, no hay indicios de tejidos, órganos ni estructuras organizadas. Ninguna señal de procesos como la gastrulación, esenciales en el desarrollo de los animales.

Un giro inesperado en la historia de la vida

Es en este punto cuando la interpretación tradicional empieza a tambalearse. Tal y como ha adelantado el equipo investigador, estos fósiles no encajan con la idea de embriones animales, pese a su apariencia.

Entonces, ¿qué son?

La hipótesis más plausible apunta a organismos unicelulares relacionados lejanamente con los animales, conocidos como holozoos. Algunos de estos organismos actuales presentan fases de su ciclo vital en las que forman estructuras multicelulares temporales, similares en apariencia a embriones, pero sin desarrollar tejidos complejos.

En otras palabras, lo que durante años se consideró una prueba del origen temprano de los animales podría ser, en realidad, una manifestación de una estrategia evolutiva completamente distinta.

Kirsten Flett analiza los ejemplares en el sincrotrón del Instituto Paul Scherrer, en Suiza
Kirsten Flett analiza los ejemplares en el sincrotrón del Instituto Paul Scherrer, en Suiza. Foto: Kirsten Flett

Reescribiendo el calendario de la evolución

Las implicaciones de este hallazgo son profundas. Si estos fósiles no son embriones animales, una de las principales evidencias que situaban el origen de los animales en el Ediacárico temprano pierde peso.

Estos fósiles llevan años desafiando a los paleontólogos por su extraordinario grado de conservación.

Esto no significa que los animales no existieran entonces, pero sí obliga a reconsiderar cuándo y cómo surgieron realmente. Tal y como sugiere el estudio, es posible que la diversificación animal ocurriera más tarde de lo que se pensaba.

La biota de Weng’an sigue siendo un tesoro científico, pero ahora se presenta bajo una nueva luz: no como el hogar de los primeros animales, sino como un laboratorio evolutivo donde se ensayaron formas de multicelularidad que precedieron —y quizás allanaron el camino— a la vida animal.

En el fondo, este descubrimiento no reduce la importancia de estos fósiles, sino que la transforma. Porque entender qué no eran también nos acerca, poco a poco, a comprender qué fueron realmente los primeros animales de la Tierra.

Referencias

  • Kirsten E. Flett et al, Developmental biology of the Ediacaran Megaclonophycus from the Weng’an Biota, Biology Letters (2026). DOI: 10.1098/rsbl.2025.0592

Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com

En la sección: Muy Interesante

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