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Hay películas que se atraviesan

📅 🕐 02 Abr 2026🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 5 min de lectura
Hay películas que se atraviesan
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Hay películas que se ven. Otras, en cambio, se atraviesan. No por su complejidad formal ni por la densidad de su relato, sino porque lo que muestran no nos es ajeno. Aún es de noche en Caracas pertenece a esta última categoría: no es una obra que se contemple con distancia crítica, sino una experiencia que se reconoce —y, en muchos casos, se padece.

No es fácil hablar de ella. Y no porque falten argumentos, sino porque sobran recuerdos. Porque cada escena parece rozar algo que uno ya conoce, aunque no quiera admitirlo. Es una película hecha desde el dolor, y eso la vuelve inevitablemente incómoda. Pero esa incomodidad no es un defecto: es, quizás, su forma de verdad. En un tiempo donde el cine prefiere buscar consuelo o distracción, todavía existen obras que insisten en otra cosa: en confrontar.

Lo que aquí aparece no es solo una historia dura. Es un relato que todavía no ha terminado de convertirse en pasado. Y eso lo cambia todo. Porque hay espectadores para quienes lo que se ve puede parecer exagerado o distante, y hay otros para quienes no hay distancia posible. No todos miran desde el mismo lugar. Algunos observan; otros, simplemente, recuerdan.

Hay además un hecho que no es menor. A pesar de haber circulado por distintos espacios internacionales, la película no ha tenido estreno comercial en salas de cine en Venezuela. Y sin embargo, su llegada a Netflix permite que finalmente pueda ser vista por los venezolanos —anunciada incluso por Édgar Ramírez, quien ha tenido un papel relevante como productor en la proyección internacional de la obra—.

Pero esta forma de acceso no deja de ser significativa. No hay sala, no hay cartelera, no hay experiencia compartida. Hay, en cambio, una pantalla íntima. Y uno no puede evitar pensar que esa diferencia también dice algo. Para quienes viven fuera, el exilio. Para quienes permanecen dentro, ese insilio silencioso donde todo está y no está al mismo tiempo, y donde incluso el encuentro con la propia historia ocurre en privado.

No es una película que uno “disfrute”. Esa palabra aquí sobra. Es más bien una obra que activa algo más incómodo y más profundo: memoria, herida, reconocimiento. Y en ese sentido obliga a algo que no siempre es cómodo: tomar posición frente a lo que se está viendo. No solo como espectador, sino como alguien que decide desde dónde mira.

Más allá de su temática, la película muestra un oficio narrativo cuidado: actuaciones nóveles que no se sienten planas gracias a una dirección atenta, y una reconstrucción visual de Caracas filmada en México que envuelve al espectador en la textura misma del relato. El rodaje en México responde a la imposibilidad de filmar en Caracas bajo las condiciones que la historia retrata, lo que refuerza el carácter de reconstrucción emocional más que documental del espacio.

La película nace de La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, quien además participó en el guion de esta adaptación. Lo que vemos no es una traslación literal, sino una continuación de una herida que ya venía abierta. La historia de Adelaida Falcón no es únicamente la de una mujer que sobrevive, sino la de alguien que, para sobrevivir, tiene que ir desprendiéndose de sí misma. Y eso siempre es una forma de pérdida más profunda de lo que parece.

Mariana Rondón y Marité Ugás llevan ese universo al cine con decisiones que no buscan solo traducir una historia, sino sostenerla en otro lenguaje. En la novela, la memoria funciona como refugio, como contraste: esa Venezuela íntima que aún respira en los recuerdos frente a un presente que la desmiente. En la película, en cambio, la memoria no siempre consuela. A veces irrumpe. A veces interrumpe. Y en ocasiones duele más que lo que intenta reparar.

Esas imágenes del pasado no están ahí solo para sostener emocionalmente a la protagonista. Están para recordarle —y recordarnos— lo que ya no está. La memoria deja de ser un lugar seguro. Se convierte también en una forma de insistencia.

La película acumula violencia, duelo, desplazamiento, miedo. Podría parecer exceso, pero no lo es. Es otra cosa: densidad de experiencia. Como si todo lo vivido se hubiera quedado sin filtro narrativo. Y esa acumulación, lejos de simplificarla, la vuelve más difícil de esquivar.

Y durante la presentación de esta película en España, mientras Carlos Azpúrua —quien ha ocupado espacios institucionales de representación del cine venezolano—, ahora desde su rol consular en Barcelona, se refiere con desdén a quienes hicieron esta obra como “mercenarios”, se hace visible una fractura que no es solo personal ni circunstancial. Se manifiesta allí una tensión más profunda: la dificultad de ciertos discursos para reconocer aquello que no encaja en su propio modo de entender la legitimidad.

Viktor Frankl pensó la experiencia humana desde los extremos, desde esos lugares donde lo esencial se reduce a lo mínimo. Y sin embargo, incluso allí, insistía en algo que resulta incómodo de aceptar: siempre queda un margen de libertad interior frente a lo que ocurre. Pero esa libertad no siempre se expresa como reconocimiento. A veces se expresa como negación. Como resistencia a ver lo que desordena la propia idea de realidad.

Porque no todo desacuerdo nace del análisis. A veces nace, simplemente, de no poder —o no querer— aceptar lo real.

Al final, como escribió Frankl: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, somos desafiados a cambiarnos a nosotros mismos”. Y uno no puede evitar pensar que ese desafío no siempre se acepta.

Quizás por eso esta película incomoda. Porque no ofrece salida fácil. Porque no suaviza lo que muestra. Y porque obliga, de una u otra forma, a reconocerse en algún punto de lo que ocurre en pantalla.

Hay obras que uno quiere recordar. Y hay otras que, sin pedir permiso, se quedan. No como recuerdo, sino como una insistencia más difícil: la de no dejarnos olvidar.

Fuente de TenemosNoticias.com: www.elnacional.com

En la sección: EL NACIONAL

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