Expertos analizan cómo la autonomía obligatoria y la disciplina de décadas pasadas desarrollaron una capacidad de adaptación superior frente a los modelos de protección actuales.
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Expertos en psicología y análisis social destacaron recientemente en informes publicados por el Grupo de Diarios América (GDA) que las personas nacidas en las décadas de 1960 y 1970 poseen un tipo de resiliencia particular, forjada por un entorno de baja supervisión adulta y alta exigencia personal.
Este fenómeno, desarrollado principalmente en países de América Latina y otras regiones occidentales durante la segunda mitad del siglo XX, explica la notable capacidad de resolución de problemas en los adultos contemporáneos.
La formación de este carácter se debió a la necesidad de gestionar conflictos de forma autónoma ante la ausencia de herramientas digitales y un enfoque pedagógico centrado en la disciplina estricta.
Autonomía por necesidad y la «inoculación al estrés»
Los niños de esa época pasaban gran parte de su tiempo en la calle. Foto:iStock
Durante los años 60 y 70, la crianza se caracterizaba por una supervisión mínima en comparación con los estándares del siglo XXI. Los niños de esa época pasaban gran parte de su tiempo en la calle, resolviendo disputas entre pares sin mediación de adultos y asumiendo responsabilidades domésticas desde edades tempranas.
Este escenario es descrito por los especialistas como una «inoculación al estrés». Al enfrentarse a desafíos moderados de manera independiente —como navegar trayectos largos hacia casa o gestionar el aburrimiento sin dispositivos electrónicos—, los menores de esa generación fortalecieron su sistema de adaptación a largo plazo.
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Este proceso permitió el desarrollo de una alta tolerancia a la frustración y una autorregulación emocional basada estrictamente en la experiencia directa y el ensayo y error.
Contraste con el modelo de crianza contemporáneo
El panorama actual presenta una realidad opuesta. Hoy predomina un modelo centrado en la protección constante y la intervención inmediata de los padres para evitar cualquier rastro de malestar o fracaso en los hijos. Si bien este cambio busca garantizar el bienestar emocional, diversos educadores y psicólogos advierten que la falta de desafíos reales en la infancia moderna podría estar limitando el desarrollo de herramientas fundamentales.
La dificultad creciente para aceptar negativas, respetar figuras de autoridad o gestionar pequeños contratiempos en los jóvenes actuales es, según los analistas, un síntoma de un entorno excesivamente controlado donde la autonomía ha sido desplazada por la asistencia permanente.
Los nacidos en los 60 y 70 escuchaban y le hacían caso a sus padres. Foto:iStock
El costo de la dureza: la represión emocional
A pesar de las ventajas en términos de resolución de problemas, los expertos aclaran que el modelo de las décadas pasadas no debe considerarse un ideal absoluto. La resiliencia obtenida tuvo un costo significativo: la represión de los sentimientos. La norma implícita de «arreglárselas solo» generó en muchos adultos actuales dificultades para expresar vulnerabilidad o solicitar ayuda profesional.
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El consenso académico sugiere que el camino hacia una salud mental equilibrada no reside en volver al autoritarismo ni en mantener la sobreprotección, sino en un punto medio.
La propuesta actual se orienta a combinar el afecto y la comprensión con límites claros y retos que permitan a los menores tropezar y recuperarse por sus propios medios, integrando la fortaleza de antaño con la inteligencia emocional de hoy.
*Este contenido fue escrito con la asistencia de una inteligencia artificial, basado en información de conocimiento público divulgada a medios de comunicación. Además, contó con la revisión del periodista y un editor*.