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▷ #OPINIÓN La emoción y los sentimientos en la historiografía contemporánea #27Abr

📅 🕐 27 Abr 2026🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 9 min de lectura
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Fue el psicólogo austriaco Viktor Frankl quien habló poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, de la primacía de la dimensión espiritual en la estructura ontológica del hombre (El hombre en busca de sentido. 2015, P. 23). Esta preponderancia de la emoción y de la espiritualidad constituye la noción axial de la antropología de este celebrado autor, quien ha sido calificado por Karl Jaspers al hablar de su obra, como “uno de los pocos grandes libros de la humanidad”. 

La emoción y la Escuela de Annales

La Escuela de Annales ha proporcionado interesantes trabajos sobre las emociones y los sentimientos. El joven Marc Bloch nos entrega en 1924 lo que es un estudio de las emociones en un largo periodo temporal: Los reyes taumaturgos, el poder mágico de la realeza de Francia e Inglaterra para curar con el tacto las escrófulas, un deseo y una honda esperanza de sanación.

 En 1932 aparece El gran miedo de 1789, autoría de Georges Lefebvre, sentimiento pánico ocasionado por el hambre, los rumores y la ira hacia la aristocracia. Fue él quien lanza la frase “historia de las mentalidades colectivas”. Las turbas humanas no son irracionales, como argumentaba Gustave Lebon, por el contrario, se puede establecer una lógica de las acciones humanas. (Burke, La revolución historiográfica francesa, 1990, p. 32). Lefebvre se inspira en los trabajos de Marc Bloch sobre los rumores y murmuraciones medievales para trabajar el gran miedo de 1789.

En 1941 Lucien Febvre instó a estudiar las emociones como elementos clave para entender épocas pasadas (La sensibilidad y la historia, 1941). De esta manera nos entrega su obra máxima El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. (1942) magistral estudio de la psicología colectiva, la sensibilidad de la época, la influencia universal de las creencias y la religión sobre el espíritu. El XVI es “un siglo que quiere creer.”

El historiador francés Jean Delumeau nos entrega su magistral “El miedo en Occidente», en 1978. Individuos, colectividades y civilizaciones pueden estar están atrapadas en un permanente diálogo con el miedo. Más recientemente, dice Peter Burke, (La revolución historiográfica francesa, 1998, p. 73), Delumeau se volvió a la psicología histórica en el sentido que daba Lucien Febvre a esta expresión y escribió una ambiciosa historia de los miedos y la culpabilidad en Occidente; distinguió “los miedos de la mayoría” (al mar, a los espectros, a la peste y al hambre) y los miedos de la “cultura dominante” (a Satanás, a los judíos, a las mujeres y especialmente a las brujas)

El historiador marxista francés Michel Vovelle ha estudiado el proceso de descristianización de Francia anterior a la Revolución de 1789. Al revisar 30.000 testamentos de la primera mitad del siglo XVIII, comienza a notar un proceso de laicización del lenguaje que interpreta como un cambio de mentalidad. Su obra Piedad barroca y descristianización en Provenza en el siglo XVIII fue publicada en 1973. Creía Vovelle que podía medir estadísticamente el proceso de descristianización valiéndose de las actitudes ante la muerte y el más allá, tales como dichas actitudes eran reveladas por los testamentos. La “pompa barroca” del siglo XVII dio paso a la modestia de los funerales en el siglo XVIII.

En España no debemos olvidar el célebre trabajo de José Ortega y Gasset de 1921 España invertebrada, donde advierte que el fanatismo religioso es uno de los males de su país, otro será el particularismo castellano, catalán y vasco, el odio a los mejores. Años después, en 1930, publicará su obra más conocida La rebelión de las masas. Los temores abundan durante esos años de entreguerras: el ascenso de las masas anónimas, al fascismo y el bolchevismo. 

Las emociones en la historiografía anglosajona

Al otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos, y desde hace unas décadas, en 1963 aparece Teoría del comportamiento colectivo, cuyo autor es Neil J. Smelser. Poco conocido en el mundo de habla española, este sociólogo estadounidense nos interna en el estudio de una serie de acontecimientos (rumores, motines, iras colectivas, revoluciones, etcétera, siempre presentes en la historia humana. 

Este autor, que se siente influenciado por el sociólogo Talcott Parsons y el psicólogo de la personalidad Gordon Allport, ha trabajado las turbulencias sociales y políticas en Francia desde mediados del siglo XVIII, las protestas colectivas de la clase inglesa de fines del siglo XVIII, dice haber logrado una síntesis teórica del comportamiento colectivo. (Teoría del comportamiento colectivo,1993, p. 9) Entre 1959 y 1961 forma parte del Centro para la Integración de la Teoría de la Ciencia Social, de la Universidad de California, en Berkeley. Allí “descubrió la mente de otros investigadores en una atmósfera libre de presiones.” 

 Cerca de 1980, ha nacido una corriente historiográfica centrada en la historia de los sentimientos y las emociones en Estados Unidos, un nuevo campo historiográfico. Estos estudios seminales, dice Margarita Garrido Otoya, se inscriben en una genealogía intelectual amplia y frondosa en la que convergen filosofía, neurociencias y corrientes historiográficas, como la de las mentalidades, psicohistoria e historia cultural, entre otras. En 2005, Peter Burke juzgó que esta rama de la disciplina carecía de marco analítico riguroso.

Han sido el historiador Peter Stearns (1936) y su esposa Carol Zisowicht Stearns, psiquiatra de profesión, unas de las figuras más descollantes en la historia de las emociones en los Estados Unidos. Son conocidos como Historiade la gordura (2003), Revoluciones en el dolor. Experiencia y política de la muerte estadounidense en el contexto global (2007), Haciendo historia de las emociones (2013), Miedo, ansiedad y vergüenza (2015) La historia de la vergüenza (2017). Conjuntamente con Zisowich, y Carol Stearns publicó Ira: la lucha por el control emocional en la historia de los Estados Unidos (1989)

Este matrimonio se rebela contra la idea de que las emociones son biológicas y fisiológicas puramente, una cualidad invariante entre culturas, y, por el contrario, afirman que ellas se expresan de acuerdo a los distintos contextos sociales históricos. La emoción es en parte cognitiva, y, por tanto, un fenómeno social. 

La historiografía, las ciencias humanas y sociales de los años 80 han experimentado el “giro emocional”, o también “giro afectivo”. Peter N. Stearns y Carol Z, Stearns crearon un concepto muy original al que llaman emocionología o regímenes emocionales, entendidos como sistemas sociales que regulan y expresan las emociones de forma dominante. 

El concepto muy influyente de comunidades emocionales lo introduce Bárbara H. Rosenwein. Se trata de grupos sociales que comparten normas y estilos emocionales. No existe una historia lineal de los sentimientos. Hay actos lingüísticos que transforman los sentimientos, dice William Reddy. 

 Bárbara Rosewein “se introdujo” en los monasterios medievales, auténticas comunidades emocionales movidas por ideales de humildad y compasión, ideas que constituyen un soporte magnífico para nuestras investigaciones históricas sobre cofradías y hermandades católicas del orbe cultural hispanoamericano, como veremos más adelante.

Peter Stearns rastrea el surgimiento de las emociones decimonónicas, vinculadas al individualismo burgués y la familia nuclear. Reddy estudia el “sentimentalismo” del Siglo de las Luces y el romanticismo que valoraba la sensibilidad estética. El miedo, emoción básica, la examina Frevert vinculándolo a la propaganda bélica de nazis y soviéticos en el siglo pasado. En Alemania ha sido Ute Frevert quien ha promovido el estudio de las emociones en contextos políticos e institucionales

 El propósito de los Stearns, tal y como lo enunciaron en su artículo programático de 1985, era diferenciar entre la experiencia individual de las emociones y las normas sociales que posibilitan esta experiencia, convirtiendo este segundo aspecto en su objeto de estudio. La emocionología aspiraba a esclarecer cuáles habían sido y cómo se habían modificado los estándares emocionales de las sociedades pasadas, las reglas que han regulado la vivencia y la expresión de los sentimientos, poniendo especial interés en el papel que las instituciones (entendidas en sentido amplio: colegios, ejércitos, familia…) habían tenido en ello. La propuesta de los Stearns sentaba un precedente y al tiempo planteaba un interrogante de largo recorrido: por un lado, en su emocionología estaba el germen de lo que hoy consideramos la historia de las emociones, entendiendo por ello tanto un campo de estudio específico como un repertorio de métodos y categorías analíticas con las que introducir el estudio de los afectos en investigaciones sociales, políticas y culturales de amplio calado.

Por otra parte, los esposos Stearns también introducían en la agenda historiográfica una cuestión que puede formularse como pregunta: si los estándares sentimentales y la vida afectiva deben estudiarse de forma diferenciada, ¿cómo suturar después la distancia entre uno y otro?, ¿cómo observar la eventual huella que estos cánones emocionales dejan en la experiencia de los individuos?

Bárbara Rosenweig: Las comunidades emocionales

Este concepto fue creado por Bárbara Rosenwein en la década de los 80. En Emotional Communities in the Early Middle Ages desarrolló una herramienta teórico-metodológica que designa como “comunidad emocional”: “grupos en los cuales las personas se adhieren a las mismas normas de expresión emocional y valoran -o desvirtúan- emociones iguales o relacionadas”.

Allí las defina Rosenwein de esta manera: comunidades sociales -familias, vecindarios, gremios, monasterios, miembros parroquiales-, pero el investigador que las observa debe buscar, sobre de todas las cosas, descubrir los sistemas de sentimiento: lo que estas comunidades (y los individuos dentro de ellas) definen y evalúan como valioso o dañino; las valoraciones que hacen acerca de las emociones de los otros; la naturaleza de los lazos afectivos creados entre gente reconocible; y los modos de expresión emocional que esperan, alientan, toleran y deploran.

Hechas estas consideraciones en las que hemos realizado recuentos de la historia de las emociones en Europa y la Escuela de Annales, para luego internarnos en este campo frondoso que ha tenido como epicentro a los Estados Unidos, pasaremos en próximas entregas a examinar las comunidades emocionales en la América Hispana, más concretamente en las llamadas cofradías y hermandades, estructuras de solidaridad de base religiosa auspiciadas por la Iglesia Católica desde el siglo XVI en Hispanoamérica.

Luis Eduardo Cortés Riera

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