La gran derrota moral de Occidente | elperiodico.com

Se cuentan con los dedos de una mano las veces que un episodio relacionado con la guerra en Gaza ha provocado una repulsa tan inmediata, firme y generalizada de los países occidentales como la vista esta semana contra la exhibición del maltrato a los activistas internacionales detenidos por Israel en alta mar. Hasta el embajador estadounidense Mike Huckabee, ultrasionista y negacionista de la existencia de Palestina, ha afeado al ministro de Seguridad Itamar Ben-Gvir la publicación de un vídeo en el que se le veía burlándose de los activistas de la flotilla, humillados y golpeados por las fuerzas del orden israelíes. Decenas de ciudadanos internacionales, entre ellos 44 españoles, de la flotilla humanitaria a Gaza.
También Alemania, Italia, Canadá, Reino Unido o España, entre otros muchos, se han rasgado las vestiduras al ver cómo la policía israelí obligaba a una mujer a ponerse de rodillas con la cabeza contra el suelo mientras de fondo sonaba machaconamente el himno de Israel y Ben-Gvir les insultaba. El propio primer ministro israelí, Binyamín Netanyahu, y su ministro de Exteriores, el procaz Gideon Sa’ar, han afeado a su compañero del Ejecutivo el haber publicado esas imágenes. Se quejan del daño que suponen para la reputación de Israel, no del maltrato en sí.
La condena internacional es justa y necesaria, pero deja de manifiesto la que considero que es la mayor derrota moral de Occidente en décadas: su doble rasero respecto a la defensa de los derechos humanos, su laxitud en la condena de las masacres de Gaza y su incapacidad de usar herramienta alguna para frenar el sufrimiento innecesario de la población palestina.
¿Por qué solo sienten la necesidad de elevar la voz sobre un incidente como el de los activistas? La respuesta parecería obvia: los afectados son ciudadanos de estos mismos países. Pero creo que la cuestión va mucho más allá. Expone una suerte de bloqueo sensorial respecto al conflicto de Oriente Próximo: los que son pro-israelíes, han aplicado un barniz racional a los crímenes de guerra perpetrados por Israel. Han anulado su brújula moral a golpe de argumentos de geopolítica. Se han atrincherado en sintagmas vacíos, como que la guerra es la guerra, ignorando que no en todas las guerras se somete a la población al hambre forzoso o se dispara a niños en la cabeza con drones. Dicho de otro modo: han dejado de computar el sufrimiento extremo, infernal, intolerable, eterno de los palestinos de Gaza y Cisjordania porque los consideran el enemigo de su amigo. Esto es una derrota en sí misma: han cebado al monstruo que carcome Israel desde sus entrañas, el Gobierno de Netanyahu, y han alimentado sin quererlo la deriva autodestructiva del «Estado judío», cegado por la ira tras la masacre de Hamás del 7 de octubre. No se han puesto del lado del menguante “campo de la paz” israelí, sino de un Gobierno de ultras como Ben-Gvir. Esto pasará factura a todos, especialmente a Israel.
Esta semana en EL PERIÓDICO hemos hablado con Médicos Sin Fronteras, la UNRWA y cooperantes in situ en Gaza para ver cómo está la situación de la Franja tras seis meses de presunto alto el fuego. Digo presunto porque en este tiempo Israel ha matado a más de 800 personas con bombardeos casi diarios. Entre ellos hay algunos conocidos miembros de Hamás, pero muchos otros son, como siempre, civiles (mujeres, ancianos y niños).
La situación es dramática. Hay una plaga de ratas que muerden a los niños, porque Israel no deja pasar gasolina para que los camiones puedan recoger la basura. Hay una epidemia de sarna, por las terribles condiciones de salubridad en el mar de tiendas donde malviven más de 800.000 personas: no hay suficientes duchas, no hay suficientes retretes.
Por supuesto, tampoco hay columpios, ni colegios, ni universidades, ni suficientes panaderías, ni las va a haber en mucho tiempo. No hay carne ni pescado (¿por qué no permite Israel que los palestinos faenen para recoger sardinas?). Sí hay teléfonos móviles, y Nocilla, nos contaba Joan Tubau de MSF, porque Israel decide los productos que deja entrar en Gaza: ayuda humanitaria gratuita no; camiones comerciales, sí.
El plan de paz de Donald Trump de octubre del año pasado dibujaba varias fases que debían irse completando hasta culminar en la reconstrucción de la Franja bajo un gobierno tecnócrata. Pero ni Hamás quiere desarmarse y ceder el poder, ni Israel está cumpliendo con su parte del acuerdo, especialmente en materia de ayuda humanitaria. Mientras, sigue moviendo la llamada “línea amarilla” para acaparar más territorio. Ya tiene el 62% de la Franja.
Sobre todo esto escasean los comunicados de condena de Giorgia Meloni, Ursula von der Leyen, Friedrich Merz, Donald Trump o Mark Carney. Es la mayor desidia de Occidente en el peor momento de Oriente Próximo.
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En la sección: El Periódico – internacional
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