Las voces del ‘despertar’ en Cuba: «La intervención de EEUU es la única solución» | elmundo.es

Como apunta la famosa cita «la historia no se repite, pero rima», los cubanos se mantienen en compás de espera ante lo que pueda pasar con su país tras lo acontecido en Venezuela el pasado 3 de enero con la captura de Nicolás Maduro por parte de EEUU y, sobre todo, tras el anuncio de Donald Trump: «Creo que tendré el honor de tomar la isla».
Cuba no es Venezuela, pero riman. No hay un liderazgo tan fuerte como el de María Corina Machado, ni la sociedad está tan organizada, pero los vínculos entre el chavismo y el castrismo han marcado el devenir de sus poblaciones.
La oposición deposita toda su esperanza en Marco Rubio, el secretario de Estado con raíces cubanas. Sin embargo, hace años que el pueblo ‘despertó’ a décadas de Revolución. Ocurrió el 27 de noviembre de 2020, con la entrada de un grupo de artistas al Ministerio de Cultura para pedir la libertad de Luis Manuel Otero Alcántara, líder del Movimiento San Isidro; reclamar la revocación del Decreto 349, el cual censura las actividades artísticas; y demostrar el malestar por la grave situación de la nación. Una contestación que fue el germen del famoso 11 de julio de 2021, jornada en la que los ciudadanos salieron a protestar espontáneamente a nivel nacional.
Protagonistas de aquellos días, obligados a exiliarse a España -donde residen 252.290 cubanos, según el Instituto Nacional de Estadística-, conversan con EL MUNDO sobre el punto de inflexión que marcaron esas fechas.
El artista cubano Julio Llopiz-Casal.
Julio Llopiz-Casal: «Espero que la presión de EEUU surta efecto y que el Partido Comunista no tenga más hegemonía»
Este habanero, de 42 años, pertenece a una «familia integrada», ya que sus padres eran militantes del Partido Comunista, y tuvo una infancia normal. Como nació en los 80 y creció en los 90, empezó a descubrir iconos propios del capitalismo, como la Coca-Cola, que se veía por primera vez en Cuba. En la adolescencia comenzó a «tener conciencia de la situación» cuando se formaba para ser maestro en lo que ellos llaman «preuniversitario» (instituto). «Estaba interno toda la semana y la forma de funcionar de estos lugares es muy similar a cómo lo hace el país en general, con una persona doctrinaria al frente», explica Llopiz-Casal, quien asegura que con esa experiencia pasó a interesarse por la historia de su nación. A sus 16 años, hizo sus primeras lecturas del período previo a la Revolución, a enterarse de lo que «no contaban por conveniencia».
Llopiz-Casal estudió Historia del Arte en la universidad. Empezó a adentrarse así en el mundo artístico y, en paralelo, a formarse un juicio sobre lo que era Cuba. «La inmensa mayoría de mis colegas coincidían conmigo en que era un desastre y el sentimiento era que las personas intentaban salir para no regresar nunca más«.
El año 2018 fue clave para él porque Raúl Castro designa como su sucesor a Miguel Díaz-Canel y comienza el acceso a Internet con datos móviles. «Eso implicó algo interesante, que es que las personas en general y la sociedad civil, los activistas y los periodistas independientes, se pudieron articular mucho mejor«, recuerda este diseñador gráfico. Entonces, llega el Decreto 349, que apuntaba directamente a los artistas. «Lo que decía era que el Estado tenía derecho a decomisar material de trabajo, retirar las credenciales artísticas, de carnets, que hay que tener en Cuba para ser un artista reconocido. Consideraban que lo que tú hacías como arte contravenía el proceso revolucionario, además redactado de una manera ambigua y laxa. Eso generó una movilización muy interesante en la comunidad artística«, aclara este cubano.
Es de la oposición a ese texto de donde surge el Movimiento San Isidro, como detalla Llopiz-Casal, que es artístico, social y contrario al Partido Comunista. En el centro de ese grupo está Luis Manuel Otero Alcántara, que se encuentra actualmente en prisión y que para él «es el artista fundamental de mi generación en cuanto a lo que es el arte que confronta la realidad política». Así, la comunidad artística se movilizó como nunca antes, relacionándose más con activistas y periodistas. Además, al conocer a la informadora Luz Escobar, que trabajaba para el diario digital ’14ymedio’ y se acabó convirtiendo en su pareja, se nutrió de lo que es el activismo político.
En noviembre de 2020, Otero y el rapero Maykel Osorbo iniciaron una huelga de hambre en la sede de su movimiento e intervino la policía política. Eso provocó que el 27 de noviembre un grupo de unos 30 artistas, entre ellos Llopiz-Casal, acudiera al Ministerio de Cultura para dialogar con su máximo responsable. Como en la puerta les dijeron que el ministro no estaba, decidieron plantarse allí hasta que pudieran hablar con él. «Nos hicimos un ‘selfie’, lo subimos a las redes sociales y, en cuestión de horas, ya había cientos de personas. Fue intenso y maravilloso«, rememora, puntualizando que se les unió todo tipo de personas y en un contexto complicado porque estaba la pandemia de coronavirus. Finalmente, pudieron conversar con el viceministro Fernando Rojas, al que expusieron que «el país era un desastre y que todo tenía que comenzar porque se respetara la libertad, que no podía ser que una persona tuviera que temer ir a la cárcel o que lo reprimiera la policía simplemente por decir lo que piensa en redes sociales o en donde sea».
La ausencia de cambio tras las acciones emprendidas entre el 27-N y el 11-J y el hecho de que ya estuviera en el punto de mira precipitaron su decisión de abandonar la isla. En octubre de 2022, llegó a España junto a Escobar y, desde aquí, trabaja para el ‘Diario de Cuba’ y sigue haciendo arte reivindicativo. Continúa vinculado a su tierra, donde todavía le queda familia que le transmite que «los apagones están siendo brutales», que en la calle las personas «parecen zombies», «han aumentado los que buscan en la basura, fundamentalmente ancianos», afloran «nuevas enfermedades», hay desplomes de edificios, «desabastecimiento total»…
Por todo ello, espera que la presión de EEUU «surta efecto y que pase lo fundamental, que es que el Partido Comunista no tenga más hegemonía». «En primer lugar, que haya despenalización de la discrepancia política. Segundo, que haya libertad de asociación. Y, por supuesto, también una apertura económica real», enumera Llopiz-Casal. «Nadie esperaba, por ejemplo, lo que sucedió con Maduro, pero ocurrió», afirma con esperanza, pese a que le embarga el escepticismo por toda una vida esperando. Augura, eso sí, «una reconstrucción que va a ser muy lenta porque el país está hecho polvo» y, pese a estar «muy dañado emocionalmente», volvería a Cuba «si hay señales muy claras de que el país realmente cambió».
En cuanto a liderazgos, «no veo a alguien con la pujanza de María Corina Machado», aunque considera que puede surgir de manera natural cuando «las personas no tengan que temer por lo que piensan y cómo se quieren organizar».
La exiliada cubana Gretell Kairús.
Gretell Kairús: «María Corina lleva el discurso de Cuba a escenarios públicos y políticos. Eso también hace presión»
Kairús, de 43 años, pertenece a la misma generación que Llopiz-Casal, pero sus orígenes difieren mucho. Ella conoció las dos caras de la moneda. Nació en Holguín, pero se crio en La Habana, y viene de una familia paterna que «nunca estuvo con el régimen». Su padre era dueño de varios negocios desde muy joven, pero «Fidel se lo quita todo». «Yo no tengo un proceso de decepción en cuanto al sistema, siempre he sabido que no es funcional, que viene y que te despoja de tus bienes sin reclamar». Sin embargo, su madre sí era comunista.
Una historia personal que le llevó a decir aquel 27-N ante el Ministerio de Cultura: «Mi padre era ‘gusano’ [como se conoce en la isla a los opositores] y mi madre comunista y nos sentamos todos en la misma mesa a comer». Una proclama que llamaba a la reconciliación entre las dos Cubas. «Hace cinco años, cuando nosotros entramos dentro del Ministerio, todavía había personas que creían en el proyecto de Fidel Castro», subraya Kairús.
Involucrada en el mundo del arte porque trabajaba para la artista plástica Tania Bruguera -estudió Contabilidad y Finanzas y Ciencias Sociales-, protestó contra el 349 porque «se les quitaba a los artistas la posibilidad de ser libres creativamente si caían en debates políticos». Para Kairús esto no era algo novedoso, porque recuerda que esa censura ya había ocurrido en el pasado en Cuba. «¿Qué era nuevo? La generación, que tenía deseos de decir cosas y ahí se gestó un movimiento alrededor del 349«, aclara.
Esta cubana apostilla que los integrantes del Movimiento San Isidro Otero y Denis Solís «no son artistas de formación académica, pero tenían cosas que contar porque su vida era testimonio real de la verdad de Cuba«. «No estamos hablando de que eran unos intelectuales, son personas que vienen de un extracto bastante humilde», apunta Kairús.
El discurso que se manejó el 27-N caló en todos los estratos de la sociedad, convirtiéndose en un altavoz del ciudadano de a pie. «Después de eso, ya hay una llama, una mecha que está encendida. La gente empezó a perder el miedo. A ver qué tipo de cosas se podían decir y se podían hacer. Nos tomaban como referentes. Inyectó la posibilidad de estar en contra, de oponerse, de levantar la voz», detalla Kairús, en relación al germen del estallido del 11-J.
Y, pese a todo este entusiasmo, llegó el exilio. Esta cubana siempre estuvo señalada por el Gobierno por el pasado de su padre y porque su hermano tocaba en una banda contestataria. Así que cuando ya todo era insostenible, porque había participado en varias protestas y la seguridad del Estado le quitó un negocio que había montado, entendió: «Ya no iba a poder trabajar en absolutamente nada. Sabía que la libertad de Cuba iba a tomar bastante más tiempo«.
Empieza ahí un complicado camino de huida en el año 2022. Kairús salió de Cuba vía Serbia. Caminó vestida de negro por las fronteras hasta llegar a Grecia y, de ahí, a España. Aquí está «sanando», trabajando para vivir y mandar dinero a su madre, porque «si no tuviste un hijo que se fue, te mueres de hambre».
Para Kairús, la presión de EEUU hace que los cubanos tengan «esperanza», pero no sólo por el papel que pueda jugar Marco Rubio, también porque «han empezado a moverse otros factores de peso, como es María Corina, que trae el discurso de Cuba junto con ella y lo está llevando a los mismos escenarios públicos y políticos». «Eso también está haciendo mucha presión, independientemente de que el exilio siempre ha hecho presión y que en Cuba ya estamos en una situación irreversible, en un punto que no tiene retorno», argumenta, apuntando que Venezuela es un ejemplo del que aprender.
«Esta presión que se está haciendo ahora a nivel internacional ha posibilitado cosas como creaciones de partidos que hacía rato no se veían, como el de Rosa María Payá [Cuba Decide], que tiene bastante fuerza en la comunidad cubana y mucho en Estados Unidos», explica sobre la diferencia entre lo que está ocurriendo en la actualidad y otros hechos que pudieron desencadenar cambios en el pasado, como la muerte de Fidel Castro.
«La sociedad civil se está ordenando, no es como el 27 de noviembre, que fuimos unos intelectuales sin saber qué íbamos a hacer», añade. «El miedo y la desconfianza se volvieron en los últimos 60 años una cuestión cultural. Eso ha impedido la articulación de la sociedad cubana y con ello se ha perdido la memoria de cómo ordenarnos y cómo asociarnos. Yo creo que esto es una de las cosas que está saliendo a la superficie ahora y que se está restituyendo el tejido porque hay esperanza». Ella misma quisiera poder formar parte de la reconstrucción de Cuba.
La comisaria de arte Solveig Font.
Solveig Font: «Lo que está ocurriendo en Cuba es ungenocidio lento»
De 49 años y nacida en La Habana, estuvo también en la primera línea del 27-N. Como comisaria de arte conoce bien los entresijos de este sector y ha sufrido las embestidas del Estado. Además, su madre era una periodista vinculada al Partido y su padre fue escritor, quien no estaba tan ligado porque su progenitor se exilió en el año 62 por «intentar poner una bomba a Fidel», rememora Font, que recuerda que también fue censurado mucho tiempo por estudiar lengua inglesa. Una vez más, las dos realidades cubanas en una misma familia.
Se crio en la Isla de la Juventud, donde no vivió tantas carencias durante el Período Especial -en la década de los 90- y les aliviaba que su abuelo les enviaba dinero desde EEUU.
Trabajó en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que es estatal, y donde asegura que descubrió que «realmente no hay un interés en ayudar al artista». Sí se les facilitaba viajar, cuando era algo difícil para los isleños. «El Estado siempre les dio ciertos privilegios para poder mantenerlos controlados», aclara.
Su larga trayectoria le llevó a ver una transformación en el mundo del arte. Se pasó de que «la mayoría de los artistas se habían ido o habían sido censurados o estaban callados» a «la generación de los 90, que viene con otro ímpetu y otras formas de expresar el arte ocultando más ante la institución».
De la UNEAC pasó a la Fábrica de Arte Cubano (FAC) -«mitad independiente y mitad institucional»-, para terminar trabajando por su cuenta instalando una galería en su propia casa (A Vecez Art Space). «Me interesó darle voz a artistas jóvenes que no la tenían en los espacios institucionales», recuerda la comisaria de arte desde la Librería Arenales, en Madrid, hoy convertida en punto de encuentro para los artistas del 27-N. A partir del Decreto 349, Font tenía que justificar todo su trabajo ante el Estado, algo a lo que ella era contraria.
Para Font, el 27-N fue «insólito». Ella fue una de los 30 artistas que entraron al Ministerio mientras la gente se iba sumando a la movilización fuera. De la sede salieron con una promesa de agenda para discutir los puntos de desencuentro. Y empezaron los problemas. «A mí me quitaron internet, el teléfono fijo. Me quedé sin comunicación por 10 días después de esto, me ha pasado varias veces«, relata. Sin embargo, los artistas ya estaban organizados y llevaron a cabo varias acciones más. Hasta llegar al 11-J.
«El 11 de julio fue algo sui géneris. Nunca esperamos que hubiera un levantamiento, por ejemplo, en un pueblo como San Antonio de los Baños», expone esta activista cubana. Ese día ella decidió junto con un pequeño grupo ir al Instituto de Cine, Radio y Televisión y hacer una protesta para que se emitiera la versión de los que se manifestaban. Mientras que el resto de Cuba se iba contagiando. Font fue llevada aquella jornada a una prisión junto con otra compañera. «Ahí estuvimos más de 24 horas, 20 personas en una celda de cuatro por cuatro en medio del Covid». Desde ahí pudo ver el anuncio en televisión de Díaz-Canel para que se controlara la calle y presenció la llegada de más y más prisioneras, que iban narrando lo que estaba pasando fuera. «Lloré toda la noche y ahí decidí que tenía que irme de allí, que mi hijo no podía vivir esto».
El 11 de noviembre de 2021 se fue de Cuba. Aprovechando que tenía una exposición en Viena, la seguridad del Estado le facilitó la documentación. Recaló en España en enero de 2022, donde consiguió el asilo político y ahora se dedica a la gestión cultural.
«Emigrar es un proceso que la seguridad del Estado sabe que diezma mucho el activismo», puntualiza, recordando que la mayoría de los miembros del 27-N tuvieron que salir. En la actualidad, la situación en la isla es crítica. «Es un genocidio lento, personas muriéndose en la calle sin nadie que lo venga a recoger», denuncia Font. Por eso, es tajante: «La intervención de EEUU es la única solución».
Para esta activista, «el país tiene que empezar de cero». «La diferencia entre Cuba y Venezuela es que en Venezuela están más organizados, tienen un líder más palpable», explica. «Cuba no sabe lo que es la real democracia, no sabe lo que es votar por un presidente».
Los cubanos Elías Rizoy su madre Ana María León.
Ana María León y Elías Rizo: «Los cubanos estamos acostumbrados al terror, a la represión, a que nos pueda pasar algo»
La historia de esta madre y su hijo es la de esa parte de ciudadanos corrientes, que sin formar parte de la política, fue despertando ante lo que se iba moviendo en la isla. Sin quererlo, Rizo se convirtió en un símbolo del 11-J, a través de una foto que corrió como la pólvora de él subido a un coche patrulla mostrando la bandera de Cuba. Un gesto que cambió el devenir de su familia. Y un auténtico calvario para Ana María León (de 41 años y nacida en Santiago de Cuba).
«Mi hijo se me escapó», recuerda de aquel día, que vivió entre nervios y miedo. Le llegó la imagen del chico, que entonces tenía 16 años, protestando a través de unos amigos que vivían fuera del país. Pese a la mascarilla propia del Covid, le reconoció. Entonces, comenzó la búsqueda de Elías. Nunca le llegaron a detener, pero León tuvo que protegerle.
«Mi percepción al principio del régimen, con tanta propaganda y manipulación, es que ellos son los buenos y que nos están protegiendo de Estados Unidos. Pero empecé a quitarme la venda cuando estaba en la secundaria, comenzó a llegar Internet, a correr las noticias en censura, los vídeos, los documentales clandestinos, episodios de la historia que fueron borrados por ellos mismos. Ahí fue cuando yo me fui despertando», explica Rizo, ahora exiliado en España junto a su madre.
«Por suerte, en la secundaria, yo no tuve ningún problema. Sin embargo, yo discrepaba y siempre aspiré y deseé vivir una manifestación en Cuba. Cuando yo me informé que solamente en Cuba había ocurrido ‘El Maleconazo’ en 1994, que fue la manifestación más relevante hasta el 11 de julio de 2021, yo deseaba vivir algo así», expone sobre el origen de su malestar con el sistema. Para él, el 27-N fue inspirador porque «son muchos intelectuales y muchos artistas que pusieron un granito de arena por la libertad de Cuba».
«El 11-J vi mi oportunidad de alzar la voz». Y así lo hizo en su barrio de Santos Suárez, en La Habana. «Aquel día, yo me desperté y mi madre me enseño en su teléfono las noticias de todo lo que estaba pasando. Eso fue un golpe emocional muy fuerte, porque por primera vez yo estaba viendo que mi pueblo estaba en las calles», relata este joven cubano echando la vista a hace casi cinco años. Su madre no le permitió salir, sin embargo, lo hizo. «Tomé primeramente mi bandera cubana, yo la tenía guardada, porque esa bandera yo la había tomado de mi secundaria y me la escondí debajo de la camisa. Al principio yo pensaba ir al Malecón, cuando vi toda la multitud muy cerca de mi casa, gritando ‘libertad’ y ‘abajo el comunismo'», continúa.
Ni si quiera se percató de que le habían hecho la foto. Su madre recibió toda la presión e intentó ganar tiempo por todos los modos. Decidió que no iba a entregar a Elías, quien pasó a vivir en la clandestinidad. Y apostaron por salir como otros tantos perseguidos. Huyeron por Rusia porque por esa vía los cubanos no necesitan visados. El periplo fue complicado hasta llegar a España, siguiendo una ruta parecida a la de Kairús, atravesando las fronteras a pie. León confiesa que el miedo no se ha ido y que tiene un «trauma». «Estamos acostumbrados a ese terror, a esa represión, a que nos pueda pasar algo…, asegura.
Para esta cubana, la familia que allí le queda también ha sido «víctima» de las fallas del sistema. Su sobrino murió con ocho años de una enfermedad de la que se podría haber curado con un tratamiento óptimo y su tío falleció al caerle una pared encima por la falta de mantenimiento de los edificios.
Madre e hijo tienen toda la esperanza puesta en el papel de EEUU y Marco Rubio. «Es de los pocos países que ha impuesto sanciones y presión política», opina Rizo, que sigue haciendo activismo político desde la distancia. ¿Volver? Aquí la controversia entre ambos es palpable. Él quiere contribuir al cambio cuando «sea libre»; ella guarda dentro mucho dolor.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.elmundo.es
En la sección: Internacional // elmundo
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