Michael Sandel, filósofo y profesor de Harvard: «Trump y Putin están haciendo ver a los europeos que necesitan estar más unidos” | elperiodico.com

Hay filósofos que escriben para otros filósofos. Michael Sandel (Minneapolis, 1953) escribe para todo el mundo, y todo el mundo le lee. Sus conferencias sobre justicia en Harvard acumulan millones de visitas en Internet, sus libros están traducidos a 27 idiomas y su nombre aparece donde normalmente no aparece ningún filósofo: en los trending topics, en los programas de máxima audiencia, en las listas de los pensadores más influyentes del planeta. Este jueves participa en Venecia, en la Casa dei Tre Oci, en una conferencia organizada por el Berggruen Institute Europe —institución que le acaba de otorgar su Premio de Filosofía y Cultura 2025— bajo el título Democracy in Peril: Paths to Civic Renewal (La democracia en peligro: caminos hacia la renovación cívica). Atiende esta entrevista con la paciencia de quien lleva toda la vida explicando cosas difíciles con palabras sencillas.
¿Por qué cree que debates sobre temas complejos como comunidad, meritocracia y patriotismo han conectado tan profundamente con tanta gente en todo el mundo?
Nunca imaginamos que decenas de millones de personas en todo el mundo fueran a ver conferencias de filosofía. Pero eso es lo que ocurrió. Y creo que la razón es que hay una gran hambre por debates morales y éticos que el discurso público rara vez aborda. Los ciudadanos de las sociedades democráticas están frustrados con la vacuidad de la política actual. Quieren que se aborden preguntas fundamentales: ¿qué hace justa a una sociedad? ¿Qué nos debemos los unos a los otros como ciudadanos?
Su crítica al individualismo liberal parece tocar algo muy real: la idea de que si fracasas en la sociedad, solo tienes que culparte a ti mismo. ¿Es esa la gran mentira de la sociedad occidental moderna?
Sí, y esto se ha hecho cierto cada vez más en las últimas cuatro o cinco décadas de globalización neoliberal. Quienes han alcanzado la cima han llegado a creer que su éxito es obra propia, la medida de su mérito, y que por tanto merecen todas las recompensas que el mercado les otorga. Y que, por extensión, a quienes les cuesta y se quedan atrás también merecen su suerte. Ese es el lado oscuro de la meritocracia. Corroe la solidaridad y el bien común. Lleva a los exitosos —si me permite la metáfora— a aspirar demasiado hondo su propio éxito, a olvidar la suerte y la fortuna que les ayudaron en el camino, a olvidar su deuda con quienes hicieron posibles sus logros. Creo que esta forma de pensar el éxito ha producido la profunda división entre ganadores y perdedores que nos separa y que ha dado lugar a la política polarizada de nuestros días.
Viaja a Italia a hablar de los peligros que corren las democracias. Hay estudios recientes que señalan que hoy hay más autocracias que democracias en el mundo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí y es posible revertirlo?
La democracia atraviesa tiempos difíciles y las autocracias están en alza. Debemos preguntarnos por qué muchos trabajadores, en particular, se están alejando de los partidos mayoritarios para abrazar a la derecha autoritaria. Y creo que esto está conectado con lo que discutíamos antes. Nuestras sociedades están profundamente polarizadas. En las últimas décadas, ha crecido la brecha entre ricos y pobres, pero no solo eso: también se ha profundizado la división entre ganadores y perdedores. La diferencia es esta: la desigualdad económica ha generado dificultades materiales para muchos trabajadores, pero la división entre ganadores y perdedores ha producido una política del agravio y de la humillación. Muchos trabajadores, especialmente quienes no tienen estudios universitarios, sienten que su trabajo ya no se valora ni se respeta como antes.
¿Qué hace falta entonces para renovar la democracia?
Necesitamos una nueva política del bien común que aborde directamente la dignidad del trabajo. Los partidos mayoritarios han respondido a las desigualdades de la era de la globalización instando a la gente a mejorar por sí misma obteniendo un título universitario. Desde los años 80 hasta hoy, la centroderecha y la centroizquierda han dicho que la respuesta a la desigualdad es la movilidad individual a través de la educación superior. En mi libro La tiranía del mérito llamo a esto la retórica del ascenso. El problema es que esa retórica no es una respuesta adecuada a las desigualdades que produjo el neoliberalismo globalizado, ni tampoco a la erosión de la dignidad del trabajo. Necesitamos, además, fortalecer las instituciones que mezclan clases sociales, donde personas de distintos orígenes económicos, étnicos y religiosos se encuentren en su vida cotidiana. Uno de los efectos más corrosivos de las desigualdades recientes es que los acomodados y los humildes viven cada vez más vidas separadas: en barrios distintos, escuelas distintas, comercios distintos. Eso también destruye la comunidad y la solidaridad que la democracia necesita.
¿Cómo se hace todo esto en un mundo con Trump, Putin y Netanyahu?
Si es posible, solo lo sabremos si lo intentamos. El caso de Trump y el mundo MAGA es claro: son una amenaza para la democracia. Pero hay que preguntarse por qué la gente recurrió a Trump no una sino dos veces, incluidos muchos trabajadores que tradicionalmente votaban al Partido Demócrata. El Partido Demócrata, desde Roosevelt y el New Deal, representaba a los trabajadores frente a los poderosos y privilegiados. Y, sin embargo, en Estados Unidos y en Europa, los partidos de centroizquierda han alienado a la clase trabajadora, que ha acabado en brazos de figuras como Trump. Trump ganó una mayoría de votantes sin estudios universitarios que antes votaban demócrata. Hay que preguntarse por qué. Y la respuesta es que fueron los propios partidos de centroizquierda quienes, al no abordar las crecientes desigualdades durante la globalización neoliberal, abrieron el camino a Trump y figuras similares que han atacado a las élites bien educadas, las tradicionales, que los trabajadores perciben como una clase que los menosprecia.
Trump es uno de la élite…
Sí, pero el camino ha sido abierto por los partidos de centroizquierda, al no abordar la brecha, al no lograr ser una voz eficaz para la gente trabajadora, al no hablar de la necesidad de una mayor justicia, solidaridad. En cambio, lo que hicieron es seguir la senda mercantilista del centroderecha desde los años 80 y perdieron credibilidad ante los trabajadores.
¿Cree que la Unión Europea está en riesgo de desintegrarse por este nuevo orden mundial que quieren imponer países como Estados Unidos y Rusia?
La Unión Europea lleva tiempo luchando por construir un sentido de comunidad, solidaridad e identidad que sea europeo. No basta con tener una unión económica y un Parlamento Europeo: también es necesario cultivar ese sentido de pertenencia compartido. Y eso requiere una mayor participación ciudadana en las instituciones europeas. Creo que muchos ciudadanos sienten que no tienen una voz real en las decisiones de Bruselas o el Parlamento Europeo. Esa es la primera parte de la respuesta. La segunda: los desafíos que plantean Trump y Putin podrían convertirse, paradójicamente, en un motor de unidad para la Unión Europea. La invasión de Ucrania por parte de Putin demuestra la necesidad de la unidad frente a la agresión rusa. Y la falta de compromiso de Trump con Europa, su simpatía por Putin, su escaso apoyo a Ucrania, todo eso está haciendo ver a muchos europeos la necesidad de una mayor unidad. En ese sentido, lo que han hecho Trump y Putin podría ser el impulso para una Europa más cohesionada. Ese es el desafío. Espero que Europa esté a la altura.
Dice también que la izquierda debe recuperar la palabra patriotismo. ¿Cómo hacerlo sin entregarle un arma a la derecha más extremista?
El hecho de que el patriotismo se haya asociado con la derecha está ayudando políticamente a la derecha y perjudicando a los partidos de centroizquierda, porque si los partidos de derecha tienen el monopolio de esa idea, pueden retratar a los de izquierda y a sus votantes como antipatriotas. Sin embargo, en un mundo donde la ciudadanía se define en gran medida por el Estado nación, también la solidaridad con los conciudadanos es una forma de patriotismo. Los partidos socialdemócratas podrían argumentar, por ejemplo, que cuando las grandes empresas evaden impuestos registrándose en paraísos fiscales, eso es un fracaso del patriotismo económico. Como decía, los partidos de centroizquierda necesitan redescubrir un lenguaje que se aleje del individualismo triunfante del mercado y articule una nueva idea de patriotismo vinculada a la política del bien común y a la responsabilidad mutua de los ciudadanos.
En cambio, ha llegado el wokismo.
Los partidos de centroizquierda han derivado hacia una política de identidad de carácter estrecho, precisamente porque han fracasado a la hora de abordar las cuestiones de clase y de desigualdad económica. Demasiados abrazaron el neoliberalismo. Después de los años de Reagan y Thatcher, los líderes que los sustituyeron —Clinton en Estados Unidos, Blair en Gran Bretaña, Schroeder en Alemania— suavizaron sus discursos más duros sobre las políticas de mercado, pero nunca cuestionaron la premisa fundamental: que los mercados deberían ser un instrumento primario para definir y alcanzar el bien público. Y como resultado, dejaron de hablar de las desigualdades que se profundizaban. Dicho esto, quiero ser cuidadoso con lo que se entiende por ese término, porque parte de lo que la derecha asocia con él son movimientos por la justicia racial y la igualdad de género. Y no creo que la centroizquierda deba abandonar esas causas.
El Papa ha hablado de nuevas formas de esclavitud digital y colonialismo. ¿Comparte esa lectura de la inteligencia artificial?
El Papa ha prestado una gran contribución. Demasiada gente está deslumbrada por los escenarios utópicos que ofrecen los capitalistas de Silicon Valley y cree que la IA resolverá todos nuestros desafíos sociales y políticos. Pero eso pasa por alto un peligro real: si se permite que Silicon Valley defina los fines a los que se destinará la inteligencia artificial, corremos riesgos. Los peligros que identifica la encíclica del Papa son el aumento de la desigualdad, la obsolescencia del trabajo para muchos ciudadanos, y quizá el más fundamental: el riesgo de que la tecnología mine la comunidad y la conexión humana, llevándonos a confundir la comunidad virtual y digital con la real. Es un escenario oscuro: nuestra propia creación podría acabar alienándonos de lo que nos hace humanos.
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