Saverio Vivas | La soberanía no puede ser ciega

Muchos hablan hoy en día de soberanía, pero pocos entienden que esta no puede convertirse en un chantaje político para encadenar a un pueblo a la miseria económica. La soberanía no puede ser ciega. Aunque no exista una cita textual de Simón Bolívar con estas palabras exactas, la revisión de nuestra historia demuestra que tanto él como los grandes líderes de la Independencia compartían este criterio fundamental: el Estado está al servicio del ciudadano, y no al revés. El propio Bolívar lo dejó claro en su célebre Discurso de Angostura en 1819: “El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”. Cuando un Estado produce lo contrario, el concepto abstracto de soberanía se vacía de contenido.
El pragmatismo de los Libertadores
La historia nacional suele enseñarse de forma dogmática, silenciando el profundo pragmatismo de sus protagonistas. Simón Bolívar nació bajo el Imperio Español, consideraba a Caracas su patria chica y terminó definiéndose como colombiano en su macroproyecto integrador. José Antonio Páez también nació español, se consideraba apureño y terminó fundando la República de Venezuela. Ninguno de los dos entendía la soberanía como un elemento sagrado, inmutable o seudorreligioso.
Ambos sirvieron militarmente bajo contextos virreinales antes de romper con la Corona. Años más tarde, el propio Páez lideró el movimiento de La Cosiata y la subsecuente separación de Venezuela de la Gran Colombia in 1830. Historiadores eminentes recuerdan que este no fue un acto de traición, sino un ejercicio de soberanía social. La sociedad venezolana de la época, asfixiada por el centralismo y la ruina económica impuestos desde Bogotá, priorizó su autonomía y bienestar por encima de la “soberanía” de un macroestado que ya no les garantizaba un futuro. Si los fundadores de la patria cambiaron de banderas, fronteras y leyes en busca de libertad y progreso, ¿por qué se cuestiona hoy al venezolano desesperado que contempla opciones radicales para salvar el futuro de sus hijos?
La cárcel sin grilletes
Fui formado para sentirme patriota, orgulloso de mi gentilicio, de mi geografía y de mi cultura. Lo llevo en la sangre. Sin embargo, la patria que aprendí a amar murió hace décadas; el Estado actual no es ni la sombra de aquel ideal. Amar a Venezuela no implica cerrar los ojos ante su destrucción. Mi identidad es innegable, pero mi lealtad no pertenece a un sistema que transformó el país en una cárcel sin grilletes para treinta millones de ciudadanos.
Durante casi tres décadas, la sociedad venezolana ha soportado hambre, violencia, persecución y discriminación. Hemos visto a generaciones truncadas por la desnutrición; a padres despedir a sus hijos en terminales; y a familias rotas que no pudieron acompañar a sus seres queridos en el lecho de muerte. Hemos presenciado la crudeza de niños defendiéndose con escudos de cartón frente a las balas y el encarcelamiento injusto de ciudadanos inocentes. Ante una realidad tan devastadora, el verdadero patriotismo no consiste en callar ni en rendir culto a los símbolos de un Estado fallido; consiste en exigir una salida.
Romper el tabú: El derecho a la prosperidad occidental
En este escenario de asfixia, la animadversión ideológica de algunos sectores hacia Occidente y los Estados Unidos resulta injustificada. Cuando la supervivencia de una nación está en juego y se busca evitar que el extremismo degenere en una guerra civil o en la fragmentación criminal del territorio, la cooperación internacional no es una violación a la soberanía, sino un acto de auxilio humanitario necesario.
El debate público ha llegado al extremo de criminalizar el deseo de orden. Recientemente, discusiones en el panorama geopolítico sobre una integración profunda —que algunos analistas llevan al extremo teórico de imaginar a Venezuela bajo el estatus del “Estado 51” de la Unión Americana— han escandalizado a los puristas del nacionalismo abstracto. Sin embargo, si analizamos este escenario sin anteojeras ideológicas, ¿qué significa realmente desear esa integración? No se trata de una sumisión colonial o una entrega ciega, sino de una alianza pragmática entre iguales para el beneficio mutuo, un puente hacia la normalidad que cualquier ser humano merece:
- Institucionalidad y Seguridad: Implica que los cielos venezolanos estén protegidos por tecnología de punta y que las costas del Caribe cuenten con puertos modernos y seguros, erradicando el control de megabandas y el crimen organizado bajo un marco de cooperación internacional riguroso.
- Desarrollo Económico Real: Significa transicionar de una economía destruida a un sistema de libre mercado con salarios estables por hora bajo estándares internacionales, donde las costas de La Guaira, Puerto La Cruz o Margarita alberguen complejos hoteleros globales de cinco estrellas.
- Inversión y Tecnología: Atraer empresas automotrices, industrias de alta tecnología, centros de desarrollo agrícola tecnificado e incluso infraestructura aeroespacial, aprovechando nuestra envidiable posición geográfica en asociación con capitales globales.
- Educación y Cultura: Contar con extensiones de universidades de primer nivel mundial y ver a atletas venezolanos competir con plenas garantías en las Grandes Ligas o las finales de la NBA bajo franquicias locales de primer orden.
Libertad e integración
Es evidente que, jurídicamente, la anexión formal a los Estados Unidos enfrenta barreras legislativas y políticas casi insalvables en el Congreso estadounidense, lo que vuelve más realista una integración funcional, institucional y financiera profunda. Pero el ejercicio de pensarlo no debe ser un tabú. Desear autopistas modernas, justicia independiente, inversión privada y calidad de vida no es una traición a la patria; es el reflejo de un pueblo que anhela dejar atrás la mera supervivencia.
El bienestar económico y la seguridad jurídica son derechos humanos fundamentales. Ningún argumento de supuesto patriotismo puede quitarnos el derecho a rebelarnos contra la miseria, a perder el miedo a debatir nuestro destino y, sobre todo, a exigir un futuro mejor.
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