Cómo Emil von Behring derrotó a la difteria y cambió la medicina para siempre
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A finales del siglo XIX, las noches en las ciudades europeas estaban llenas de un terror silencioso. Una enfermedad implacable, apodada «el ángel estrangulador», entraba en los hogares y se cobraba la vida de miles de niños. Su nombre científico era difteria. Los pequeños morían asfixiados por una densa membrana que crecía en sus gargantas, mientras los médicos observaban impotentes.
En medio de esta desesperación colectiva, un médico militar prusiano llamado Emil von Behring cambió el rumbo de la historia natural de las enfermedades. Su trabajo no solo le valió el primer Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1901, sino que fundó las bases de la inmunología moderna gracias al descubrimiento de la sueroterapia.
El laboratorio de las maravillas: De la guerra al microscopio
Nacido en 1854 en Hansdorf (entonces Prusia), Behring no provenía de una familia adinerada. Para poder costear sus estudios médicos, tuvo que alistarse en el ejército prusiano, una decisión que marcaría su disciplina y su enfoque metodológico. Sin embargo, su verdadero destino no estaba en el frente de batalla, sino en el laboratorio.
Su gran oportunidad llegó cuando se incorporó al prestigioso Instituto de Enfermedades Infecciosas de Berlín, dirigido por el legendario Robert Koch. Allí coincidió con otras mentes brillantes de la época, como Kitasato Shibasaburō y Paul Ehrlich. En ese hervidero de talento y rivalidad científica, Behring se obsesionó con un misterio: ¿por qué algunas bacterias mataban a distancia sin necesidad de invadir todo el cuerpo?
La respuesta la habían esbozado previamente los investigadores franceses Émile Roux y Alexandre Yersin, quienes descubrieron que el verdadero peligro de la difteria no era la bacteria en sí, sino la toxina (el veneno) que esta liberaba en el torrente sanguíneo.
(Foto: Waldemar Titzenthaler/Wikimedia Commons)
El nacimiento de las «antitoxinas»: El milagro de la Navidad de 1891
A diferencia de Koch o Pasteur, que buscaban destruir los microbios directamente, Behring se centró en la respuesta del propio cuerpo. Junto al microbiólogo japonés Kitasato Shibasaburō, comenzó a experimentar inyectando dosis letales atenuadas de la toxina de la difteria y del tétanos en cobayas y conejos.
Lo que descubrieron fue revolucionario: el suero sanguíneo de los animales supervivientes contenía una sustancia capaz de neutralizar por completo el veneno. Habían descubierto las antitoxinas, lo que hoy conocemos científicamente como anticuerpos. Además, al inyectar este suero a un animal enfermo, este se curaba.
La prueba de fuego llegó la noche de Navidad de 1891 en una clínica infantil de Berlín. Un grupo de niños moribundos por difteria recibió las primeras inyecciones de suero extraído de ovejas inmunizadas. El resultado pareció un milagro de la época: la fiebre cayó, las membranas de la garganta desaparecieron y los niños sobrevivieron. Behring acababa de inventar la sueroterapia, el primer tratamiento específico y eficaz contra una enfermedad infecciosa mortal.
El Premio Nobel y las luces y sombras del éxito
El impacto global de su descubrimiento fue inmediato. La tasa de mortalidad de la difteria, que rondaba el 50%, se desplomó drásticamente. Por esta hazaña, Emil von Behring fue galardonado en 1901 con el primer Premio Nobel de Medicina de la historia, consolidando su estatus como una celebridad científica internacional y otorgándole el título nobiliario de «von».
Sin embargo, el éxito científico vino acompañado de tensiones personales. El desarrollo industrial del suero a gran escala requirió la genialidad de Paul Ehrlich, quien ideó el método para medir y estandarizar la potencia de las dosis para que fueran seguras en humanos. A pesar de la vital contribución de Ehrlich, Behring se llevó gran parte del reconocimiento económico y el Nobel en solitario, lo que fracturó su relación para siempre.
Con la fortuna del premio y los derechos de autor del suero, Behring fundó las Behringwerke en Marburgo, una empresa dedicada a la producción de vacunas y plasmas que transformó la inmunología industrial.
En sus últimos años, Behring continuó investigando la tuberculosis y perfeccionando los métodos de inmunización activa. Aunque la sueroterapia (inmunidad pasiva) era un tratamiento de emergencia excelente, el científico sabía que el verdadero futuro de la medicina preventiva radicaba en las vacunas, que enseñan al cuerpo a producir sus propias defensas antes de enfermar.
Emil von Behring falleció en 1917, en plena Primera Guerra Mundial, dejando un mundo donde la difteria ya no era una sentencia de muerte inevitable. Hoy en día, gracias a la vacunación sistemática derivada de sus principios, el «ángel estrangulador» es un recuerdo lejano en la mayor parte del planeta.
Fuente de TenemosNoticias.com: noticiasdelaciencia.com
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