‘Barranquillita’, el centurión de la noche que trabaja cuando todos duermen: historias desde el mercado de abastos más popular de la ciudad
📅 🕐 hace 6 min🔗 Fuente: eltiempo.com🕑 9 min de lectura
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A continuación, unos tipos a los que nunca les han contado cómo se ve el alba, porque ellos han visto caer a la oscura noche una y mil veces más que cualquier barranquillero promedio. Discípulos del trabajo, sinónimos noctámbulos y si el Joe Arroyo viviera, sus mejores compañeros: estoy describiendo a los comerciantes de Barranquillita, el mercado de abastos en el centro de la ciudad de río y mar.
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Barranquillita es el nombre con el que se conoce este mercado popular que se desparrama entre calles húmedas y muchos puestos sin razón social, pero que obviamente tienen nombre. ‘Donde Lucho’, ‘Donde el Mono’, ‘Care palo’ y ‘Miguelito’ son algunas de las referencias que etiquetan a negocios de verduras, frutas y otro amplio espectro de víveres que abren desde las 1 y 2 de la madrugada.
De la calle 30 para abajo está la parte del Centro que no trabaja con horario de oficina y donde el día comienza cuando todavía no hay sol, ni tráfico, ni buses, ni almacenes de cadena. Es imposible que a la hora a la que abren estos negocios la gente llegue a ‘vitrinear’: todos van a comprar o a trabajar.
El que más tarde llega, lo hace a las 3 de la madrugada. Foto:Guillermo González/Kronos
Aunque en el caso de la casa editorial EL TIEMPO se hizo una excepción, porque se fue a buscar las historias que explican las dinámicas comerciales y cotidianas de quienes venden el mejor tomate para sus negocios, el pescado más fresco para su casas y, sobre todo, el producto más barato para su bolsillo.
Héctor, más fresco que una lechuga
A este hombre de 38 años lo encontramos en el parqueadero El único, antigua ‘Plaza del Tomate’. Héctor se abre paso sin necesidad de levantar la voz y camina como alguien que ya recorrió este lugar desde abajo.
Héctor, de 38 años, ha trabajado 22 de ellos en el mercado de Barranquilla. Foto:Guillermo González/Kronos
Es que ahora tiene un negocio y posa para que un par de personas le digan patrón, pero no siempre estuvo detrás de un puesto. Antes de vender, ‘cotereó’ bastante.
Hoy llega a las 2 de la mañana, organiza cajas de tomate, revisa pedidos, responde a proveedores y hace cuentas en el negocio. Desde ahí despacha cebolla, habichuela, pimentón, ají, pepino; mercancía que llega de Ocaña, Bucaramanga y Medellín, traída en camiones que llegaron mucho antes que Hector despertara. Pero su historia no empieza aquí.
Héctor llegó a Barranquilla hace más de dos décadas sin nada que lo sostuviera. Originario de Palmor, en la Sierra Nevada de Santa Marta, estuvo inmerso durante años por la violencia que lo obligó a salir corriendo del monte donde pertenece.
“Yo soy del monte… pero me tocó mudarme aquí por cuestiones de seguridad, porque allá me tocó huirle a la guerrilla. Y después a los paramilitares”, recuerda. “Mi familia quedó por ahí enterrada también. La guerrilla la desapareció”.
El trabajo del cotero es el más admirable a simple vista, dado su basto esfuerzo físico. Foto:Guillermo González/Kronos
La ciudad lo recibió sin redes, sin conocidos, sin trabajo. Lo primero que encontró fue necesidad. “Eso fue una lucha grande… las necesidades que uno pasa cuando recién llegas a una ciudad que no conoces a nadie. Humillación, hambre. Así me tocó”.
Este hombre, con el peso de la sobrevivencia, conoció a la selectiva Barranquilla del bulto. Acostumbrado al esfuerzo físico, su primer punto de anclaje fue una arrocería en la calle 44, Inversiones Lache, donde empezó como cotero.
Desde ahí recorrió el circuito bravo del mercado: cargar, descargar, empujar, mover. “Yo aquí cotereando, trabajando… con todo el mundo trabajé por aquí, tirando carretillas de todo. ¿Sabes lo que es tirar bulto?”, pregunta y no espera respuesta: “Eso fue lo que tiré yo: bastante bulto”.
Durante 22 años, la edad de su hija mayor, ha movido decenas de bultos diarios que podrían pesar hasta 50 kilos. “Siento dolores y todo eso… pero le pido a Dios por mi columna”, dice. Hoy vive en Soledad, en Villa del Rey y se va en su moto hasta el negocio.
Carretilleros, encargados de hacer fletes dentro del mismo mercado. Unos domiciliarios, básicamente. Foto:Guillermo González/Kronos
Y aunque montar su propio chuzo no fue un salto limpio, Héctor agradece a Dios y esas noches por haber empezado en octubre del año pasado: “Muchos yo sé que decían: ese sale ahorita de ahí sin nada… ese sale derrotado. Y hasta la vista, mientras casi todos duermen, yo me he parado”.
Vienen de lejos, pero llegan temprano
Uno pensaría que todos los que llegan a esa hora tienen su medio de transporte propio o, en el mejor de los casos, viven cerca. Pero Doña Eneida y Jose ni tienen transporte propio ni viven cerca.
Doña Eneida tiene más de 40 años vendiendo la yuca que le traen sus proveedores. Foto:Guillermo González/Kronos
‘Doña Ene’ es una minorista de yuca que se ubica en el corazón de la plaza del plátano. Parece un juego de palabras con un acertijo detrás, pero no hay truco en la historia de quien vende este fruto noble que crece enterrado en los pueblos de nuestro caribe colombiano.
Bromea diciendo que se levanta “tarde” (a las 2:00 a.m.) y a veces ha cogido la ‘mala costumbre’ de trasnochar y seguir de largo desde el día anterior, porque, pese a sus 40 años de experiencia, no se acostumbra a dormir períodos cortos.
Es originaria de Barranquilla y vive a varios kilómetros de su puesto de trabajo, en la Ciudadela 20 de Julio, al sur de la ciudad. Trabaja con su esposo y le gusta este negocio, aunque no niega que extraña esas viejas épocas donde “llegaba de noche y se iba de noche”.
Este testimonio fue impactante: ¿qué quería decir? Al momento de desarrollar, Eneida rememora que, en un pasado reciente, ella y muchos otros comerciantes de su alrededor no tenían que quedarse hasta el mediodía para vender el producto. Lograban salir de la mercancía cerca de las 5:40 a.m. y, antes de que amaneciera, ya iban camino a casa.
Las plazas del plátano y el guineo son las más concurridas por compradores. Foto:Guillermo González/Kronos
‘Doña Ene’ afirma que un incremento sostenido de inseguridad y el desconocimiento de las nuevas generaciones han opacado a este añejo sector del comercio, que solía ser el factor “ahorro” para muchas familias y negocios en Barranquilla.
Por otro lado, está la historia de Jose, verdulero. Nos recibió con su flamante camisa rojiblanca, y este barranquillero nos contó cómo lo que ocurre en Barranquillita entre las tres y las cinco de la madrugada es estructural y no marginal, como muchos podrían llegar a pensar.
Jose tiene todas sus verduras ordenadas y apetecibles. Agradece poder venderlas y no recogerlas. Foto:Guillermo González/Kronos
En centrales de abasto del país, el movimiento de alimentos puede superar fácilmente las cientos o incluso miles de toneladas en un solo día. Aunque Barranquillita no tiene un sistema de medición formal como otros complejos logísticos, opera dentro de ese mismo circuito.
Los camiones llegan a la medianoche desde distintos puntos del país, cargados de productos que comenzarán a circular antes del mediodía. En ese proceso se definen precios, se negocian volúmenes, se distribuyen cargas. Todo eso debe ocurrir antes de que el resto de la ciudad entre en escena.
Lo que el ciudadano paga por un tomate en la tarde empieza a decidirse en la madrugada, cuando Jose, con las estrellas alumbrando, le paga lo correspondiente al mayorista que tiene listo el producto. Jose vive en Caribe Verde y, al igual que Doña Ene, no tiene medio de transporte propio para movilizarse.
Negocios como este abastecen a vendedores más pequeños y gente que compra para sus hogares. Foto:Guillermo González/Kronos
Tiene unos 20 años en el circuito en un negocio familiar, que inició su tía (aún en el negocio) y su papá (ya en casa), pero que ahora lideran sus manos. Se despiertan a la 1:00 a.m. para alistarse, desayunar y pedir el taxi que los lleve a su puesto. “A veces no nos quiere coger nadie, porque desconfían por la hora y el lugar, pero siempre llegamos a tiempo”.
La luz del día oscurece su labor
A medida que se acerca la mañana, Barranquillita cambia otra vez. Hay menos coteros y camiones, que ya han descargado su mercancía y se disponen con rumbo a descansar.
Uno de los sectores más conocidos es la plaza del pescado, que abre a las 3:00 a.m. Foto:Guillermo González/Kronos
Las tiendas, cocinas y puestos más pequeños empiezan a exhibir lo conseguido hace pocas horas, viendo como el sol de las 6:00 a.m alcanza las primeras cajas. El resto de Barranquilla empieza su rutina y encuentra a esos comerciantes sin saber que Héctor ya lleva horas trabajando, Doña Ene ya vendió parte de su carga y José ya pagó lo que tenía que pagar.
Llegar a este lugar de noche es iluminar lo que, irónicamente, el sol oculta detrás de cada kilo de comida. Como explicó Jose, lo que ocurre en este mercado no es menor ni marginal, sino parte de una cadena que sostiene el abastecimiento diario de Barranquilla y su área metropolitana.
Pese a que muchas veces se opera en condiciones precarias, mantiene en movimiento la economía cotidiana. Reconocerlo implica entender que este tipo de comercio no sobrevive por necesidad, sino por una red de confianza, esfuerzo y conocimiento acumulado durante años.
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En ese sentido, más que un espacio de compra, Barranquillita es un patrimonio vivo que sigue funcionando gracias a quienes lo trabajan cada madrugada. Valorarlo, protegerlo y elegirlo también es una forma de sostener a quienes despiertan sin necesidad de un gallo.
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Camilo Álvarez Peñaloza, periodista EL TIEMPO Barranquilla