Las culpas compartidas: ¿Quién puede tirar la primera piedra en Venezuela?

Frente a la tragedia y la devastación en Venezuela, Enrique Ochoa Antich analiza la urgencia de asumir las culpas compartidas y abandonar los extremismos políticos para enfocar los esfuerzos en la reconstrucción nacional.
Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.
Evangelio de Juan, capítulo 8, versículo 7
Natural que haya rabia. Estremecida la tierra, la muerte de los miles espolea la ira, incita el furor. Entre los escombros, la afanosa búsqueda revela incapacidades, carencias, poquedades. Es el momento en que la rabia se convierte en culpa.
Como quiera que el Estado tiene siempre la primera, la principalísima responsabilidad en lo que en cualquier circunstancia sucede, suele achacarse al gobierno de que se trate todo el yerro, todo el fallo, toda la falta. Ocurrió con Katrina y sus 1.800 muertes… en el país más poderoso del planeta. Ocurrió en 2023 con las 50.000 víctimas de los terremotos en Turquía. Ha pasado en Canadá, en España, en Filipinas… Incendios, riadas, inundaciones.
Hay quienes lo hacen de buena fe. Pero están los cínicos, claro. Aves carroñeras que se abalanzan para alimentarse del dolor ajeno. Pescadores en río revuelto que buscan satisfacer sus bajos instintos, a veces sed de venganza, a veces hambre de poder.
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Por tres, cuatro, cinco décadas largas, Venezuela ha sufrido un largo proceso de devastación, espiritual y material. Rebeliones y masacres, golpes de Estado, paros insurreccionales, estatismo, populismo, corrupción, violencia callejera, represión, sanciones, bloqueo. Sus signos políticos distintivos son diversos y contrarios. ¿Quién puede tirar la primera piedra?
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Imposible obviar la culpa compartida. A poco que se escarbe sobre las apariencias, hallaremos que dos males se cernieron sobre la patria, que explican la destrucción de nuestras capacidades para hacer frente a catástrofes como ésta que abofetea nuestras más hondas sensibilidades: por una parte, las malas políticas públicas que condujeron a que un país plagado de riquezas terminara en el pantano de la ruina y la penuria; por la otra, la demanda y consecución de ‘‘sanciones’’ económicas y financieras que en tres años contrajeron la producción petrolera de 2,5 millones a medio millón. ‘‘Los extremismos que destruyeron las bases políticas de la República’’, según palabras pronunciadas por la Presidenta Delcy Rodríguez.
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Por eso incordia observar que quienes aún reivindican aquéllas y quienes promovieron éstas, pretendan convertirse en jueces implacables de quienes, conociendo el monstruo desde su interior, procuran darle cara con coraje admirable a los enormes desafíos de la emergencia y al reto ciclópeo de la reconstrucción, que ya lo era antes del 24 de junio y ahora lo es más.
Enoja que unos y otros, porque los extremos se tocan, en vez de cooperar y auxiliar, entorpezcan, calumnien e infamen a los que reconocen los desaciertos del pasado reciente y procuran enmendarlos.
Por ejemplo: recibiendo con beneplácito, a diferencia de lo que se hizo en otras emergencias, la asistencia de todos los países del planeta sin prejuicios ideológicos de ningún género.
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Pero, además de fariseos, son irresponsables y criminales quienes deliran con retornos mostrados como épicos para incitar a una revuelta sin destino. Bochorno causa su desparpajo. Ni la sangre derramada, ni la desdicha ni el desamparo, son óbice para sus ambiciones desmedidas.
Como nación, no como gobierno u oposición, los venezolanos nos debemos un acto de contrición que, a partir de un arrepentimiento sincero y un reconocimiento de las culpas compartidas, nos permita encarar el porvenir con la legítima esperanza que se ganan los pueblos cuando se unen en la búsqueda de un destino común.
Que el holocausto de los miles sea honrado con amor y no con odio. Venezuela puede levantarse de estas ruinas. Y que el tricolor de las ocho estrellas tremole ya no sobre los vestigios de lo que fue sino sobre el limpio cemento de lo que será: la nueva patria libre, próspera y soberana.
Enrique Ochoa Antich es un político y escritor. Fue miembro fundador de Movimiento al Socialismo (MAS).
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