271 joyas prehistóricas de la cueva del Llonín revelan los códigos identitarios de los cazadores-recolectores del Paleolítico Superior

La arqueología tiene un gran superpoder: consigue leer en los objetos la vida de las comunidades humanas que vivieron hace siglos o milenios. Hace más de 20.000 años, en un valle estrecho entre los Picos de Europa y la costa cantábrica, alguien perforó un diente de ciervo con un movimiento rotatorio preciso. Ese gesto, repetido durante milenios en la cueva asturiana de Llonín, ha dejado un rastro que la ciencia actual puede leer como si de un libro abierto se tratara. En este rincón de la geografía peninsular, las conchas marinas, los colmillos de lobo, las vértebras de salmón y los fósiles de gusano marino conforman uno de los conjuntos de adornos personales más diversos del Paleolítico Superior cantábrico.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Cantabria, la Universidad de Oviedo y la Sapienza de Roma ha analizado 271 piezas recuperadas en este yacimiento asturiano. El estudio, publicado en PLOS One, ha combinado análisis taxonómicos, biométricos, tafonómicos y de huellas de uso para trazar un mapa insospechado de movilidad, identidad y relaciones sociales entre los grupos de cazadores-recolectores.
Un equipo de investigadores ha analizado 271 ornamentos paleolíticos del yacimiento asturiano de la cueva de Llonín.

Un taller prehistórico dentro de la cueva
Durante el Solutrense Superior, la gruta de Llonín fue un auténtico taller de producción de objetos portátiles. Los investigadores documentaron 16 colmillos de ciervo sin perforar, así como algunas piezas con perforaciones inacabadas, lo que demuestra que el proceso completo de fabricación se desarrollaba en el propio yacimiento.
El análisis de las huellas de uso microscópicas, realizado con microscopios con aumentos de hasta 200 veces, permitió determinar que el 92,35% de los adornos acabados mostraban señales claras de uso. Las marcas de pulido, redondeo y deformación en las perforaciones ayudan a reconstruir cómo se suspendían estos objetos. Se utilizaban cordones simples o dobles, o se cosían directamente a las prendas de vestir.
Los investigadores documentaron 16 colmillos de ciervo sin perforar, así como algunas piezas con perforaciones inacabadas: se trataba, pues, de un taller.

Técnica e individualidad en el Paleolítico
La variedad de técnicas empleadas resulta sorprendente. Se han identificado ocho métodos distintos de preparación y perforación de las piezas: abrasión, rotación, presión, percusión, incisión, aserrado, flexión y combinaciones de las anteriores. Según los expertos, esta heterogeneidad sugiere la existencia de varios artesanos con preferencias propias que habrían trabajado de forma simultánea o, quizás, en etapas sucesivas.
Los autores interpretan este patrón como un indicio de la relevancia de la función individual de los objetos. Los investigadores sostienen que cada adorno pudo actuar como marcador de identidad personal, ya fuera como trofeo de caza, talismán o simple elemento decorativo. La ausencia de una estandarización en estos ornamentos sugiere una sociedad caracterizada por los movimientos frecuentes de población en el entorno regional. En este entorno, cada individuo habría construido su propio repertorio simbólico.
Se han identificado ocho métodos distintos de preparación y perforación de las piezas: abrasión, rotación, presión, percusión, incisión, aserrado, flexión y combinaciones de las anteriores.

El cambio hacia la homogeneidad magdaleniense
Esta imagen cambia drásticamente durante el Magdaleniense Medio. El conjunto malacológico se vuelve menos diverso, tanto técnica como tipológicamente. Casi todas las conchas pertenecen a una sola especie, Littorina obtusata/fabalis, que en este periodo suma 77 de los ejemplares analizados. Sorprende que no aparezcan piezas sin perforar ni objetos con fallos técnicos evidentes en el registro arqueológico. Esto sugeriría, según el estudio, que los adornos llegaban ya fabricados desde otro lugar, probablemente desde la franja costera. Durante esta fase, Llonín se habría convertido en un punto de recepción más que de producción.
Los investigadores proponen que este fenómeno coincide con un episodio de agregación social. Grupos dispersos de cazadores-recolectores se habrían reunido en la cueva por motivos económicos, sociales o rituales y habrían aportado objetos ya elaborados como marcadores de identidad colectiva o como bienes de intercambio. La riqueza del arte parietal y de la industria ósea en estos niveles refuerza la idea de Llonín como lugar de encuentro recurrente durante este periodo.
Los investigadores sostienen que cada adorno pudo actuar como marcador de identidad personal, ya fuera como trofeo de caza, talismán o simple elemento decorativo.

Redes que cruzaban montañas y mares
El análisis biométrico y geográfico de los materiales revela conexiones que se extendían mucho más allá del entorno inmediato de la cueva. La presencia de conchas de Tritia mutabilis, una especie que ya no habita en el Cantábrico, apunta a la existencia de contactos con el Mediterráneo a través del valle del Ebro a partir del Solutrense.
Llonín se sitúa en un corredor estratégico que conectaba el occidente cantábrico con dos grandes rutas: una hacia el norte de los Pirineos y otra hacia el Mediterráneo. La circulación de materiales líticos procedentes de zonas situadas entre 40 y 100 kilómetros de distancia parece confirmar esta función de nodo de la cueva dentro de redes de intercambio más amplias.
Los autores distinguen así dos formas complementarias de movilidad. Una operaba a escala local, vinculada a la obtención de recursos de subsistencia y materias primas cercanas. La segunda implicaba desplazamientos de mayor alcance que conectaban a los habitantes de Llonín con comunidades distantes y que se articulaba a través del intercambio de objetos, información y tradiciones simbólicas.
Durante el Magdaleniense Medio, la cueva de Llonín deja de ser un centro productor de ornamentos para convertirse en un posible centro de agragación de distintos grupos de cazadores-recolectores.

La prueba de la complejidad social paleolítica
Los hallazgos de Llonín permiten construir una hipótesis histórico-social que trasciende lo puramente tecnológico. Estos adornos personales, lejos de ser meros elementos decorativos, funcionaron como dispositivos de comunicación social capaces de transmitir información sobre la identidad personal, la pertenencia grupal y las relaciones de intercambio.
El contraste entre la heterogeneidad solutrense y la homogeneidad magdaleniense ofrece una rara oportunidad de observar cómo cambiaron las funciones sociales de un mismo tipo de objeto en un mismo lugar a lo largo de varios milenios. Así, entre el Solutrense Superior y el Aziliense, hace entre 21.800 y 11.000 años, los habitantes de Llonín cambiaron radicalmente su forma de relacionarse con estos pequeños objetos de adorno.
Referencias
- Pérez-García de los Salmones D, Cuenca-Solana D, González-Rabanal B, Marín-Arroyo AB, Duarte-Matías E, de la Rasilla-Vives M. 2026. «Identity and mobility through personal ornaments in Upper Paleolithic Cantabrian hunter-gatherer societies: Insights from Llonín cave (Asturias, Spain)». PLoS One, 21(6): e0351170, 2026. DOI: https://doi.org/10.1371/journal.pone.0351170
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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