Jesús Alba, catedrático de Física Aplicada y experto en acústica de la Universidad Politécnica de Valencia, sostiene que no damos importancia a la repercusión que puede tener el ruido en nuestro cuerpo, especialmente en los colectivos más vulnerables como niños, a los que puede retrasar su aprendizaje de la lectura, personas mayores o quienes tienen una patología que puede afectar al sistema nervioso y locomotor.
Cultura para protegerse
“El ruido es uno de los contaminantes registrados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo que pasa es que no hay cultura de tener en cuenta que afecta realmente a la salud de las personas y, sobre todo, las vulnerables: niños, personas mayores y personas con algún tipo de patología que les pueda afectar al sistema nervioso, al sistema locomotor”, resalta Alba.
A su juicio, “no existe cultura de la necesidad de protegerse frente al ruido’, por lo que se convierte en el ‘agresor invisible’ de la salud”.
Foto:alcaldía de barranquilla
Retraso del aprendizaje
El catedrático resalta las diferencias en la percepción de ruido en entornos urbanos y rurales, especialmente en los centros educativos en uno u otro lugar, y lo hace también en un artículo publicado en la plataforma La Conversa, dedicada a la publicación de artículos científicos.
“En los centros educativos situados cerca de grandes carreteras, donde hay mucho movimiento de ruido y tránsito de transporte pesado o de aviones, los niveles que registran los mapas de ruido dan valores de ruido muy grandes”, advierte.
Eso, según Alba, “coincide con los estudios sobre el tiempo que tardan en leer los niños, incluso los efectos sobre su comportamiento, por tener el cuerpo siempre en un estado de alerta”.
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“El cuerpo, aunque no nos demos cuenta, nota que hay un agresor. Te puedes acostumbrar a un ruido fuerte, pero tu cuerpo nota la agresión de esa energía acústica y a los niños les cuesta concentrarse con niveles altos de ruido, con lo que el aprendizaje de la lectura les cuesta mucho más y les llega a producir problemas de comportamiento”, apunta.
Dormir: máximo 30 dB
Desde los años 80, la OMS tiene una escala que marca los decibelios que una persona debería soportar en función del momento y el sitio donde esté y, según subraya Alba, “si vas a dormir no deberías pasar de los 30 decibelios”.
Concreta que “con 55 dB —lo que registran mapas desde 2003— ya se producen molestias; y a partir de 65 costaría entenderse con otra persona”, y alerta que a partir de ese nivel se pueden producir problemas de salud a largo, medio o corto plazo conforme van subiendo los decibelios.
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“De hecho, 80 dB ya son un valor peligroso”, advierte, para indicar también que en un puesto de trabajo con ese nivel se tienen que tomar medidas. Con 85 dB deben usarse protectores auditivos.
Sin embargo, hay carreteras con centros educativos cerca que generan ese nivel de ruido que, en contextos como el trabajo, obligaría a llevar un protector.
La velocidad del tráfico
El experto en acústica defiende que ‘lo lógico’ sería situar los colegios en zonas más protegidas, pero como en muchas ciudades no se ha hecho así, hay que llevar a cabo medidas como reducir la velocidad del tráfico de 50 a 30 km/h, sobre todo cerca de los centros escolares. Esto, de hecho, no es nuevo, ya es una regla que hay a nivel mundial.
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También apunta a las barreras de vegetación, pues además de ser agradables a la vista, también pueden producir “un efecto de reducción del impacto de ese ruido en los asfaltos”.
“En otras ciudades se está poniendo de moda cambiar el asfalto del pavimento para que, donde vayan a pasar los carros, se produzca el menor ruido posible”, afirma Alba, quien matiza que, aunque los vehículos eléctricos no hacen ruido, el asfalto por el que pasan sigue haciéndolo. Según el experto, hay que mejorar los aislamientos acústicos de los colegios y de los patios escolares para ‘garantizar su confort acústico”. Pero en general, por ‘sentido común’, no deberían pasar carros por delante de los colegios.
Falta concienciación
Al juicio de Alba, las asociaciones de padres y madres de los colegios deben tener presente este problema para ponerlo sobre la mesa y buscar soluciones.
“La sociedad actual no está concienciada en ese concepto aunque sea un problema que afecta la salud y sobre todo la de nuestros hijos, que son mucho más vulnerables”, advierte.
“Aunque se ponen en marcha planes de acción sobre la mesa y técnicas de reducción de ese ruido, estos hábitos se van a ir manteniendo con el tiempo, conforme vaya avanzando la sociedad pero no haya una conciencia de su efecto”, anota el catedrático.
Finalmente, achaca esa falta de concienciación en la cotidianidad a que “no somos capaces de decir con quién tenemos que quejarnos” pero, en cambio, hay concienciación con el ruido de ocio porque con ese sí “somos capaces de ir hacia quien lo produce’. Resalta como ejemplos las Zonas Acústicamente Saturadas (ZAS) de algunos barrios o la problemática de los festivales de música al aire libre:
“En esos casos, tienes claro cómo reclamar, pero denunciar el ruido de una carretera, un aeropuerto o el del transporte pesado es muy difícil”. Aunque, Alba también rescata que, tras alguna denuncia, en algunas ciudades se ha reforzado el aislamiento acústico en viviendas cerca de aeropuertos o instalado pantallas acústicas cerca de vías de trenes de alta velocidad.
“Pero en carreteras, el problema sigue y no le damos mucha importancia”, añade, aun cuando tanto porcentaje del ruido que se produce, provenga de carreteras. Otra de las soluciones que plantea el físico es el reasfaltado de las carreteras cada cierto tiempo para que sigan manteniendo sus condiciones acústicas.
(*) Con datos complementarios tomados del Compendium of WHO and other UN guidance in health and environment. Ginebra: Organización Mundial de la Salud