Científicos logran engrosar hasta 32 centímetros el hielo del Ártico y hacerlo más brillante en un solo invierno con una técnica sorprendente

A lo largo de muchas décadas, la lucha contra el cambio climático se ha centrado en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero mientras esa transición avanza con demasiada lentitud, algunos científicos se hacen una pregunta incómoda: ¿es posible ganar tiempo protegiendo directamente algunos de los ecosistemas más vulnerables del planeta? Esa es precisamente la cuestión que intenta responder un experimento desarrollado en el Ártico canadiense y cuyos resultados acaban de publicarse en la revista Earth’s Future.
La idea, a primera vista, parece contraintuitiva. Si el hielo desaparece porque el planeta se calienta, ¿qué sentido tiene echar más agua sobre él? Sin embargo, la física del hielo marino explica que esa aparente contradicción puede convertirse en una herramienta inesperada. Y ahora, por primera vez, un equipo internacional ha comprobado sobre el terreno que la técnica funciona.
El estudio, realizado durante el invierno de 2024-2025 en Cambridge Bay, en el territorio canadiense de Nunavut, representa el primer experimento de campo que sigue la evolución del hielo desde las primeras inundaciones invernales hasta el inicio del deshielo primaveral. Hasta ahora, la mayoría de las investigaciones sobre esta propuesta se basaban únicamente en simulaciones por ordenador. Los nuevos datos permiten, por fin, contrastar la teoría con la realidad.
Lo que aprenderá el lector al terminar este artículo es que el experimento no pretende detener el cambio climático, ni sustituir la reducción de emisiones. Su verdadero objetivo consiste en comprobar si determinadas zonas del hielo ártico pueden conservarse durante más tiempo mediante una intervención relativamente sencilla, aumentando tanto su espesor como su capacidad para reflejar la radiación solar.
¿Por qué echar agua sobre el hielo puede hacer que sobreviva más tiempo?
Para entender el experimento conviene aclarar primero cómo crece el hielo marino. Cuando el océano comienza a congelarse durante el otoño, se forma una capa de hielo que sigue aumentando de grosor a medida que el intenso frío del invierno extrae calor del agua.
Sin embargo, sobre ese hielo se acumula nieve. Aunque pueda parecer beneficiosa, la nieve actúa como el aislamiento de una vivienda: reduce la pérdida de calor hacia la atmósfera y limita el crecimiento natural del hielo desde su parte inferior.
Los investigadores aprovecharon precisamente ese fenómeno físico. En lugar de retirar la nieve, decidieron bombear agua de mar sobre la superficie helada. Esa agua empapó la nieve, formando una mezcla que se congeló rápidamente y la transformó en una nueva capa sólida de hielo. Al mismo tiempo, al desaparecer parte de ese aislamiento, el frío pudo penetrar con mayor facilidad y favorecer un crecimiento adicional desde abajo.
Es un mecanismo parecido al que utilizan desde hace años quienes construyen carreteras temporales sobre lagos helados o incluso las pistas de hielo artificiales. La diferencia es que ahora se ha puesto a prueba pensando en la conservación del hielo marino del Ártico.

Los investigadores lograron aumentar el espesor del hielo hasta 32 centímetros, una diferencia equivalente al adelgazamiento registrado en esa región del Ártico durante aproximadamente los últimos 50 años.
Un invierno entero convertido en laboratorio
Tal y como indica el estudio publicado en Earth’s Future, el equipo estableció una zona experimental de un kilómetro cuadrado en Cambridge Bay, una localidad donde el hielo marino constituye parte esencial de la vida cotidiana y de la movilidad de las comunidades inuit.
Los científicos dividieron el área en once sectores. Tres permanecieron intactos para servir de referencia, mientras que los otros ocho fueron sometidos a diferentes tratamientos. Algunas parcelas recibieron una única inundación con agua marina durante diciembre o enero, mientras que otras fueron inundadas dos veces, combinando distintas fechas a lo largo del invierno.
En total, los investigadores bombearon unos 30.000 metros cúbicos de agua sobre aproximadamente un cuarto de kilómetro cuadrado de hielo. Posteriormente realizaron más de un millar de mediciones directas del espesor del hielo, cientos de observaciones del espesor de la nieve, análisis de salinidad, registros térmicos continuos mediante sensores y seguimientos diarios mediante drones y satélites durante el inicio del deshielo.
La campaña permitió observar algo que hasta ahora solo aparecía en los modelos climáticos: cómo respondía realmente el hielo durante varios meses después de cada intervención.
Hasta 32 centímetros más de hielo en un solo invierno
Los resultados fueron claros. Antes de comenzar el deshielo primaveral, las zonas tratadas presentaban un incremento máximo de 32 centímetros de espesor respecto a las áreas no intervenidas. Además, las parcelas inundadas dos veces mostraban un crecimiento todavía mayor que aquellas tratadas una sola vez.
Tal y como revela el trabajo científico, esa diferencia equivale aproximadamente a la pérdida de espesor registrada en esa región del Ártico durante los últimos cincuenta años. Pero el grosor no fue la única sorpresa.
Los investigadores observaron que el hielo tratado permanecía notablemente más blanco durante la primavera. Esa mayor claridad significa que refleja una cantidad superior de radiación solar hacia el espacio en lugar de absorberla. Es el llamado efecto albedo, uno de los mecanismos más importantes para regular la temperatura del planeta.
Cuanto más blanco permanece el hielo, menos energía absorbe y más lentamente comienza a fundirse.
Las imágenes obtenidas mediante drones mostraban con claridad la diferencia visual entre las superficies tratadas y las no tratadas, mientras que las observaciones por satélite confirmaban que las áreas experimentales seguían destacando durante el inicio del deshielo.
El experimento no pretende detener el cambio climático, sino comprobar si es posible conservar el hielo marino durante más tiempo mientras avanzan las políticas de reducción de emisiones.
Un resultado inesperado que los modelos no habían previsto
El aumento del espesor era precisamente lo que esperaban los investigadores. Sin embargo, la mayor reflectividad del hielo apareció como una consecuencia mucho menos prevista.
El estudio no establece todavía una explicación definitiva, aunque los autores plantean que el hielo generado tras las inundaciones podría contener una estructura interna distinta, con mayor presencia de pequeñas burbujas de aire capaces de dispersar mejor la luz.
Sea cual sea el mecanismo responsable, el efecto puede resultar especialmente interesante porque añade una segunda ventaja al procedimiento: no solo se obtiene más hielo, sino un hielo que además refleja mejor la energía solar.
Ese doble beneficio podría amplificar el efecto protector durante las primeras semanas del verano ártico, precisamente cuando el deshielo comienza a acelerarse.
También probaron otra idea: vaciar los estanques de deshielo
El experimento incluyó además una prueba distinta.
Cuando llega la primavera, el agua del deshielo forma charcos sobre la superficie helada. Esos estanques son mucho más oscuros que el hielo blanco y absorben una mayor cantidad de radiación solar, acelerando el proceso de fusión.
Para comprobar si podía evitarse ese efecto, los investigadores perforaron varios pequeños orificios en uno de los sectores de control. El agua comenzó a drenar rápidamente hacia el océano y, pocos días después, la superficie recuperó una apariencia mucho más clara.
Aunque se trata de un ensayo preliminar, los datos indican que eliminar parte de esos estanques podría aumentar nuevamente la reflectividad del hielo durante la primavera.

Cada centímetro adicional de hielo puede retrasar el inicio del deshielo y prolongar la capacidad del Ártico para reflejar la energía del Sol hacia el espacio.
Lo que este descubrimiento cambia realmente
A primera vista, aumentar el espesor del hielo treinta centímetros puede parecer una diferencia modesta. Sin embargo, en un sistema tan sensible como el Ártico, pequeñas variaciones pueden alterar el momento en que comienza el deshielo o cuánto tiempo permanece el hielo durante el verano.
Eso no significa que el problema esté resuelto.
Los propios autores subrayan que este tipo de intervenciones nunca sustituirá la reducción de emisiones de dióxido de carbono. Además, siguen existiendo preguntas importantes sobre sus posibles efectos ecológicos, la presencia adicional de sal en el hielo, el impacto sobre microorganismos, mamíferos marinos o fauna ártica y, sobre todo, la enorme dificultad logística de extender la técnica a grandes superficies.
Tal y como adelanta el estudio, este trabajo constituye únicamente una prueba de concepto. Demuestra que el mecanismo físico funciona en condiciones reales, pero todavía queda por averiguar si algún día podrá aplicarse de manera eficiente, económica y ambientalmente segura.
Lo que sí cambia este descubrimiento es la forma en que los científicos entienden las posibilidades de intervenir directamente sobre el hielo marino. Durante años, esta estrategia había permanecido en el terreno de las simulaciones. Ahora existe la primera evidencia obtenida durante un invierno completo de que el hielo puede hacerse artificialmente más grueso y más reflectante.
En un Ártico que pierde hielo a un ritmo cada vez mayor, ese conocimiento abre una nueva línea de investigación que hace apenas unos años parecía poco más que una idea improbable.
Referencias
- Blanchard-Wrigglesworth, E., Ceccolini, A., Smith, A., Woods, A., Sherwin, C., Borowski, K., et al. (2026). Artificial flooding leads to thicker and brighter Arctic sea ice. Earth’s Future, 14, e2025EF007894. DOI: 10.1029/2025EF007894
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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